Locura y venganza en la conciencia criolla

¿Qué ha movido a los chilenos a arrastrar hasta sus calles y avenidas el caballo de Troya construido por el Foro de Sao Paulo y el Grupo de Puebla?

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No es, por cierto, un caso exclusivamente chileno. Es definitorio del último trasfondo, absurdo e irracional, contradictorio en esencia y, por ahora, sin posible superación, de la conciencia colectiva latinoamericana. (Efe)

A Alfredo Coronil Hartman

La historiadora norteamericana Barbara Tuchman escribió un fascinante ensayo sobre el papel de la locura en la historia. A saber: la irracionalidad como factor preponderante en momentos de decisiones de dimensión histórica, vale decir, que torcerían o trastrocarían el curso de los acontecimientos posteriores. Su ejemplo clásico: la locura en que incurrieron los troyanos arrastrando hasta tras de sus murallas el gigantesco caballo de madera del que saldrían los allí ocultos vengadores atenienses. Pero tanto esa interesante tesis como la del papel de la retaliación de los vencidos, la venganza como humus generador de comportamientos sociales, deben comprenderse como variaciones sobre el tema crucial de los fundamentos de los desarrollos históricos: la violencia como motor de la historia, una derivación inevitable del hecho descubierto por Thomas Hobbes, al que jamás se le dará la significación debida: la última clave del comportamiento humano es la guerra. El universo primario de lo social se rige por ese principio nodal desde el inicio de ese big bang del comienzo de los tiempos históricos: la guerra de todos contra todos, lo que Hobbes definiera magistralmente en la frase ya clásica del bellum omnia contra omnes. La guerra de todos contra todos.

No he cesado de recordar a Hobbes, a la guerra en todas sus dimensiones como motor de la historia, la definición de lo político según Carl Schmitt como la relación amigo-enemigo, y al ardor y la pasión de la venganza entre vencidos y vencedores que le es concomitante, mientras observo la locura que parece haberse apoderado de los chilenos, empecinados “hunos y otros”, como diría don Miguel de Unamuno, en devastar su propia obra: superar sus graves errores del pasado construyendo lo que más se parecía a un importante progreso político, social y económico, hasta dar con lo que parecía la democracia más sólida, próspera y progresista de América Latina, con logros solo comparables al de las sociedades más desarrolladas del planeta. Para mantenernos en la metáfora troyana de Barbara Tuchman, ¿qué ha movido a los chilenos a arrastrar hasta sus calles y avenidas el caballo de Troya construido por el Foro de Sao Paulo y el Grupo de Puebla para desatar los lazos de la racionalidad y darle rienda suelta a las fuerzas de la ira, el rencor y el odio puestos en sordina durante cuarenta y seis años? Si solo nos remitimos a los transcurridos desde el golpe de Estado de 1973 y no a toda la historia del siglo, que condicionara la grave crisis política y social que derivara en el Gobierno de la Unidad Popular y el Golpe de Estado de las Fuerzas Armadas chilenas.

No es, por cierto, un caso exclusivamente chileno. Es definitorio del último trasfondo, absurdo e irracional, contradictorio en esencia y, por ahora, sin posible superación, de la conciencia colectiva latinoamericana. Que fiel al pensamiento de Hegel bien podría definirse como nuestra conciencia desgraciada, la determinada por la jamás resuelta y reconciliada relación del amo y el esclavo: la España de la conquista y la América conquistada. Una relación fructífera, de tres siglos de trasplante y convivencia, que nos diera nacimiento como esa “raza cósmica” de Vasconcelos, nos diera el lenguaje común como principal seña de identidad, a su través nos entroncara en la tradición histórico-cultural grecoromana y judeocristiana de Occidente. Y en el colmo de ese único e inmenso logro civilizatorio, el más importante de Occidente, en tanto criollos, hispano parlantes, latinos, católicos y deudores protagónicos de la cultura hispánica, nos hiciera solidarizarnos e identificarnos con los pueblos indígenas, volvernos contra nuestros padres fundadores y protagonizar la trágica, violenta y sanguinaria ruptura originaria conocida como Guerra de Independencia.

De ese hiato, de esa contradictoria narrativa de la leyenda negra con la que importantes sectores de nuestra vida política y cultural, siempre frágil, ambigua e inestable, fraguaran nuestro nunca resuelto hiato originario, se ha nutrido la narrativa antisistema, la falsa unidad reivindicatoria de nuestro criollismo con las etnias y pueblos originarios —tanto como los mismos criollos— que, alimentados de otra narrativa tampoco originaria, sino importada desde la Europa ilustrada de los siglos 18 y 19 —el socialismo marxista germano europeo— pretende alzar a nuestras sociedades contra sus más legítimas determinaciones. Una racionalizada automutilación, si cabe el oxímoron. Que busca devastar, amparado en ese confuso universo de contradicciones, desde nuestro modo de producción de la vida material, el capitalismo y la propiedad privada, la sociedad abierta por el derecho de propiedad, al ordenamiento jurídico político que nos ha garantizado la vida en sociedad de estos últimos dos siglos. Esa extraña convivencia de Guaicaipuro con Hugo Chávez y de Fidel Castro con los caribes.

La fecha del descubrimiento, honrada en la América española como efemérides durante cinco siglos, ha dado lugar a las más absurdas deconstrucciones. A poco andar el gobierno populista, demagógico, militarista y caudillesco —taras todas de origen hispánico— las hordas que seguían a Hugo Chávez, ninguno de cuyos componentes eran indígenas originarios, sino lumpen desclasado de la pobresía criolla caraqueña —tomaron sus palabras como órdenes papales y derribaron la estatua a don Cristóbal Colón, como metafórica proeza liberadora—. Tras quinientos años de la proeza colombina, la bastarda proeza caraqueña no tuvo mayores consecuencias. Aún no se recupera la estatua: habrá sido fundida y vendida por kilos. El peso de la cultura de los vengadores.

Son esos afanes de venganza meta histórica alojados en el trasfondo de toda una región, unidos a los afanes vengativos de los vencidos contra una tradición profundamente clasista y antidemocrática de los chilenos, los que alimentan hoy por hoy los impulsos e instintos destructores de las izquierdas marxistas latinoamericanas reunidas en el Foro de Sao Paulo y el Grupo de Puebla. Ni siquiera reivindican el socialismo, ya absolutamente fracasado y descalificado, lo que mueve sus acciones es la cruda e irracional lucha por el poder. Que prefiere mandar sobre despojos que obedecer sobre riquezas.

La ruina no conduce a nada, sino a más ruinas. Es lo que veremos generalizarse en la región de no presentarse una reacción sensata, racional y viril, capaz de poner las cosas en su sitio. Chile vuelve a estar en la encrucijada de la historia. Venezuela tiene el muy cuestionable honor de servir de ejemplo. Solo tú, estupidez, eres eterna.

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