Borges y el tango en mi memoria

En un continente populista, demagógico e inculto, incluso bárbaro, como el nuestro, una figura como la de Borges no puede menos que causar asombro

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“Los dictadores no sólo reprimen, persiguen y torturan. Propugnan la estupidez”, Borges. (Flickr)

Borges no le temía a la muerte. La sabía recatada y silenciosa y él, ya más allá de sí mismo, había vivido imaginariamente esa vida que tanto amaba: la vida de sus héroes, sus parientes que lucharan en Ayacucho, como el teniente Suárez, su bisabuelo. Si algo admiraba, fuera de sus héroes literarios, era a aquellos hombres del común dispuestos a jugarse la vida en una reyerta de cuchilleros. Un tal Jacinto Chiclana. “Alto lo veo y cabal, con el alma comedida, capaz de no alzar la voz y de jugarse la vida”. Un amigo chileno ya muerto, Mariano Aguirre, que pasó a visitarlo en la calle San Martín, en Buenos Aires, me contaba que fue él, en persona, quien salió a abrirle la puerta de su apartamento. Vivía solo, con su anciana madre. Si bien solía recibir o visitar a diario a su gran amigo, Adolfo Bioy Casares. ¿Cómo está, maestro?, me cuenta que le preguntó. Y Borges, sin sorprenderse por la pregunta y mirando al infinito con sus ojos ciegos le respondió de inmediato: “esperando a la muerte”. Estaba prevenido: “La muerte sabe, señores, llegar con mucho recato”.

Faltaban todavía muchos años para que al fin cumpliera con la cita. Almorzamos en casa de Paco Ibáñez, en Paris, con María Kodama, su mujer, y la de Michel Butor, cuando ya habían muerto sus maridos. Compañeras y amantes de los héroes, como Helena de Troya. Y nos encontramos con Borges en el ascensor del Palace, de Madrid, yo tentado de abrazarlo, sin atreverme ni a darle los buenos días. Pues lo he amado.

En otra ocasión caminábamos por su calle desde la Plaza San Martín hacia Corrientes y por poco nos tropezamos con él, que bajaba la escalinata del edificio donde residía para subirse a un remís, como llaman los argentinos a los carros de alquiler privados. Meses después, nos sentábamos a desayunar en el Palace cerca de su mesa. Me fascinaba verlo, ciego, respondiendo a sus interlocutores moviendo la cabeza al sitio desde donde salían y le llegaban las voces. Respondiéndole a veces al vacío. ¿Qué otra cosa puede hacer un ciego por cortesía a quienes les hablan que no sea hacer como que los ven?

Me compré en Buenos Aires, una de las ciudades más hermosas del mundo, sus obras completas editadas por EMECË, si bien las tenía todas, algunas en sus primeras ediciones, en mi biblioteca. Y disfruté leyendo las voluminosas memorias de Bioy Casares, de las que es protagonista esencial. Como escuchando con devoción la maravillosa grabación de algunos de sus temas —Hombre de la esquina rosada, El tango y la milonga de Jacinto Chiclana, entre otros— compuestas e interpretadas por Astor Piazzolla con su quinteto, y la asombrosa voz de Edmundo Rivero. Son las dos obras del repertorio tanguero que suelo recomendarle a mis amigos melómanos: esa, que reúne a Borges, a Piazzolla y a Edmundo Rivero —la “voz imposible”—, como la calificara un crítico musical argentino; y otra grabación llamada TANGO, que reúne al mismo Rivero con el gran pianista, compositor, arreglista y director de orquesta Horacio Salgán. Contiene una prodigiosa versión del tema La casita de mis viejos, de Homero Manzi y Aníbal Troilo (Aprendí a amar el tango en sus momentos de gloria, a comienzos de los cuarenta, correteando por la calle en que naciera, mientras sonaban por las radios encendidas a todo volumen para acompañar los sombreados y apacibles atardeceres de primavera).

Culto hasta el delirio, sarcástico y divertido, debe ser la personalidad literaria más fascinante, polémica, imaginativa y controvertida de América Latina. En las cercanías de su altura, solo el mexicano Octavio Paz. Porfiadamente individualista, como sus cuchilleros, recibió la peor ofensa que solo pudo ocurrírsele a un tirano zafio y rufián como el coronel Juan Domingo Perón, la prefiguración del golpista carapintada venezolano Hugo Chávez, separarlo de su cargo en la Biblioteca Nacional y nombrarlo inspector de aves de los mercaditos de abastos de Buenos Aires. De las tragedias de Esquilo, los escritos de Anaximandro y el infierno del Dante, a los pollos de Quilmes. Fue cuando se le ocurrió responderle con la más lacerante y estricta definición del dictador: “los dictadores no sólo reprimen, persiguen y torturan. Propugnan la estupidez”.

En un continente populista, demagógico e inculto, incluso bárbaro, como el nuestro, una figura como la de Borges no puede menos que causar asombro. Es la tragedia de la política, siempre a años luz de nuestros hombres más ilustres.

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