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Venezuela sigue siendo el país más miserable del planeta

By: Rebeca Morla - @RebecaMorla - Ene 12, 2016, 4:24 pm
For the third consecutive year, Venezuela tops Steve Hanke's World Misery Index (El Venezolano News).
Steve Hanke sostiene que la dolarización puede ser la respuesta a los problemas económicos de Venezuela. (El Venezolano News).

EnglishLos venezolanos continúan siendo las personas más miserables del mundo, según el último Índice de Miseria. El ranking es publicado anualmente por el economista Steve Hanke, catedrático de la Universidad Johns Hopkins, quien en entrevista con PanAm Post aseguró que Venezuela sigue encabezando la lista a nivel global.

La puntuación del Índice de Miseria se obtiene de la suma de la tasa de desempleo, la tasa de interés y la tasa de inflación, menos la variación porcentual anual del PIB real per cápita.

Hanke, un investigador senior del Cato Institute en Washington, DC, y considerado como el gurú de Ronald Reagan para la privatización, compartió en exclusiva con PanAm Post un adelanto de los resultados obtenidos para 2015 en las Américas. La principal fuente de los datos del economista es la Economist Intelligence Unit (EIU). El caso de Nicaragua es una excepción, ya que los datos de desempleo fueron tomados del Banco Mundial.

Hanke Misery Index

En esta última edición, Venezuela lidera el ranking, por tercer año consecutivo, debido principalmente a los disparados niveles de inflación de este país. En opinión de Hanke, la solución para Venezuela es adoptar el dólar estadounidense.

“La única forma segura de solucionar permanentemente el lío monetario de Venezuela, que ha venido sucediendo desde hace muchos años, es dolarizar”, dijo Hanke a PanAm Post. “El político o movimiento político que lo haga va a llevarse el premio y tendrá una buena oportunidad de permanecer en el poder durante varios años”, continuó.

Por otra parte, Brasil desplazó a Argentina y ahora le sigue a Venezuela como el segundo con el peor desempeño en las Américas, con un aumento de 23,8 puntos desde 2014. La razón principal de esto, de acuerdo con el índice, son las tasas de interés del país.

“Cuando las tasas de interés son el principal factor que contribuye al Índice de Miseria, esto implica que el sistema bancario no es competitivo, o que hay una gran cantidad de riesgo de crédito y de incertidumbre acerca de la inflación — o ambos”, afirmó el especialista.
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Hanke sostuvo además que Panamá, El Salvador y Ecuador — “los dolarizados”, como él los llama — continuaron con un desempeño relativamente bueno este año, aunque Ecuador está empezando a mostrar signos de deterioro económico.

“El Gobierno de [Rafael] Correa ha adoptado un modelo socialista-intervencionista. Esa es una fórmula para el fracaso. Si Ecuador no estuviese dolarizado, seguiría de cerca a Venezuela hacia el fondo del abismo”, aseguró.

En cuanto a los otros 19 países de la lista, Hanke explica que los que recibieron puntajes superiores a los 20 puntos en el Índice de Miseria — tales como Uruguay, Paraguay, Colombia, Perú y Honduras — están en necesidad de “reformas económicas serias y estructurales”, que incluyen una revisión a fondo de sus sistemas monetarios y bancarios, y “una buena dosis de reformas de libre mercado”.

“En el mundo de las reformas económicas, uno tiene que ser ambicioso y audaz. La mejor manera de proceder es adoptar una moneda extranjera (es decir, dolarizar), o clonar una moneda extranjera sólida, a través de una caja de conversión”, dice Hanke.

A modo de conclusión, el experto señala que América Latina “no supo aprovechar las oportunidades”.

“Latinoamérica no hizo las reformas ni se modernizó durante los años del ‘boom’. Ahora, la región sufrirá las consecuencias,” añadió.

“Hay varios contratiempos en la región. De hecho, 2016 puede ser un año muy difícil, y los resultados del Índice de Miseria de 2016 podrían ser aún peores que los de este año. Por supuesto que habrá excepciones, como la del caso de Argentina, donde un gobierno marxista-populista finalmente ha sido expulsado, después de arruinar el país”, señaló Hanke.

El Índice Mundial de Miseria 2015 será publicado por Hanke en los próximos días.

Actualizado a las 10:20 EDT, el 13 de enero de 2016.

Rebeca Morla Rebeca Morla

Rebeca Morla es licenciada en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales en Ecuador. También es miembro del Consejo Ejecutivo de Estudiantes por la Libertad. Síguela por Twitter @RebecaMorla.

