Crítica a El Hoyo, la película progre del momento en Netflix

La cabeza del progre, o del aspirante a progre, acaba de explotar: “¡el hoyo es nuestro sistema!”

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La llamada “conciencia social”  no es más que inconciencia de la propia ignorancia. (Twitter)

Allá por 1971, Ariel Dorfman y Armand Mattelart publicaban un célebre libro titulado Cómo leer al Pato Donald. Abordando un conjunto de viñetas de la tradicional historieta de Disney, los autores desentrañaban mediante un análisis del discurso la manera en que el sistema capitalista se reforzaba en su ideología a través de diálogos, situaciones, imágenes y estereotipos que los simpáticos patos protagonizaban. La izquierda hacía tiempo había producido su giro cultural; es decir, hacía tiempo que había reconducido sus esfuerzos teóricos y prácticos desde el análisis de la economía (su estructura, sus relaciones, sus contradicciones) hacia el análisis cultural. Theodor Adorno ya había puesto el foco, en La dialéctica de la ilustración de 1944, en lo que bautizó como “industria cultural”. Su idea central: el capitalismo no solo produce cosas, sino también ideas, imágenes, entretenimiento a escala masiva. El capitalismo no solo aliena la fuerza de trabajo: también aliena culturalmente, embrutece a los hombres en una cultura que se vuelve masa.

De lo que aquí quiero hablar es sobre “El Hoyo”, la película de Netflix del momento. Si introduzco con Dorfman, Mattelart y Adorno, es para evidenciar el vuelco, la inversión, la transferencia de par a par que se ha producido en el campo de las industrias culturales. Lo que quiero decir es lo siguiente: si hace algunas décadas la izquierda solo podía sobrevivir a través de sus críticas culturales, hoy se expande culturalmente a toda velocidad gracias a esa industria cultural que ha brillantemente colonizado, y que por ello mismo tanto se niega a criticar en los días que corren. Y somos nosotros, quienes estamos en sus antípodas, a quienes corresponde hoy criticar la cultura vigente.

Vamos, ahora sí, directo a “El Hoyo”. Lo que la película plantea, en breve, son los efectos de un sistema socialmente injusto sobre los hombres. Ese sistema no es otra cosa que una arquitectura específica y unas reglas simples, pero bien definidas. La arquitectura tiene la forma de un edificio: alrededor de 300 pisos que, sin embargo, están todos comunicados a través de un “hoyo” que a todos los traspasa. La comunicación entre los pisos es, por ello mismo, factible, aunque socialmente improductiva por diversas razones. La principal función del “hoyo” es hacer bajar a través de él una plataforma con comida. Las reglas: cada piso es habitado por dos personas. El azar es el principio de distribución humano. Cada 30 días, el sistema redistribuye a sus atormentados habitantes a nuevos pisos. La jerarquía es el principio de distribución alimenticio: la plataforma repleta de comida lleva abundancia a los primeros pisos pero, a medida que desciende, solo queda escasez. La razón: los primeros pisos ya se han comido todo.

El hoyo, por si hiciera falta ponerlo más claro, es nuestra sociedad. La cabeza del progre, o del aspirante a progre, acaba de explotar: “¡el hoyo es nuestro sistema!” Tiene lugar, entonces, ese gratificante momento de “conciencia social”. Se trata de una sensación difícil de describir. Aparece como un “¡eureka!”: ahora puedo verlo todo. Ahora sí, conozco de qué se trata eso que llamamos “sociedad”, conozco sus injusticias, me compadezco durante 5 minutos por ellas, por sus víctimas, y dejo algún posteo en Instagram al respecto. Conciencia social de “palomitas de maíz”. Dispositivo de “conciencia social” que opera como el cilicio progresista: “después de verla me sentía sucia”, cuenta Vanesa Vallejo que una amiga suya le confesó. Conciencia social de la más absurda de las inconsciencias: la inconsciencia de creerse consciente de la realidad a través de una representación burda e incoherente del sistema económico y social vigente. La llamada “conciencia social”  no es más que inconciencia de la propia ignorancia.

