Pasado y futuro en la crisis venezolana

La revolución auspiciada por Chávez fue un viaje al corazón de nuestras tinieblas

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La intención del castrismo era devastar hasta sus cimientos a Venezuela. (Youtube)

No ha terminado de acomodarse la Venezuela rural, agraria y ruralista, autocrática y conservadora, con la Venezuela mecanizada por el petróleo, que pugna por “morder el futuro”, como lo señala en un extraordinario ensayo sobre el gran historiador, pensador y literato Ramón Díaz Sánchez, el gran historiador venezolano Ramón José Velásquez, en su magnífica recopilación de ensayos llamada Caudillos, historiadores y pueblos[1]: “En Venezuela” —escribe Díaz Sánchez en su ensayo—

Paisaje de la cultura venezolana […] este contraste de las culturas ha creado la imagen de dos países que se superponen y contradicen en el bastidor de la historia como dos dibujos desenfocados. Uno de estos dibujos es el del país vegetal; el otro, el del país mineral. O dicho de otra manera: el de la Venezuela típicamente agraria, predominante hasta el primer cuarto del siglo XX, y de la Venezuela que desde esa época vive y se agita en torno al petróleo.

Lo que termina por partirla en dos mitades solapadas, contrapuestas y a veces en feroz combate interior. Hasta mezclarse e interferir. Una en el curso de la otra, y así recíprocamente. Y que se expresan políticamente en las dos fuerzas espirituales básicas de la venezolanidad enfrentadas desde la Independencia: la conservadora y aferrada al pasado, y la que busca abrirse hacia el futuro. Es esa contradicción entre el pasado y el futuro la que alimenta los conflictos del presente y la mantiene al borde del abismo de la indefinición, la causante de la actual tragedia. Y que tiene, desde luego y no podía ser menos, dos figuras arquetípicas, de esas que condensan, representan y metaforizan su tiempo histórico: Carlos Andrés Pérez, el demócrata liberal y Hugo Rafael Chávez Frías, el caudillo militarista de vieja estampa. Por contradictorio que suene, la revolución auspiciada por Chávez, como la de Cipriano Castro, por lo menos nominalmente, fue una “revolución restauradora. O más exactamente, como diría el gran novelista Joseph Conrad, un viaje al corazón de nuestras tinieblas.

Reflexionando sobre Venezuela, sus caudillos y su historia, ve confirmarse Ramón J. Velásquez el acierto de Heinrich Rickert —Danzig, 25 de mayo de 1863 – Heidelberg, 25 de julio de 1936, filósofo alemán y uno de los principales representantes del neokantismo—, según el cual “hay ciertas individualidades con carga de significación histórica, e individualidades que simplemente lo son por presentar matices que las diferencian de las restantes” (2013, pág. 297). Y ello “porque en determinadas circunstancias del acontecer patrio fueron canales o vertientes por los cuales se escurrió el anhelo colectivo” (ibídem).

De las que concurrieron a desatar la tragedia que nos abruma, además de Chávez, el devastador Deus ex machina, Carlos Andrés Pérez pertenece indudablemente a la primera categoría, mientras que su contraparte, Rafael Caldera, pertenece a la segunda. Esos tres personajes constituyen la constelación y la trama de la tragedia que se incuba desde los años ochenta y explota el 4 de febrero de 1992, con los resultados que todos conocemos. Pérez, porque por él discurría el anhelo colectivo y las tendencias que determinaban el flujo histórico, de superar la crisis dominada por la globalización y abrirse al futuro, asomando las medidas de economía política y orden institucional que lo harían posible: el desmontaje de los pesados lastres burocráticos que limitaban, dificultaban e impedían el emprendimiento, favoreciendo en cambio los abusos y corruptelas administrativas que nos atenaceaban, por una parte. Y porque se comenzaban a tomar las medidas que, al descentralizar la vieja y pesada carga del estatismo con sus regulaciones y obstáculos burocráticos, se acicateaba a la gerencia, a la producción, y al desarrollo de la libre competencia. Superando y trascendiendo incluso la dependencia petrolera y encontrando en nuestro propio, aunque insuficientemente desarrollado, aparato industrial y nuestras fuerzas productivas la fuente de nuestra riqueza. Superar la Venezuela agraria y petrolera para alcanzar la Venezuela moderna y desarrollada. Caldera, en cambio, representó en la grave circunstancia, consciente o inconsciente, voluntaria o involuntariamente, a los viejos y anquilosados poderes que se resistían a golpear al mercantilismo y en realidad vivían de los favores del Estado y la estatolatría dominantes. Para catalogarlos según la terminología al uso, Pérez fue el caudillo orientado al futuro, Caldera el caudillo tradicional orientado al pasado. Chávez el caudillo que llegaba a hacer tabula rasa. Conservación y ruptura, ejemplarmente obedientes al sistema institucional dominante.