En Colombia el propósito de 2016 debería ser lograr la coherencia

By: Javier Garay - @Crittiko - Ene 12, 2016, 3:51 pm
FT_colombia_2016

EnglishComo deseo de año nuevo, muchos ciudadanos colombianos deberían tener como propósito ser coherentes. O, por lo menos, a entender que sus deseos colectivos, por muy bienintencionados que sean, cuestan y alguien tiene que pagar ese costo. En los primeros días del año, se hizo evidente evidente el apoyo mayoritario —y no puede dudarse, políticamente correcto— a cualquier medida que implicara una mayor acción del Estado. La intervención en la economía no sólo se considera necesaria sino que se exige. Según se sostiene, sólo si el Estado interviene en la economía, se pueden solucionar problemas reales como la pobreza, o imaginados, como la desigualdad. Poco importa que, como se ha demostrado en estas páginas, es falso que el Estado colombiano no sea intervencionista. En consecuencia, la intervención, en lugar de cumplir sus objetivos, sólo ha servido para impedir, precisamente, que los pobres dejen de serlo; y para que las desigualdades sean resultado de decisiones políticas que sólo generan privilegios y asignación de recursos, según consideraciones que nada tienen que ver con el mercado. Pero, además de lo de siempre, este año existe un molesto – y políticamente correcto – consenso sobre otros propósitos para los que supuestamente será necesaria y urgente la intervención estatal. El primero de ellos es la financiación de proyectos de infraestructura. El segundo será el de generar un freno a los negativos fenómenos económicos que se esperan en el año que comienza. El tercero, y más importante, el inicio del posconflicto. Nadie duda que los tres propósitos se deben alcanzar en 2016. Pocos dudan que ellos sean funciones del Gobierno. Por ello, la sociedad colombiana no sólo tolera, sino que exige y recibe de manera positiva intervenciones que, como demuestra el caso dramático de Venezuela, sólo son generadoras de peores resultados de los que se intentan solucionar. Nadie protestó por la decisión de congelar los precios de algunos bienes durante el fin de año, o la fijación —absurda y comprensiblemente equivocada—, de los precios del petróleo. Hay consenso sobre múltiples tareas que el Gobierno debe, supuestamente, adelantar. Pero cuando se trata de establecer responsabilidades en los pagos de esas tareas, se crea un consenso opuesto: ahí sí nadie quiere participar. Muchos colombianos —incluidos los populistas y estatistas políticos de todas las vertientes— protestaron por lo poco, para ellos, que el Gobierno decidió, por decreto, subirle al salario mínimo. Querían, quién sabe, un incremento de 15%, de 50% o de 100%. Olvidaron —o desconocen— que esos incrementos se hacen en Venezuela y no por eso mejora la situación económica. Desconocen —o no quieren reconocer— que el salario no lo determina el Gobierno sino la productividad del trabajo. Por ello, y por muchas otras razones, como beneficiar a los verdaderos ciudadanos más pobres o detener las expectativas inflacionarias, deberían estar exigiendo la eliminación de esa medida. De igual manera, muchos colombianos —incluidos los populistas y estatistas políticos de todas las vertientes— se han indignado por la inminente venta de Isagén, una empresa pública. No se critica la forma como se va a privatizar, sino el hecho de hacerlo. Se habla de patrimonio de todos, como si esa expresión no escondiera que es patrimonio de los políticos que estén en el poder. La mejor manera de eliminar la responsabilidad y de incrementar el poder del Estado es hablando de propiedad colectiva. [adrotate group="8"] Por último, lo que más indignación ha generado es la propuesta de reforma tributaria en la que el Gobierno colombiano ha demostrado su afán por apropiarse de los recursos que producimos los que trabajamos haciendo algo diferente a tratar de imponerle trabas a los demás, o quitarles lo que tienen. Es decir, el Estado —sus políticos y su burocracia— en contra de los ciudadanos. Una indignación mucho menor ha sido la de la creciente deuda externa. Tal vez esto se deba a que el ciudadano promedio no reconoce que el pago de esa deuda también la tendrá que hacer él, o sus hijos. No es tan evidente la expropiación como la resultante de los impuestos. Claro que los dos últimos deben causar indignación, pero la reacción debe ser coherente. Si los ciudadanos van a exigir tanta acción colectiva, a través del Estado, para resolver todos los asuntos que consideran importantes, deben reconocer que el costo lo deben asumir todos. De lo contrario, se debería estar discutiendo si el Estado debe estar a cargo de resolver los problemas de pobreza o desigualdad; si debe ser el promotor de construcción de obras de infraestructura o si debe ser el responsable de los costos del denominado postconflicto. Puede que en algunos casos se llegue a la conclusión que la acción estatal es la única o la más efectiva opción. Pero la discusión debe darse. Eso es lo que haría una sociedad creyente en los valores y las ideas de la libertad. Mientras tanto, todo queda en muchas buenas intenciones y mucha indignación producto de la incoherencia.

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