“El Hoyo” no es representativo del sistema de mercado, sino más bien lo contrario. En primer lugar, aquí la propiedad privada no existe. Salvo un único objeto que cada quien puede tener, los derechos de propiedad están, en rigor, proscritos. Toda propiedad de los medios de producción está centralizada: es la llamada “Administración” del hoyo la que dispone de los medios para producir y distribuir los alimentos. En segundo lugar, dicha producción no está sujeta a ningún mecanismo de oferta y demanda, sino a los mandatos de una autoridad central que ha recabado información a través de cuestionarios con antelación. En tercer lugar, la distribución no tiene la lógica del intercambio, sino de la dádiva: una autoridad dadivosa nos sustenta, nos da sin recibir nada a cambio. Las relaciones mercantiles no tienen aquí ningún sentido. De hecho, una de las últimas escenas muestra a uno de los reos lanzando por los aires montones de billetes que ha llevado consigo al hoyo, cuya inutilidad es representada con arreglo a ese mismo acto de desprendimiento de algo que carece totalmente de sentido en ese sistema.

En suma: no hay propiedad privada de los medios de producción; no hay oferta ni demanda; no hay intercambio mercantil; no hay instrumentos monetarios. Por todo esto, no hay capitalismo de mercado en absoluto, y debiera llamar la atención que tantas personas hayan encontrado El Hoyo tan representativo de este último. La película se plantea, en efecto, como crítica al capitalismo, pero lo que representa se parece más al socialismo que a cualquier otra cosa. Más parecido a Cuba y Venezuela que a Estados Unidos.

Ahora bien, existen películas progres muy inteligentes, y “El Hoyo” ciertamente no es el caso, más allá de los efectos ideológicos logrados en amplias masas de personas sin demasiados conocimientos políticos, económicos y sociológicos. En efecto, la representación del “sistema capitalista” que plantea esta película no solo choca contra los rasgos definitorios de aquel, sino también contra la propia caracterización que de él ha hecho la teoría económica y sociológica de izquierdas.

Daré un ejemplo: el principio de azar para la distribución de los cuerpos se condice bien con el principio de azar de las teorías de la justicia de la izquierda. Para Marx, nacer o no nacer en una familia burguesa es fruto del azar y, como la clase obrera es la inmensa mayoría, lo más probable es que uno no nazca privilegiado. Para un moderado como John Rawls, es precisamente porque no elegimos dónde nacer que deberíamos pensar con arreglo al “velo de la ignorancia”, esto es, preguntarnos qué sistema de distribución de derechos quisiéramos si no supiéramos dónde ni cómo naceremos. Hasta acá, “El Hoyo” parece coherente: sus reos no eligen en qué piso estarán, y no hay nada que hacer al respecto. El problema, sin embargo, es que la movilidad social tiene lugar cada 30 días: los cuerpos son redistribuidos sin cesar, pasando de la pobreza absoluta a la opulenta riqueza en (literalmente) un abrir y cerrar de ojos. Otra vez: el efecto de ascenso o descenso no es función de ningún comportamiento en mercado alguno, sino una disposición azarosa de una autoridad central. Pero aquí el punto es el siguiente: si algo ha caracterizado a la crítica social y económica de la izquierda para con el sistema capitalista, eso ha sido precisamente acusarlo de inmovilidad social. Es decir, lo que la izquierda reclama, a contrapelo de la realidad empírica valga decir, es que en el capitalismo uno muere donde nace: nacer rico es morir rico; nacer pobre es morir pobre. La introducción de semejante vorágine de movilidad social por parte de “El Hoyo” es totalmente contradictoria respecto de la propia imagen que el socialismo tiene del capitalismo.

Otro ejemplo: el principio de la revolución. Para la izquierda, si es factible esperar una revolución, eso es precisamente porque el sistema económico capitalista no es factible. Dicho de otra forma: como el sistema capitalista entraña contradicciones económicas insalvables, que estallan en forma de crisis, pueden sobrevenir momentos revolucionarios. Ahora bien, en “El Hoyo” no es posible entrever siquiera en qué consiste la contradicción en la “Administración” que hace de la revolución contra el sistema algo factible. El guion simplemente introduce una niña asiática que, nadie sabe cómo, hará una revolución al llegar al piso 0. Debemos suponer que la niña introducirá una contradicción en los engranajes fundamentales del sistema, pero es imposible saber cómo, pues nada se ha dicho sobre la estructuración y las posibles contradicciones de esos engranajes. Y no se nos dice no porque se apele a nuestra imaginación: no se nos dice sencillamente porque nadie ha considerado siquiera imaginarlo.

