La renuncia

Esta ha sido un instrumento de uso político desde el comienzo de los tiempos

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Si Allende hubiera tenido el coraje de enfrentarse a Fidel Castro, le hubiera evitado a su país la tragedia de un golpe de Estado. (Efe)

Toda historia es inédita, como las renuncias a que pueden dar lugar, pero todas ellas están interrelacionadas, sus efectos son impredecibles y pueden darle un giro dramático al devenir de los pueblos que las sufren directa o indirectamente. La renuncia ha sido un instrumento de uso político desde el comienzo de los tiempos. Renunció Cincinato, el primer dictador de Occidente, a los diecisiete días de haber logrado el propósito que llevara al Senado romano a proponerle la primera dictadura absoluta de nuestra historia: dejar el arado y volver a ocuparse de los asuntos públicos. En la circunstancia, vencer a los galos que amenazaban al imperio. Renunció Carlos V, el más poderoso emperador de su tiempo, para retirarse a Yuste, en donde se había hecho construir un palacio para pasar sus últimos días. Renunció Berlusconi, en Italia. Y Nixon, presidente de los Estados Unidos. En América Latina renunció el padre de las repúblicas, Simón Bolívar, fundador de Bolivia que lleva ese nombre en su honor, y en donde ayer renunciara Evo Morales. Renunció Joao Goulart, presidente del Brasil. Y en un caso de insólita grandeza magisterial, renunció el presidente francés Charles de Gaulle. Cuando nadie se lo exigía.

Si Allende hubiera tenido el coraje de enfrentarse a Fidel Castro y al ala más radical de la izquierda chilena, tomando la sabia decisión de renunciar a la Presidencia, le hubiera evitado a su país la tragedia de un golpe de Estado y la soberbia postrera de suicidarse. Prefirió irse dando un portazo y dejando las heridas abiertas de una crisis que no sana. Los desastres que hoy afectan a su país son los últimos ecos de su porfía.

Evo Morales, en cambio, dando un ejemplo de su capacidad de estadista y demostrando que no alimentará los fuegos alentados desde La Habana, como sucede en Venezuela, prefirió presentar su renuncia. Y salir del país. Contraría la voluntad de Raúl Castro y los sigüises del Foro de Sao Paulo y del Grupo de Puebla, pero le ahorra a Bolivia un inútil derramamiento de sangre.

Maduro no renunciará. En primer lugar, porque jamás tuvo ni tendrá la dimensión humana, política y patriótica de Evo Morales. Es un gánster al servicio de la tiranía cubana y las pandillas nativas e internacionales que trafican coca, saquean nuestras riquezas y no están dispuestas a renunciar al petróleo, al oro, al coltán, a los diamantes que están a flor de piel de los suelos de nuestra selva guayanesa.

Es algo tan evidente y manifiesto, que resulta imposible comprender para un cerebro medianamente sensato las razones de la insistencia de quienes se le oponen a medirse electoralmente y sacarlo por la bendita puerta de elecciones presidenciales. Electoral, constitucional, pacíficamente, como reza la tabla de Moisés de la oligofrenia venezolana. Una porfía solo atribuible a la ingente pobreza moral e intelectual de las élites políticas venezolanas, que han encontrado el colmo de la bastardía política: dormir con el bastardo y procrear un régimen mixto para permitir continuar con el saqueo.

Es una ironía de la historia que la última república, fundada por Bolívar y Sucre, dos venezolanos notables, haya sabido resolver su crisis con un paso al costado de quien usurpara la Presidencia, luego de unas elecciones fraudulentas. El mismo caso de Venezuela. Pero mientras ello sucede en la amada Bolivia del Libertador, que le diera el nombre, la suya se hunde en la ignominia, la humillación y la bajeza moral de una convivencia espuria y contra natura. Doscientos años tirados a la basura.

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