Mentes criminales (y políticas)

La asociación entre el funcionamiento de organizaciones criminales y políticas, cuya herramienta primordial es la coacción, no es novedoso

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Mentes criminales
Nicolás Maduro y Recep Tayyip Erdoğan. (Foto: Flickr)

Nuestra civilización ha realizado esfuerzos importantes por reprimir la destructividad y, como lógica consecuencia, no siempre contamos con mecanismos para articular defensas diferentes a las simbólicas, gestuales o retóricas. Por otro lado, no es casualidad que un terreno compartido por criminales y políticos sea la coacción, en el sentido de administrar violencia, agresión y amenaza, para someter la voluntad de la población pacífica.

¿Caimanes del mismo pozo?

La asociación entre el funcionamiento de organizaciones criminales y políticas no es novedoso. Entre otras cosas, ambos gremios encausan sus recursos en la adquisición de roles de poder en el peor sentido de la palabra, esto es, para la imposición de agendas y objetivos particulares; a diferencia de lo que se supone de los funcionarios públicos, quienes habrían de trabajar para el logro de mejoras colectivas.

La coacción es, entonces, una herramienta primordial en ambos sectores, aunque se implemente de manera distinta en cada caso. Los criminales, por un lado, se dedican a amenazar y ejercer violencia para la obtención directa e inmediata de sus fines. Los políticos, por el otro, emplean el mismo mecanismo en un orden distinto: primero accionan procedimientos existentes y legítimos ante leyes establecidas en sistemas democráticos, para luego implementar políticas que se imponen a quienes no estén de acuerdo. De ahí el célebre epíteto de “dictadura de las mayorías”.

Es evidente que son cosas distintas, pero merece la pena subrayar el uso del elemento coactivo de manera sistemática aunque diferencial. En algún punto tal vez quepa encarar la pregunta: ¿Es el uso de la coacción enteramente necesario?

“Siempre ha sido así”, dirán algunos. Pero esa pesada sentencia difícilmente responde la pregunta. El hecho de que durante mucho tiempo usáramos caballos para transporte solo evidencia la potencial caducidad de algunas costumbres, no su inevitabilidad.

Administración de escrúpulos

¿El hecho de que ambos gremios se encuentren vinculados a la coacción les acerca más sustancialmente? En primera instancia, parecería que hacen falta más elementos de conexión.

Encontramos uno más si prestamos atención a la manera en la que funciona el peculiar fenómeno de los escrúpulos en la psicología política y criminal. Este aspecto posiblemente sea consecuencia del esquema de incentivos del sistema político aunado a las exigencias de la población, ocasionalmente desmarcadas de cualquier asidero en la realidad. De este modo, si un grupo de electores suficientemente grande desea, por ejemplo, la imposición de igualdad de condiciones materiales -algo que jamás ha existido en ningún lugar del mundo- y un candidato entiende que debe ofrecer tal disparate, hará equipo perfecto con la locura de la gente que lo solicita. Podría detenerle cierto escrúpulo, pero entonces dejaría el camino abierto para que el candidato alternativo rentabilice una jugosa oportunidad.

Al igual que en el reino criminal, el político con mayores reservas éticas será desplazado por quienes sean más eficientes engañando y mintiendo. Cabría un análisis más a fondo que nos permitiera seguir descubriendo vínculos, pero también podemos revisar un ejemplo cercano.

La izquierda se despide de lo poco que le vinculaba a la democracia

Cuando los devastadores efectos de la versión más criminal del socialismo venezolano empezaron a hacerse evidentes en los medios internacionales, parecía lógico que un socialismo más moderado y racional haría un trabajo publicitario y político para desmarcarse de una gran organización criminal. Ha sido una sorpresa desagradable atestiguar que han preferido el camino contrario.

Socialistas tradicionalmente moderados y previamente democráticos -sigo pensando que algunos socialistas pueden ser democráticos- cierran filas en torno a la defensa de abusos probadamente delincuenciales. Prefieren hundirse con el barco, antes que pactar zonas de entendimiento con la acera de enfrente.

En América Latina -a la que deberíamos incluir a España, que hoy está mucho más cerca de Argentina que de Alemania- quienes defienden políticas socialistas parecen abrazar la desesperación, dejando de lado todo disimulado gesto democrático.

Ya fuese producto de poses y propagandas, o no, un sector socialista de los últimas décadas se había apegado al espíritu democrático, aceptando elementos incomprensibles para sus hermanos comunistas, como la separación de poderes, la alternabilidad, la libertad de expresión y el respeto a quienes piensan diferente. Hoy en día, deciden dar al traste con estos pilares y empuñar un principio mucho más retrógrado y amenazante -también más fascista- que asegura: “solo quién esté conmigo es bueno”.

Psicología de la dominación

Para cerrar la idea acerca de la relación entre crimen y política, podemos repasar algunos detalles, de nuevo, del triste caso venezolano. Hablamos de esfuerzos activos por parte del sector gubernamental para acentuar la psicología del secuestro que, en una primera lectura, parecen caprichos aislados.

En ese sentido recordamos la repentina e incomprensible aceptación del dólar como moneda válida, tras más de veinte años de quejas por supuestas intenciones imperiales norteamericanas. La poco inocente aparición de comercio de productos importados, con sobreprecios exagerados, incluso para estándares internacionales. El ostentoso despliegue de luces en la última temporada navideña, mientras el país se ahoga de miseria, hambre y enfermedad.

Estos comportamientos, entre otros, tienen un objetivo psicológico claro, transmitir la idea de: “hago con ustedes lo que me apetece”. El esquema de abuso parece azar, capricho o una excentricidad chavista adicional; sin embargo, el choque emocional por lo grotesco de los símbolos implícitos y la incoherencia dejan a la víctima -la población- intentando entender qué sucede y por qué quienes ejercen el rol de secuestradores actúan de este modo.

La única intención es mantener una posición superior, dominante y aplastante. Las razones lucen intrincadas, pero el error es intentar descifrarlo, como si fuese un misterio que requiere investigación. Solo se trata de una primaria, persistente e insaciable intención de daño.

No hay nada que debatir ni comprender; como en el enfrentamiento con criminales, lo que toca es defenderse.

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