2020

Jamás imaginé que el mismo Leopoldo López desbarataría la sangre, el sudor y las lágrimas por él causadas

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Anticipé que el 2019 debía ser su año, el año del fin del régimen y el año del desalojo de la tiranía. (Efe)

A la Fracción 16J

Hace un año, cuando la oleada guaidosiana comenzaba a hacer estragos y a dominar el ambiente sociopolítico y mediático del país, preparándole una recepción a un cargo con el que el joven y desconocido diputado por el Estado Vargas y ficha dilecta del prisionero político Leopoldo López –desde que está encarcelado el líder que delega los cargos que merece en quienes están en condiciones de ejercerlos– no parecía bien dispuesto. Me cuento entre quienes le enviaron varios whatsapps, nunca contestados, instándolo a aceptar el cargo y ejercerlo con el poder que significaba contar con el mayor respaldo con el que ha contado un opositor en los tiempos que corren. Pero no contento con explicarle las perspectivas que avizoraba de su irrupción al estrellato –ser el Simón Bolívar de los nuevos tiempos y liberar a Venezuela de la sumisión y el escarnio de una inmunda dictadura– le pronosticaba el desastre que le esperaba si no cumplía con las aspiraciones que encarnaba. Y que él mismo se adelantara a formular en sus tres propósitos existenciales: fin de la “usurpación”, gobierno de transición y elecciones libres. Ninguno de los cuales adelantó un milímetro en estos 365 días próximos a cumplirse de su ilusorio mandato.

Después del 5 de enero fui más lejos. Y le anticipé que el 2019 debía ser su año, el año del fin del régimen y el año del desalojo de la tiranía. Y que no ponerse al frente de las luchas por ponerle un fin definitivo a esta tiranía significaría una vil traición. Me sentía unido a él por compartir una característica paterna: mi padre murió a los 85 años conduciendo su viejo taxi por las calles cercanas a su casa. Semiinválido y con muletas. Un hombre con unos principios morales absolutamente intraficables, comunista por vocación y un incansable luchador social por el regreso a la democracia chilena. Culto, muy culto, a su manera autodidacta. Si así no hubiera sido, yo no hubiera terminado doctorándome en Berlín. Sin haber permitido jamás un solo acto de corrupción en aquellos con quienes me he unido.

Pudimos haber tenido otro vínculo. Admiré a Leopoldo López por su infatigable voluntad de combate, reconociéndole el impulso originario con el que, negándose a acatar las órdenes de la MUD de aguantar hasta las parlamentarias, sin alterar la convivencia pacífica con el tirano –estrategia de Henry Ramos para el gradualismo con el que pretende desplazar pedazo a pedazo al tirano y consolidar esta cohabitación– se libraron las cruentas y dolorosas batallas callejeras vividas durante todo el 2014, a las que se debió el desenmascaramiento del talante tiránico y asesino del régimen ante el mundo y las simpatías despertadas urbi et orbi por quien fuera considerado el Mandela venezolano y las luchas del pueblo venezolano por él propiciadas, lográndose portadas del New York Times, Le Monde, El País y los más importantes periódicos del planeta. Así como el respaldo de grandes figuras del cine y del espectáculo. Logros de inmensa importancia, desbaratados por AD, PJ y, sorprendentemente, por la misma Voluntad Popular, con su sempiterna disposición a sacarle las patas del barro al dictador acudiendo solícitos a las mesas de diálogos y negociaciones inútiles y traicioneras. Y que llegaran al colmo de asegurarle un escaño en el Parlamento Europeo sin beberlo ni comerlo.

Jamás imaginé que el mismo Leopoldo López, a quien le dedicara en 2015 un libro jamás publicado ante el desinterés general y que recopilaba todos mis artículos del 2014 bajo el título de Corresponsal de Guerra, desbarataría la sangre, el sudor y las lágrimas por él causadas, preparando el terreno para el asalto al poder paralelo de uno de sus leales. Una operación de baja política motivada por su inconmensurable e injustificada ambición. Sin otro proyecto que desplazar a codazos a sus competidores del espectro opositor y darse por plenamente satisfecho con la inútil e inconducente diputación europea de su padre –¿habrá tomado alguna vez la palabra para denunciar la tolerancia y alcahuetería de su partido, la sociedad española y la comunidad europea con la tiranía cubana y el sátrapa venezolano?–, los monstruosos errores de su pupilo permitiendo una estafa –la convocatoria al desalojo de la tiranía, de la que fueron víctimas los principales mandatarios latinoamericanos y el propio Departamento de Estado, culminada con el acto más prostibulario cometido por un líder, su grupo y su partido, el afamado “cucutazo”–. Cuando pienso en la osadía y el descaro con los que López, Guaidó y sus “embajadores” procedieron a interrumpir las agendas de personalidades como las de Jair Bolsonaro, Iván Duque, Sebastián Piñera y Donald Trump, para hacerse presentes en una batahola sin ton ni son, me explico el menosprecio con el que hoy nos observan. Para culminar en un carnavalesco coup d’état del puente de La Carlota para sacar a López de su casa y llevárselo a la embajada de Chile y luego a la de España. Sin olvidar el empeño suyo, de su mujer y sus padres, por amoratar el caldo trayéndose al impresentable Zapatero a coser las costuras de la sexta república. Deplorable.

Confieso sentir un profundo desprecio por todas estas calamidades, pruebas de la horrible contaminación de la inmoralidad, la corrupción y el oportunismo dominantes en la sociedad venezolana desde siempre, pero llevadas al desiderátum bajo el régimen más corrupto e inmoral de nuestra historia. Nadie sabe para quién trabaja. El corrupto interinato de Guaidó y el derrumbe de Leopoldo López en la conciencia nacional son los mayores éxitos obtenidos por la tiranía. Razón que me lleva a rechazar frontalmente todo intento reeleccionista de Guaidó y el cambalache con cualquier otro diputado de esos alrededores.

Una mínima recompensa sería un mea culpa acompañado de la firma de su documento de renuncia. Lo estoy esperando.

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