No hay que esperar la crisis para hacer lo correcto

No esperemos una crisis para enmendar el rumbo

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No hay que esperar la crisis para hacer lo correcto (Ip)

La crisis económica de Argentina nos ha dado bastante que pensar al otro lado de la cordillera. La decisión del vecino gobierno de recortar de manera urgente y drástica el gasto público eliminando ni más ni menos que 13 ministerios, dada la ya insostenible crisis que está enfrentando el país, es quizás una solución algo tardía.

Ejemplo para el gobierno de Chile, que en vez de ir haciendo cada vez más claros sus tintes liberales, va engrosando más al Estado.

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Vale la pena preguntarse desde la ciudadanía ¿Qué tan grande debe ser el Estado y que rol debe tener?  Básicamente hay dos corrientes, la izquierda y el liberalismo  (no la corriente estadounidense que es equivalente al progresismo).

La izquierda piensa que el Estado, es o debería ser la más poderosa fuerza en la sociedad y entre otras muchas cosas, el gobierno debería estar en control de la educación de todos los niños, proveer medicina absoluta y regular ojalá hasta en los mínimos detalles el funcionamiento de los negocios.

Distintos países se han dejado permear en distintos niveles por este concepto. En Alemania por ejemplo, el gobierno legisla la hora del día en que los negocios deben cerrar. En resumen, idealmente no debería existir poder alguno que pudiese competir con el gobierno; Ni los padres, ni las empresas, ni las escuelas privadas, ni instituciones religiosas, ni siquiera la conciencia individual del ser humano.

Por otro lado el verdadero liberalismo propone que el Estado debiera estar limitado a la absoluta necesidad, a lo esencial, tal como la seguridad nacional, justicia y gobierno, dejando espacio para que en términos de bienestar social, sea este el último recurso para respaldar a ciudadanos que no pueden ser ayudados por la familia, la comunidad o por caridades seculares o religiosas.

El liberalismo entiende que así como el Estado crece en tamaño y en poder, lo siguiente ocurrirá  inevitablemente:

  1. La corrupción aumentará gradualmente (quizás no tan lentamente como quisiéramos). El poder y el dinero resultan indefectiblemente en corrupción, esto implica que las personas en el gobierno, venderán su influencia por ganancia política y personal y las personas fuera del círculo político, buscarán comprar influencia y favores. En África y América Latina, la corrupción ha sido el gran factor de subdesarrollo, como es el caso de Colombia, donde el informe de la contraloría del 2017 admite que la corrupción hizo desaparecer un  6%  del PIB.

 

  1. La libertad individual irá en declive. Con pocas excepciones, tales como el derecho al aborto libre, la libertad individual no es importante para la izquierda, que es la que promueve el gran estado. Esto no es mera opinión, es simple lógica. Mientras más control tenga el Estado, menos libertades individuales habrá ya que no se puede gobernar para el bienestar de individuos pero si para masas, o al menos intentarlo, aunque la historia nos muestre el absoluto fracaso de todos esos intentos.

 

  1. Los países que se siguen expandiendo en tamaño del Estado, tendrán o que reducirlo, como está forzosamente pasando en argentina, o eventualmente colapsarán económicamente. Todos los estados de bienestar, tarde o temprano reaccionan frente a la realidad como una estafa piramidal o esquema ponzi, que confía en que nuevos pagadores sostendrán a los más antiguos y cuando ya no quedan más pagadores, el esquema colapsa. Todos los estados de bienestar del mundo, incluyendo los países ricos de Europa, ya están experimentando parte de este declive.

 

  1. Para poder pagar por un estado que siempre crece, los impuestos constantemente son aumentados. El problema es que esta mala solución para el constante déficit que genera un estado benefactor, es que llegará un punto en que los creadores de riqueza, grandes y pequeños se irán quedando con pocas alternativas hasta llegar a decidir entre dejar de trabajar, trabajar menos, contratar menos gente o simplemente irse del país.

 

  1. Los estados grandes producen grandes déficits y cada vez más deuda insostenible. Esto también es lógico, mientras más dinero entrega el estado, ¡más dinero demandará la gente de parte del estado!. Jamás en algún estado benefactor, los beneficiarios han dicho, “gracias Estado, ya me has dado suficiente”, es como llenar un pozo sin fondo.

A menos que el Estado se reduzca, este colapsará bajo su propio peso con terribles consecuencias sociales y económicas.

 

  1. Mientras más grande el Estado, más oportunidad de hacer grandes males. El siglo fue el más asesino en la historia registrada y los grandes gobiernos fueron los responsables. Malos individuos sin poder tienen un menor rango de acción para hacer el mal, pero denles poder y el potencial de daño es esencialmente ilimitado. El liberalismo teme al gran Estado y la izquierda teme a la gran empresa, pero por ejemplo, Apple no puede allanar nuestras casas y confiscarnos nuestros bienes, solo un gran Estado puede hacerlo. Tan inescrupulosa como pueda ser una compañía (o su directorio) estas no son responsables de construir campos de concentración o cometer genocidio, solo el gran Estado lo ha hecho y lo hace.

 

  1. El gran Estado mina el carácter moral de la nación. La gente ya no se preocupa de su prójimo pues se supone que el gobierno lo hará y así cada día se desvanece la verdadera solidaridad, que es un atributo individual. Pasa en Europa también donde los estudios demuestran que los países de ingreso similar a EE.UU son menos caritativos en tiempo y recursos que los Estadounidenses.

 

Chile debe aprovechar de hacer los recortes y los cambios ahora, que aún hay tiempo de parar el crecimiento monstruoso del estado y devolver a la ciudadanía el poder sobre sus vidas. No esperemos una crisis para enmendar el rumbo.

 

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