Abstención en Chile reflota la pésima idea del voto obligatorio

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(Flickr) Chile
El análisis que deseo hacer es sobre la discusión instalada en Chile acerca de la condición voluntaria del voto. (Flickr)

Domingo 23 de octubre 2016 y una nueva jornada de elecciones en Chile, esta vez, las municipales que incluyen a los miembros del concejo municipal (concejales).

En resumen el resultado que se dio a pesar de la temida abstención, fue que la coalición de oposición, Chile Vamos, se llevó la mayoría de los municipios propinándole una sensible derrota a la coalición gobernante dejando claro que las reformas socialistas que impulsó el gobierno y que han producido un estancamiento económico, no son apoyadas mayoritariamente y son consideradas nefastas.

Al margen de todas las aristas que rodearon esta elección, tal como el cambio de domicilio electoral de alrededor de 500.000 chilenos, la elección se desarrolló con bastante normalidad, Sin embargo la preocupación notoria era por la cantidad de personas que se abstendría de ejercer su deber cívico.

El análisis que deseo hacer es sobre la discusión instalada en Chile acerca de la condición voluntaria del voto.

Muchos establecen que la voluntariedad del sufragio ha demostrado más allá de toda duda que los chilenos solo funcionan cuando se les obliga y que la abstención refleja el carácter indiferente de la ciudadanía. La participación es baja y es natural dado el desencanto ciudadano con la política producto de la corrupción.

La pregunta que se establece en todo este escenario es ¿debe el voto ser voluntario u obligatorio?

Es bueno centrar la mirada en uno de los pilares que sustenta la idea de la república, la libertad.

Cuando una sociedad es realmente libre, el Estado provee un marco jurídico para que las personas se desenvuelvan en la mayor amplitud de sus facultades posible y solo se ven afectadas por la acción del estado cuando se rompe la regla de convivencia en sociedad que es el respeto por la libertad del otro, lo que implica que los individuos deben desenvolver sus actividades sin daños a terceros y en igualdad ante la ley.

En este contexto, las obligaciones que impone el Estado, se remiten a la mantención de esa convivencia pacífica dejando abierta la posibilidad de que la persona decida sobre su nivel de involucramiento en el resto de las actividades de la vida.

Pero el estado funciona, de manera que se hace necesario establecer reglas que normen su funcionamiento y una de ellas es la forma en que las personas que lo dirigen llegarán a los puestos de poder y en democracia las elecciones abiertas son la forma, pero si se ha de compatibilizar la democracia con la libertad, las elecciones no pueden ser una imposición sino una decisión cívica.

Derechos y deberes invocan algunos. Sí, correcto, es un deber ser buen ciudadano y colaborar en los procesos democráticos, pero también es un deber la responsabilidad política y la probidad en el buen ejercicio de la misma y todos sabemos que hoy por hoy, no tenemos en Chile una clase política destacada por la probidad. Entonces, ¿deber o derecho?

La respuesta es sencilla. Es un deber, pero como está enmarcado en una sociedad libre, es de aquellos deberes que son formativos y no impositivos, así como es un deber ser moralmente correcto y sin embargo hay esferas en que la moralidad no daña a terceros por lo cual no hay legislación que la controle, de igual manera ir a votar es un deber que nace del derecho al ser ciudadano, pero que al no ser ejercido no produce un daño a un tercero sino que solo reduce la oportunidad de que un país elija a sus dirigentes con la participación de todos.

La democracia es imperfecta y no se ha protegido a sí misma de exabruptos cíclicos como el descontento popular que termina eligiendo líderes que satisfacen el oído mayoritario con discursos populistas haciendo que la ciudadanía elija seres de la calaña de Hitler hasta Chávez, que terminaron por destruir la estabilidad de sus países, pero es el sistema más participativo encontrado hasta el momento y ya que es el que hay y debemos convivir con él, se espera que todos colaboremos, pero en libertad, esto debe ser una opción.

Cuando la elección de ir a votar sea un deber nacido del derecho, no impuesto sino opcional, entonces los políticos pasarán por la etapa de autodescubrimiento, donde se dan cuenta que han desencantado a la población y tienen niveles muy bajos de participación, luego entrarán en la etapa de las reformas, con el riesgo de cultivar el caudillismo, el populismo y otros vicios políticos, pero también está la oportunidad de que una sociedad a través de la experiencia y su evolución natural, logre desarrollar en la clase política un sentido del deber y probidad para trabajar sobre su capacidad de convocatoria.

 

Cuando esta etapa se alcanza, la sociedad sigue siendo imperfecta y sigue existiendo la posibilidad de que la democracia lleva al poder a seres ineptos y poco probos al poder, pero ya esa posibilidad se ve mucho más reducida pues se ha creado una cultura de la probidad que si bien puede significar que los políticos sigan teniendo un nivel de corrupción, al menos han desarrollado la competencia y sus políticas son responsables y más efectivas.

Todos los países tiene niveles de corrupción porque todos están compuestos de humanos, pero es en libertad donde estas tendencias tienen mayor oportunidad de auto controlarse por el efecto que causen en la población.

Ejemplos de esta evolución lo tenemos en Suecia, que tiene voto voluntario y su participación gira en torno al 85 % por lo tanto no es posible decir que la abstención es una tendencia mundial irrompible e inmutable.

La obligatoriedad no entusiasmará a la población a votar, solo agregará al desastre del desinterés provocado por las malas prácticas, la desobediencia civil.

En este sentido, lo más deseable siempre para un país, será la libertad y confiar que con un buen desempeño político, con un retorno a la probidad ese interés por participar en los deberes cívicos retornará.

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