El Gran Gatsby y Ciudad Guaidótica

De la misma calaña de toda esta camada, miniaturas del Gran Gatsby de Scott Fitzgerald, han sido todos los jóvenes políticos y burócratas que rodean a Juan Guaidó.

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Juan Guaidó en la Asamblea Nacional (EFE).

Cada vez que yendo por la autopista del Este paso frente a un gran aviso de una óptica caraqueña, con los consabidos y gigantescos espejuelos de concha como los de Clark Kent, o yendo por la avenida Libertador paso frente a esos horrendos edificios de ladrillos rojos y vigas de hierro con el consabido anuncio de los ojos y la firma del caudillo, que no dicen nada pero lo dicen todo «tienes este techo y duermes a cubierto gracias a que, yo el gran Hugo, le encargué a mi arquitecto predilecto te construyera un rancho duradero que deberás agradecerme echándome de menos, ya muerto de cáncer en La Habana, hasta el fin de los tiempos», – recuerdo el de la óptica que veía el gran Gatsby llegando al volante de su gran convertible amarillo a la gran ciudad de los rascacielos. Premonitoria señal de la vida de crimen y estupros de un aventurero, ambicioso y logrero jovenzuelo norteamericano que se enriquecería en los bajos fondos de las mafias financieras, para demostrarle a la buenamoza ricachona que ama desde que era un pobre infeliz desarrapado, que él también puede ser rico y multimillonario. Aunque de origen, es el más rancio y desválido pat’en el suelo.

El Gran Gatsby, ese personaje creado por Scott FItzgerald, puede ser el retrato hablado de Juan Guaidó Márquez y de toda esa camada de nuevos allegados a la política venezolana que se han hecho con el miserable poder democrático posible de este régimen dictatorial, gracias al artículo 233  de la Constitución del que terminaron adueñándose. No por azar escogidos, criados y formados en el trajín y las trapisondas de la politiquería venezolana, por el arquetipo del Gran Gatsby político caraqueño, Leopoldo Eduardo López Mendoza.

Salido él mismo del universo de jóvenes al asalto del Poder, criados y amamantados en el partido Voluntad Popular, mientras en paralelo Julio Borges hacía lo suyo fundando con otra camada de la misma prosapia al partido Primero Justicia, ingresan él y todos ellos al escenario político en ruinas de la Cuarta República, cuando Venezuela ya se había escorado hacia la perdición, los viejos liderazgos y sus partidos habían sido barridos del primer plano y el país se encaminaba al naufragio inevitable. Serían la espuria descendencia colegial de Acción Democrática y COPEI, respectivamente.

Hasta hubo quienes se ilusionaron con la idea de que esa última generación política, la del 2007 – fecha de la irrupción del estudiantado universitario privado en las luchas en defensa del canal de televisión RCTV, en el cual Julio Borges protagonizaba el talk show PRIMERO JUSTICIA – conduciría al desalojo de la dictadura mediante unas corajudas acciones de calle. Prefirieron usar su popularidad televisiva para conquistar el congreso, la llamada Asamblea Popular, y ocupar un espacio preponderante en las filas opositoras. Sirvieron así, nolen volen, al desalojo de las viejas dirigencias partidistas y la entrada en escena de la dirigencia de recambio.

Como nadie sabe para quién trabaja, la conquista de la mayoría en las parlamentarias de diciembre del 2015, en gran medida logrado gracias a los enfrentamientos callejeros librados con gran espíritu de entrega y sacrificio por sus jóvenes partidarios, creó la plataforma perfecta para el despegue de esta generación de relevo. Reconocida por la fuerza de los hechos en la única instancia de Poder legítimo en Venezuela, aunque en realidad dicho parlamento se demostró absolutamente inútil e incapaz de acercarnos un milímetro al desalojo de la dictadura, haber sido electo para formar parte de ella confirió un automático reconocimiento político internacional. Fue así como su directorio, electo cuatro años después y ya a punto de cesar la Asamblea Nacional en su período de vigencia, se convirtió en un gobierno interino gracias a la invocación del artículo 233 constitucional, que ante la ausencia de una presidencia legítima -y la de Maduro nunca lo fue – delegaba tal función en el presidente de la Asamblea. Así, el diputado por Voluntad Popular por el estado La Guaira, Juan Guaidó, se vio súbitamente encumbrado a las alturas de una presidencia interina que nadie había imaginado. Ni a la que él pretendía aspirar.

Es esa instancia compartida por viejas y nuevas dirigencias, la que se ha convertido en árbitro de esta tragedia, de la que la sociedad venezolana es víctima y espectadora pasiva. Más aceptada y reconocida por la opinión democrática internacional que por la propia opinión pública venezolana. Es ella la que le transfirió toda su legitimidad al joven diputado que, al igual que la misma asamblea, es más reconocido en el exterior que en el interior.

De la misma calaña de esta camada, miniaturas todas del Gran Gatsby de Scott Fitzgerald, han sido todos los jóvenes políticos y burócratas que los rodean, como el ahora súbitamente elevado a las alturas del poder y el escarnio, Freddy Superlano. No desalojarán a Maduro, pero habrán hecho el suficiente daño como para eternizarlo en el Poder. Y hubo quienes pensaron que eran la generación de recambio.

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