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Chile y Venezuela: Diplomacia cómplice

Por: Ángel Soto - @angelsotochile - Oct 7, 2014, 3:57 pm

EnglishEn Chile, la política exterior —salvo en contadas ocasiones de tensión con los vecinos del norte— no es un tema que marque la pauta periodística. Quizás, por ello casi no hay debate acerca de si Chile debiera apoyar o no el nombramiento de Venezuela como miembro no permanente en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Más allá de esta realidad, que choca con la internacionalización del país, el tema tiene que ser abordado en la opinión pública.

¿Debe Chile apoyar tal nominación? ¿Debiera respaldar con su voto a un Gobierno que viola sistemáticamente los derechos humanos y que de paso es aliado de las dictaduras cubana y norcoreana?

¿Debiéramos hacernos parte de esa especie de “diplomacia cómplice” que ha denunciado el nóbel de la Paz, Óscar Arias, quien afirmó en junio pasado que: “En Venezuela se están cometiendo violaciones a los derechos humanos y no importa si Maduro se cree líder electo libremente, y no importa si las encuestas reafirman su popularidad, y no importa si algunas de sus políticas sociales supuestamente buscan aliviar la pobreza, y no importa si carecemos de mecanismos efectivos para que la comunidad internacional intervenga: A fin de cuentas, quien suprime a la oposición es un enemigo de la democracia”?

Es más, el expresidente de Costa Rica agregó que Maduro persigue “a sus opositores con una maquinaria institucional cómplice y corrupta”, una forma de proceder que constituye un verdadero “atropello a todo lo que inspira la Carta de las Naciones Unidas, la Carta Democrática de la Organización de Estados Americanos y, en general, el ordenamiento internacional de los derechos humanos”.

Es que acaso somos tan ingenuos como para no darnos cuenta de que detrás de este nombramiento, lo que hay es un intento de consolidar y proyectar al chavismo. Debe recordarse que en agosto pasado la hija de Hugo Chávez, María Gabriela Chávez, fue nombrada como representante alterna de Venezuela en la ONU.

Fue ella quien ejerció el cargo de primera dama entre 2004 y 2012 y acompañó a Diosdado Cabello, presidente de la Asamblea Nacional, en la investidura presidencial de Nicolás Maduro. Criticada por su falta de experiencia, hoy no solo tiene inmunidad diplomática; esta oportunidad internacional le preparará para ser ella la continuadora del régimen fundado por su padre, siguiendo la larga tradición del nepotismo latinoamericano.

Los antecedentes son claros, y la respuesta debiera ser categórica: Chile no debe apoyar esta nominación, por mucho aprecio que sintamos por el pueblo venezolano. Sin embargo, tengo la impresión de que Chile lo apoyará igual, pues será una vez más la realpolitik la que predomine.

¿Estará el Gobierno chileno dispuesto a quedarse solo en el continente tras votar un supuesto rechazo? Evidentemente no. Ha costado mucho “reinsertarse en América Latina”; vivimos con el mito de que nos somos muy queridos en la región, por tanto nos gusta hacer gestos y sumarnos a la ola, especialmente cuando es una causa de la izquierda.

Este es un terreno que por lo demás le queda cómodo al Gobierno de Bachelet, especialmente de cara a su estrategia por priorizar su relación con Argentina y Brasil más que la Alianza del Pacífico. Ciertamente, no podría rechazar el nombramiento de uno de los promotores de la UNASUR, y mucho menos enfrentar al Foro de Sao Paulo, cuando además pretende que Chile sea una bisagra entre ambos bloques.

México, un actor siempre presente, quizás tampoco lo haga, y ni siquiera con Colombia existe certeza de que Santos se pronuncie en contrario. ¿Qué ganamos entonces con el rechazo? Sí, la tranquilidad de la conciencia. La defensa de la democracia y aportar a que un pueblo deje se sufrir los atropellos de la dictadura. Eso bastaría, pero lamentablemente no siempre los deseos priman en la política exterior.

Al contrario, un rechazo de Chile corre el riesgo de levantar un tema sensible como lo es el apoyo de Venezuela a Bolivia en su reclamo marítimo. Todos nos acordamos de Hugo Chávez cuando manifestó su deseo de bañarse en una playa boliviana tras pelearse con Ricardo Lagos. En tanto que el Gobierno de Sebastián Piñera, sólo en la etapa final de su mandato se enfrentó al régimen venezolano. Por tanto, no pareciera ser que haya voluntad de jugar una carta que resultaría contraria a la propia política exterior chilena.

La realpolitik, por dura y cruel que resulte, una vez más primará por sobre los ideales, y será la “diplomacia cómplice” la que termine triunfando. Me encantará estar equivocado, y ojalá tenga que escribir una columna reconociendo el error. Nada me gustaría más que hacerlo.

Publicado originalmente en El Líbero.

Ángel Soto Ángel Soto

Ángel Soto es doctor en Historia por la Universidad Complutense de Madrid, miembro de la Sociedad Mont Pelerin y catedrático en la Universidad de los Andes (Chile). Twitter: @angelsotochile.