Liberales, libertarios o libertinos: Tigres de papel

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En la opinión pública, hoy todos quieren aparecer como liberales. Es una cuestión de moda, aunque muchas veces cada uno entiende lo que le da la gana con tal de colocarse la tan ansiada “etiqueta”.

Personalmente, más que autocolgarse letreros, tiendo a coincidir con Tom Palmer de Instituto Cato, quien nos dice: “si ya te comportas como un liberal, ¡quizás deberías ser uno!”

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Liberal, libertario e incluso libertino, observo pugnas internas, en todas partes, que en lugar de demostrar quién es más puro, debieran empeñar y usar sus tribunas, inteligencia y argumentos más que en definirse, en ejercer y defender la libertad. Pero no solo desde el papel.

Es que la mayor amenaza para la libertad, dice el poeta peruano Héctor Ñaupari, no son quienes quieren acabar con ella, sino que “los liberales no hagamos nada para defenderla”.

La pregunta es: ¿Quiénes son los que verdaderamente la defienden? ¿Los “tigres de papel», como los llama Ñaupari? Esos intelectuales que desde la comodidad de bibliotecas europeas, aviones, terrazas de café boutique, o la casita en el “campo” nos escriben pontificando “sus verdades absolutas”, con soberbia e intolerancia, mirando solo el entorno de sus burbujas y recibiendo aplausos de su séquito.

¿Aquellos empresarios que creen que con su dinero pueden comprar las ideas, envasarlas en seductores envoltorios y regalarlos como si fueran productos de “su” empresa para luego medir cuánto se consumió, mientras sus empleados les muestran un indicador en azul?

¿Los tecnócratas, reyes de las métricas, esclavos de encuestas, management, políticas públicas, y que con su postgrado levantan la consigna, que a esta altura huele a naftalina, de un discurso sub40 para dictar cátedra basados en su “modelo”? ¿Los que se creen cool y se dan aire de intelectuales por criticarlo todo, y no proponen nada, salvo a veces un modelo extranjero?

Nada de eso. Estos solo son vendedores de humo, como dice un querido amigo, quien no deja día sin recorrer las calles, llevando el mensaje y “ejerciendo” su libertad. Pues, como bien dice Ñaupari, de la libertad nace la ética y en ella tenemos dignidad, se puede dar respeto, tolerancia, vocación de servicio y solidaridad. Nada más alejado del mercantilismo consumista al cual erróneamente nos quieren llevar los hijos del PowerPoint y las planillas Excel.

La libertad no requiere de números, cifras, ni indicadores. Esas son meras herramientas auxiliares. La libertad requiere palabras, sentimientos, corazón: poesía.

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