La nueva derecha

Nadie más indecente, deshonesto y corrompido que un izquierdista venezolano

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Ser de izquierda es hacerse cómplice de los torturadores venezolanos y cubanos, de quienes incendian y saquean estaciones y vagones del metro, comercios, edificios públicos, incluso iglesias en Chile. (EFE)

A Manuel Malaver y Pablo Aure

América Latina, obvio es reconocerlo, no es la misma que un día fuera: ni las izquierdas, ni los centros, ni las derechas son lo que solían ser. Para ser de derechas no se requiere ser ni conservador ni beato. Para ser de izquierda no se requiere ser progresista ni libre pensador. Para ser de centro no se requiere comulgar con el viejo precepto que los describía como no siendo ni chicha ni limonada. Los tradicionales valores y las viejas ideologías se han trastrocado por acción del tiempo, el implacable.

Desde luego: la decencia y la honestidad dejaron de ser atributos exclusivos de determinadas agrupaciones políticas. Nadie más indecente, deshonesto y corrompido que un izquierdista venezolano. Nadie más timorato y asustadizo que un derechista chileno. Nadie más indeciso y desangelado que un centrista colombiano.

Yo, que nací en cuna roja, sesgado de nacimiento hacia la izquierda del comunismo chileno, me niego a seguir la trillada senda de esa izquierda. Hacerlo sería avalar la tiranía más abyecta y longeva habida en la historia de la América española, la castrista cubana. Respaldar un régimen de oprobios, megalómanos y torturadores. Aceptar que estafadores profesionales y asesinos seriales sean erigidos en héroes. Permitir que continúen promoviendo el caos y la devastación por saciar viejos y ruines rencores con la alevosía de la barbarie.

Hoy, la izquierda es la responsable de políticas de hambre, miseria y saqueos en Venezuela. Y, por extensión, en toda nuestra América. Han provocado consciente y deliberadamente la más espantosa crisis humanitaria de que los venezolanos tengamos memoria. Del agavillamiento y el asesinato en Argentina. Del secuestro y las violaciones en Colombia. Del desprecio a la Constitución y la Ley en Bolivia. De la intromisión y el expolio de pandillas rusas y chinas que devastan la Amazonía venezolana para llevarse el oro, por toneladas. A la espera de llevarse los diamantes, el coltán, el uranio.

¿Cómo ser de izquierda, promoviendo la barbarie y la devastación, como lo hace en Chile desde ese aciago 18 de octubre? ¿Cómo seguir siendo socio y compañero de quienes promueven y provocan el saqueo y la destrucción de bienes públicos derramando el caos en una sociedad que no ha cejado en su empeño por progresar y perseguir con ahínco la prosperidad general de modo pacífico y democrático?

Ser de izquierda es hacerse cómplice de los torturadores venezolanos y cubanos, de quienes incendian y saquean estaciones y vagones del metro, comercios, edificios públicos, incluso iglesias en Chile. De quienes aspiran a asaltar el poder en Colombia, en Ecuador, en Perú. Tras la mascarada del izquierdista socialismo del siglo XXI. De quienes en México y en Argentina han recuperado el control del gobierno con la intención de desestabilizar sus sociedades, promover el odio de clases y liquidar la convivencia pacífica y democrática. ¿Cómo y con qué argumentación ética y moral seguir siendo de izquierda?

Pero habiendo tantas y tan fundadas razones como para no continuar comulgando, como lo hiciéramos durante la primera mitad de nuestras vidas, con esta izquierda pervertida ni seguir como borregos sus prácticas devastadoras, aun cuando queriendo participar activamente en la lucha por un destino mejor de nuestras sociedades, ha comenzado a surgir y consolidarse una nueva derecha. Cuyos adeptos no tienen nada que ver con la caricatura del burgués ricachón y despiadado, barrigón y vestido de chaqué y polainas, chaleco cruzado por una vistosa leontina de oro, sombrero de copa, bastón y de cuyos labios cuelga un portentoso habano, típico representante de la derecha oligárquica, mercantil y latifundista del pasado. Una nueva derecha de ciudadanos conscientes, que rechazan al militarismo, convertido por esa nueva izquierda hamponil y despiadada, en tropa mercenaria al servicio del asalto castrocomunista, narcotraficante y ladrón de esas que fueran nuestras izquierdas del pasado. ¿Un mundo al revés?

Esta nueva derecha emerge de una sociedad civil que despierta a cumplir con sus deberes ciudadanos. Es profundamente liberal y antitotalitaria. Descree de las viejas ideologías, del mercantilismo tanto como del marxismo leninismo, del castrismo en cualquiera de sus formas. Y sobre todo, contrariamente a lo que se nos impuso desde la derecha recalcitrante del pasado, desconfía profundamente del Estado, convertido por esas viejas derechas en contubernio con las viejas izquierdas en el instrumento predilecto del asalto y el saqueo a la riqueza social.

Me declaro, con orgullo, miembro de esa nueva derecha. Renuncié hace ya algunos años a seguir comulgando con las ruedas de carreta de la izquierda. Y las luchas contra los nuevos tiranos me llevaron a comprender el sórdido papel que han asumido las nuevas izquierdas amparando el narcotráfico, el asalto a las riquezas, la entrega a poderes extranjeros, la devastación de los bienes públicos y la opresión a todo aquel que, como yo, tiró la ferretería oxidada del marxismo leninismo y del socialismo “multisápido” a la basura.

Por eso, rescatando la primera frase del Manifiesto Comunista, me veo en la obligación de proclamar: ¡Nuevos derechistas del mundo, uníos!

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