Fue el grave e insalvable impase entre pasado, presente y futuro, resuelto a favor del pasado, la dependencia y la conformación de una satrapía al servicio de la tiranía cubana, con la brutal emergencia del golpismo militarista, dictatorial y autocrático el 4 de febrero de 1992, cuya antesala al control del poder fuera servida y preparada con la segunda presidencia de Caldera, el prócer del pasado, en connivencia, a través de su chiripero, con las fuerzas del castrocomunismo civil y militarista venezolano. Respaldados por el castrismo cubano, aun y a pesar de las aparentes buenas relaciones entre Pérez y Fidel Castro, y las, tan malas, entre el mismo Castro y Caldera. Chávez, el tercero en discordia y carta secreta de Castro en la partida, resolvió el conflicto dándole un palo a la lámpara, imponiendo su caudillismo autocrático y el llamado socialismo del siglo XXI. Sin la intención de instaurar un régimen socialista en Venezuela, sino de devastarla hasta sus cimientos. Era el secreto propósito del castrismo: vengarse de la única democracia latinoamericana que le cerrara las puertas y lo pusiera en su lugar. Un paria al servicio de la Unión Soviética.

Como suele suceder en la historia, cambian los protagonistas, pero el conflicto es el mismo. La cohabitación con la dictadura, último recurso del conservadurismo democrático para frenar e impedir la emergencia y desarrollo de las fuerzas modernizadoras, antes que resolver el conflicto, lo agrava. Esas fuerzas conservadoras, dirigidas hoy por Leopoldo López y Juan Guaidó, dirigen lo que hasta ayer recibiera el nombre de Mesa de Unidad Democrática o MUD, y abarcan a todos los partidos del sistema. Mientras las fuerzas que “muerden al futuro” —en palabras de Velásquez—, y que nosotros reconocemos en las figuras que pugnan por desplazar la hegemonía socialista dominante en todos los sectores de la vida nacional y darle paso a una hegemonía liberal progresista, se resisten a enfrentarse al continuismo, la connivencia y la cohabitación, aún inconsciente aunque mayoritaria y dueña de lo que resta de Estado democrático. Es la carga que maniata y paraliza la acción liberadora teniendo como principal factor de parálisis a la Asamblea Nacional, impidiéndonos unir fuerzas para combatir frontalmente a la tiranía, que parasita de esa vieja y agobiante carga sociocultural representada por el populismo venezolano.

El mundo debe observar con estupor nuestra parálisis. Y no debe comprender la soterrada identidad ideológica de los dos socialismos que nos atenazan: el bueno, de Guaidó, y el malo, de Maduro. Sin comprender que son las dos caras de una misma moneda. Y mientras el interinato se niegue a asumir la conducción cierta y verdadera de las fuerzas modernizadoras venezolanas para enfrentar y vencer a las fuerzas conservadoras y reaccionarias de la tiranía, seguimos arrastrando nuestra incompetencia aferrados a nuestras taras inveteradas. Víctimas de la más espantosa tiranía de nuestra historia. Pareciera cierto: Dios ciega a quienes quiere perder.

[1] Velásquez R. J. (2013). Caudillos, historiadores y pueblo. Fundación Bancaribe. Caracas, Venezuela.

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