¿Por qué le tenemos miedo a la legítima defensa?

La idea de que cada quien se encargue de su propio bienestar y protección suele verse como una propuesta del tipo “sálvese quien pueda”. ¿Por qué?

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La propuesta burocrática es que el individuo debe desentenderse de su propia defensa porque el Estado. (Foto: Flickr)

Si queremos tener una idea aproximada de lo engorroso de afrontar el tema de la agresión, las neotiranías latinoamericanas siguen aportando tristes pero valiosas ilustraciones. En ese sentido, es notable la tenacidad con la que un sector denuncia conductas antidemocráticas por parte de gobiernos que han sido abierta y sistemáticamente delincuenciales. No critico que las denuncias sean realizadas, aunque siento necesario insistir en su insuficiencia. El problema no es que se ejecuten, pero tal vez sea mala idea imaginar que ellas solas generarán algún movimiento fundamental.

Es como suponer que delatar el robo de caramelos por parte de un asesino va a producir algún efecto en alguien que sabe que todos saben que es un asesino.

La defensa angustia

Legítima defensa hace referencia al derecho a detener una acción agresiva con la intención de proteger la integridad propia. La idea de que cada quien se encargue de su propio bienestar y protección suele verse como una propuesta del tipo “sálvese quien pueda”. Ofrece la sensación de soledad, desamparo e invita a entrar en contacto con elementos que atemorizan a la mayoría de la civilización: agresión, rabia, violencia y destructividad.

No sucede, por cierto, que no prestarles atención a esos elementos los haga desaparecer. Estos se mantienen intactos a pesar de -o tal vez gracias a- nuestra ignorancia. Solo que al servicio de otros procesos, generalmente muy perjudiciales.

La sugerencia de que cada quién se encargue de su seguridad responsabiliza al individuo con la tarea de afrontar sus capacidades destructivas y ejercerlas contra quienes intenten dañarle. Esta, sin duda, es una propuesta angustiosa para todos quienes prefieren percibirse como civilizados, buenos, puros e inocentes.

Objetivo principal

El fin de la defensa es evitar el daño de quienes no han hecho nada que lo causara. Tradicionalmente les llamamos “inocentes”.

Una vez evitado el hecho violento pueden aparecer denuncias, estudios y cuanta racionalización se desee, sin embargo, no esperamos que sean estos aspectos los que detengan a los criminales, sino la objetiva imposibilidad de satisfacer sus intenciones.

La frustración de un crimen tienen varios beneficios. En primer lugar, el más evidente es la conservación de la víctima.

Por otro lado, el fracaso de un acto delictivo contra alguien más, también constituye un mensaje importante para la mente del agresor. Le da evidencia de que el sendero elegido no es fácil ni gratuito, puede resultar riesgoso o, bien, no acercarle a la satisfacción anhelada.

Peligrosas justificaciones

Lamentablemente, es frecuente que aparezcan abstracciones subjetivas para validar delitos. Ante un crimen comprobado podemos, por ejemplo, intentar conocer si la identidad de la víctima coincide con una versión de lo que personalmente consideramos que es un malhechor, un contrincante político o los protagonistas ricos del filme recientemente galardonado Parásito.

Para estar seguro de transmitir correctamente la idea de quienes son los “inocentes” debo ubicar metafóricamente al lector en el rol de víctima. De otro modo, pueden aparecer estas dislocaciones, ante la desgracia de aquellos con quienes no simpatizamos. Al contrario, si somos nosotros los directamente agredidos, robados o amenazados, entendemos que el atacante debía ser detenido antes de que el daño se llevara a cabo.

En otras ocasiones, es posible que los actos delincuenciales se validen por costumbre. Cuando una sociedad está secuestrada por elementos criminales, la violencia es la norma, nada es propiamente de nadie y demasiados se sienten libres de agredir para satisfacer sus deseos.

El mensaje que emana de impedir que el agresor despliegue su accionar se invierte en sociedades hundidas en la violencia. De manera que algunos, que no están interesados en la vida criminal, empiezan a planteársela como opción, al percibir los beneficios de esa línea de trabajo.

Equilibrio y templanza

La mejor manera de apreciar que el derecho a la legítima defensa es un procedimiento civilizatorio es tomar en cuenta que su implementación anhela un equilibrio considerablemente difícil de alcanzar. Quienes hayan estudiado artes marciales o estén familiarizados con sus prácticas, entenderán fácilmente a qué me refiero.

La defensa no consiste en la satisfacción de un impulso destructivo, en la descarga de la rabia o en calmar intenciones vengativas. Se trata, principalmente, de consolidar espacios seguros, bloqueando agresiones externas arbitrarias. Es decir, la intención es evitar que el agresor logre hacer daño y, para eso, es posible que obtenga alguna versión de perjuicio, pero ha de ser el mínimo necesario.

Conseguir el equilibrio que detiene la agresión, limitando tanto como sea posible dañar al perpetrador, forma parte de los fenómenos asociados a la templanza. Una peculiaridad propiamente civilizada, elevada y desafiante.

¿Cuál es la contrapropuesta?

El argumento en contra de la legítima defensa asegura que si nos defendemos nos extinguimos o regresamos a las cavernas. Una línea que no solo obvia la historia, sino que se confiesa rotundamente depresiva con respecto a la naturaleza humana. A la luz de este razonamiento, los seres humanos no nos hemos aniquilado, uno a uno, porque el gran hermano nos lo impide: los gobiernos centrales, con su infinita sabiduría y comprobada eficiencia, nos han salvado de nosotros mismos. Sobra decir que esto es completamente irreal. Los eventos más destructivos de la humanidad han emanado de las decisiones centrales, con la capacidad para eliminar poblaciones enteras.

La propuesta burocrática y engañosa es que el individuo debe desentenderse de su propia defensa porque el Estado, la policía o alguien más, lo protegerá. Una premisa a todas luces falsa pero que, además, induce al ciudadano a desprenderse de sí mismo, promueve una peligrosa ingenuidad y le ayuda a bajar los brazos hasta el punto de atemorizarse por el despliegue de sus capacidades defensivas.

En propia regla, la idea de la legítima defensa no impide recibir ayuda o costear servicios que se encarguen de tal fin. Solo declara que abandonar la seguridad personal en manos del aparato burocrático puede ser una pésima idea.

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