La imagen resultante es más religiosa que revolucionaria. O, mejor dicho, como toda revolución bebe de la lógica religiosa, es una mezcla de ambas. Así, nuestro protagonista que estaba muy cómodo en el paraíso del piso 6, repleto de abundancia, debe bajar hasta el infierno del piso 300 para allí elevar a la niña hasta la cima, montada sobre la plataforma de la miseria. Una vez allí abajo, el mismo tiene la oportunidad de subir también, salvarse a sí mismo, acompañar a esa niña que cambiará el curso de las cosas para mantenerse con vida, pero más bien elige morir. Nuestro protagonista salva porque muere. Conocemos muy bien esto: el Hijo de Dios nos salva porque elige la cruz. Pero en la película, la muerte del protagonista carece de todo sentido: su muerte es un sacrificio que no está al servicio de nada; no es su muerte la que acabará con el sistema, sino la inexplicable niña asiática. Su muerte constituye, simplemente, un recurso dramático trillado, efectista, que procura revestir de martirio a este pobre sujeto que, de alguna manera, hay que delinearlo como “héroe revolucionario”, al buen estilo “Che” Guevara.

“Deconstruirte” y “renunciar a tus privilegios”. Bajar del piso 6 al 300. Hay una equivalencia en todo esto. El público del hoyo es un público burgués, encerrado y atemorizado en estos momentos, que busca distraerse en redes sociales y Netflix. La imagen del descenso, imagen sacrificial y pseudorevolucionaria, es la imagen de quien lo tiene todo y renuncia a ello. El mensaje en este sentido va bien dirigido al burgués con conciencia social de “palomitas de maíz”: la revolución no la hacen los de abajo, sino los de arriba. El problema de la izquierda es que todo lo que puede lograr de la burguesía progre es una renuncia al nivel de estupideces tales como “renunciar al lenguaje que no sea inclusivo en términos de género”, “renunciar a usar pajillas de plástico”, “renunciar a comer animales” y este tipo de cosas. Renuncias que no son revolucionarias, sino paródicas y, paradójicamente, autorreconfortantes.

Finalmente, una palabra sobre los estereotipos culturales. Además de ser poco inteligente, inconsistente e incoherente, “El Hoyo” también es harto previsible. Todo está puesto en su lugar de manera siempre esperable. Las llamadas “minorías culturales” toman el sitio que, por fuerza de corrección política, están obligadas a tomar. Y así, quien reviste mayor espíritu solidario, quien quiere hacer una revolución pacífica, a través del diálogo y el convencimiento, quien piensa, además, no solo en sí misma, sino en su pobre perrito hambriento, tan digno como cualquier otro ser humano por supuesto, es lógicamente una mujer, que incluso decide quitarse la vida para poder ser comida por su famélico compañero de piso.  Por otra parte, quienes mayores injusticias padecen, no tanto por la crueldad del sistema, sino más bien por la crueldad de los demás, son aquellos que pertenecen a lo que se da en llamar “minorías raciales y étnicas”: puntualmente, un negro y una asiática. A su vez, la mayor escena de crueldad, cuando el pobre negro procura subir con su soga al siguiente piso y recibe en su cara excremento humano e insultos racistas, es protagonizada por quienes mayor indignación logran suscitar en el espectador: una pareja blanca, europea y heterosexual (la única pareja, dicho sea de paso, que se ve en la película).

En fin, “El Hoyo” es una película mala y poco inteligente, que sin embargo ha penetrado con mucha efectividad en esa masa de burgueses culposos y progres, bastante embrutecidos por cierto, que por fin pueden gritar “¡eureka!, al fin experimento algo de eso que llaman conciencia social”.

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