Alejandro Guillier, un buen político después de todo

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Guiller
Mucho de lo que Guillier plantea no pasa de deseos personales que no podrían expresarse en la realidad básicamente porque existe la gente con voluntad propia que no permite el establecimiento de utopías. (RadioUChile)

Al analizar las propuestas del periodista y ex comentarista televisivo, Alejandro Guillier, quien  hoy es candidato presidencial de la izquierda en Chile, es obvio que más que propuestas son intenciones. Mucho de lo que Guillier plantea no pasa de deseos personales que no podrían expresarse en la realidad básicamente porque existe la gente con voluntad propia que no permite el establecimiento de utopías. Sin embargo, él propone.

Es bueno ver la viabilidad de aquellas pseudo propuestas con las que guiaría la agenda nacional en  caso de ser elegido presidente de Chile, pues así sabremos de antemano si nos dirigimos al populismo o no. Además si no hay viabilidad, sabremos que solo podremos esperar excusas como  aquellas a las que los políticos de carrera nos tienen acostumbrados. Guillier tiende a contradecirse así que hay muchas posibilidades de tener cuatro años de disculpas. Después de todo es mejor pedir perdón que permiso. ¿O no?

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Lo interesante del candidato en cuestión es que una vez proclamado oficialmente por el partido socialista, el líder político Osvaldo Andrade dijo que ahora era tiempo de “llenarlo de contenidos” como si el presidenciable no tuviera ideas propias con las cuales conquistar al electorado, lo cual hace pensar que el candidato será una simple marioneta de los partidos detrás de él que lo utilizarán para perpetuarse en el poder e instalar su trasnochada agenda y aún  peor, eso da a entender que Guillier no es capaz de proponer por su cuenta nada inteligente o claro cuando en realidad ha expresado sus bipolares visiones de país.

Digo bipolares porque el nivel de contradicciones es inverosímil, pero sus palabras van delante de él. Un día habla contra los empresarios, otro día los apoya. Un día habla contra las AFP y otro día reconoce su efectividad, pero en fin. Mejor analizar con cuidado sus palabras.

Una de sus primeras ideas país, aunque suene bastante diluido, fue expresada de la siguiente manera: “escuchar a la gente”

En la práctica este ejercicio sería viable solo cuando no se tenga la capacidad de liderazgo para priorizar según la realidad del país. Escuchar a la gente es necesario para entender dónde están sus preocupaciones, pero para ello existen instrumentos técnicos que permiten objetivar un poco el llamado “clamor popular” tales como los censos, las encuestas donde la misma gente ha expresado estar más preocupada por la delincuencia y el desempleo que por ejemplo por una nueva constitución, tema que sitúan al final de la lista. Escuchar a la gente por lo tanto no significa hacer una lista de requerimientos país basado en las continuas marchas que expresan su voluntad, porque las marchas no siempre responden a lo técnico sino a eslóganes.

No estamos en una dictadura (al menos técnicamente) como en Venezuela que justifique el posicionamiento en la agenda de lo que se diga en las marchas. Muchas personas seguirán marchando contra las AFP, contra el lucro donde quiera que exista, sin entender que la realidad necesita de ambos para funcionar. Eso  es una obviedad, porque la mayoría de la gente que sale a marchar tiene una situación urgente que resolver en sus casos, pero no necesariamente la reflexión técnica que amerita.

En un mundo donde se escucha a la gente, traducido sea escuchar a la calle que marcha, podríamos terminar con la imposición por la fuerza de ciertas normas que pasarían a llevar a minorías menos organizadas o mayorías no vociferantes. Es un peligro gobernar en este sentido, por lo cual, si desea cumplir todos los deseos de la calle, terminará por no complacer a toda la gente que pide algo a través de este medio y finalmente su formato colapsará.

Un pequeño vistazo a sus propuestas que consisten en igualar todas las pensiones más bajas al sueldo mínimo y ninguna bajo ese límite.

Al parecer la calle tuvo su efecto en la opinión del presidenciable, pero no así la ciencia, en este caso la economía, que bien estudiada muestra claramente como intervenir estatalmente en estos asuntos haría reaccionar al mercado de manera negativa, pues es una práctica al igual que la gratuidad universal de la educación, imposible de financiar dadas las actuales condiciones y aunque estuvieran las condiciones, es una práctica que a largo plazo significaría la banca rota y quienes tendrían que vivir bajo ese esquema de la quiebra total serían las generaciones que siguen. Es como una estafa piramidal. Los primeros en recibir los beneficios son los que realmente obtendrán la satisfacción, pero los que vienen detrás quedan en la absoluta ruina.

Esta propuesta en la práctica, también es inviable. Así como la de gobernar con  la agenda de la calle.

Sus propuestas en general se ajustan con las del gobierno actual, con algunos atisbos de bunas ideas en materia de energía, pero él desea ser el continuador de la obra que lega Michelle Bachelet. Eso significaría seguir por el nefasto camino que tiene a Chile con el desempleo en alza y al borde de la recesión. Significaría darle poder a los eslóganes utópicos que solo podrían ser garantizados en el papel pero no en la práctica a menos que se utilice la fuerza y aun así sería inviable.

Hace mucho tiempo Guillier dijo que si no había primarias, él no sería candidato. Hoy por hoy, él mismo anunció que no habría primarias pero que su candidatura continúa. Como buen político (aunque en negación de serlo) Guillier dice una cosa y hace otra. Veremos luego como justifica el no poder cumplir ninguna de sus propuestas una vez sea presidente, quizás tenga entonces una mejor excusa, pues de antemano es obvio que no podrá seguir con las ideas que se propone.

Lo único que hay que notificarle a Guiller, es que los políticos tienden a no cumplir sus promesas de aire una vez que ganan, no antes y por la boca Guillier ha condenado su propia candidatura a la no existencia. No hay primarias, pero después de todo, él es un buen político.

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