La mejor defensa: un buen ataque

Piñera estará comprobando que de nada le habrá servido ceder ante las presiones del castrocomunismo vernáculo

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Bolivia es el próximo capítulo del descenso a los infiernos. (Efe)

No lo he inventado yo, lo dijo Sun Tzu hace más de dos mil quinientos años en su extraordinario manual sobre El arte de la guerra, que debiera ser lectura de cabecera de quienes prefieren ver un juego de pelota en Nueva York que instruirse en el terreno de combate sobre el arte de enfrentar al enemigo: “la mejor defensa es un buen ataque”.

Fiel a sus enseñanzas y a las de Carl von Clausewitz, tuve la absoluta certeza de que la respuesta de los cubanos a los ataques propinados al sátrapa colombo-venezolano Nicolás Maduro, de cuya sobrevivencia depende la del régimen dictatorial cubano y del socialismo regional mismo, sería un frontal contra ataque en todo el continente. Para lo cual cuentan con sus mercenarios del Foro de Sao Paulo, la izquierda socialista latinoamericana, sus esbirros armados de la autoproclamada izquierda revolucionaria y la insondable cobardía y estupidez de unas derechas más preocupadas de distanciarse de Augusto Pinochet que de combatir a sus enemigos internos, como es el triste, lamentable y patético caso de los gobiernos democráticos de la región.

Ya Sebastián Piñera estará comprobando que de nada le habrá servido ceder ante las presiones del castrocomunismo vernáculo, que no soltaron ni soltarán el fantasma espantapájaros de Augusto Pinochet para arrinconarlo contra las cuerdas y acusarlo de pinochetista. Una acusación que lo honraría si tuviera los apéndices de su hermano Pepe, gran ministro del general, y estuviera orientado hacia el futuro de Chile y no hacia el futuro de su personal carrera política. A casi medio siglo de las feroces embestidas del Che Guevara, y la radicalización de la crisis chilena incentivada por Salvador Allende y sus aliados del Movimiento de Izquierda Reaccionaria (MIR), vuelve Chile a los prolegómenos de los setenta del siglo pasado. Por primera vez vuelven los militares a tener que desenfundar sus armas y salir a dar la cara por la democracia chilena. Y deberán mantenerse alertas: posiblemente, muy pronto tendrán que dispararlas.

En cuanto a “la nueva derecha chilena”, su eficacia y poder de convocatoria está por verse. Cuenta con sólidas personalidades como José Antonio Kast, Francisco Chahuán y Andrés Allamand. ¿Darán la talla?

Recomiendan los expertos no cargar armas de fuego si no se está dispuesto existencialmente a usarlas llegado el momento. Llegará. Llevamos algunos años viviendo un “período especial” de crecimiento de las derechas y agudización de las contradicciones del castrocomunismo. La muerte de Fidel y de Hugo Chávez sacó del juego a las cartas más importantes de la desestabilización y la guerra. El éxito de Álvaro Uribe Vélez en su guerra contra las narcoguerrillas colombianas y las victorias electorales de Donald Trump, Jair Bolsonaro, Mauricio Macri, Piñera e Iván Duque volvieron a revivir el espíritu de guerra de una democracia adormecida desde la desaparición de sus grandes líderes: Rómulo Betancourt, Eduardo Frei Montalva, Raúl Haya de la Torre.

Pero Trump resultó ser agua de borrajas. Los Estado Unidos, debilitados por los pusilánimes gobiernos de Bush y Barak Obama, continúan evadiendo la responsabilidad de asumir la jefatura del orden global. Y prefieren la política de negociaciones. Rusia, China y sus aliados lo saben. Cuba saca las cuentas y comprueba que debe volver al terreno de guerra. Gobernando por interpósita persona en Venezuela, ya montó las alianzas. Correa va al asalto del Ecuador con el respaldo pleno del régimen dictatorial venecubano. Cuba debe poner sus bardas en remojo. Bolivia es el próximo capítulo del descenso a los infiernos. Y en Chile ya se dio la orden de partida. Este fin de semana se han vivido los más feroces desmanes posconcertación.

Venezuela democrática carece de gobierno. Asunto tanto más grave cuanto que es el punto de partida de los próximos embates. Sin una unidad combativa y cohesionada, seguiremos apostando a negociaciones y dilatando la toma de decisiones. Acción Democrática (AD) está fracturada por los escándalos de corrupción de su máxima dirigencia. Y la dirigencia opositora continúa ensoberbecida por su decisión de negarse a cohesionar a todos sus sectores. Voluntad Popular, engolosinada con los ilusorios poderes que le han sido concedidos, no piensa más que en empujar a elecciones en la esperanza de obtener el premio mayor. Será la tónica dominante durante los próximos meses. No es difícil presagiar una inmovilidad paralizante.

Mientras, el país continúa a la deriva. Malos, muy malos tiempos para los sectores democráticos. La salida ya luce cuesta arriba.

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