Jorge Rodriguez, psiquiatría para la tortura

Los psiquiatras venezolanos llevan cierta vergüenza al pensar en la posibilidad de que de sus filas emerja la versión caribeña de Joseph Goebbels

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Jorge Rodríguez y Hebe de Bonafini. (Foto: redes Jorge Rodríguez)

Resulta considerablemente arduo llevar registro de todos los abusos del régimen venezolano. Aquellos que pueden estar interesados en el tema, desde otros países, deben hallar imposible contemplar un panorama aproximadamente completo de la situación.

Aunque nuevas formas de destrucción de la convivencia brotan de los líderes chavistas de manera espontánea, que las metodologías de aniquilación sean tantas y tan diversas no es simple casualidad. La orden es no detener la metralleta de ataques ni un segundo, de manera que el enemigo se vea en la penosa obligación de elegir de cuál defenderse. Una situación que, sensatamente, podría llevarnos en la dirección de cuestionar cuál es la agresión más central.

Esta exuberancia en abusos describe a la mayoría de los líderes chavistas, entre quienes destaca Jorge Rodríguez. Sin demasiado esfuerzo, podríamos dedicarnos a desmontar pacientemente el rosario de mentiras que configuran cada una de sus alocuciones, así como la persistente intención destructiva de las mismas. Prefiero aprovechar el espacio para revisar lo que considero el corazón de su metodología comunicativa.

La perversión del saber psiquiátrico

El nefasto personaje en cuestión es, por cierto, psiquiatra, algo que seguirá pesando sobre el gremio de la salud mental, hasta mucho después de que las atrocidades que ha causado consigan alivio. En alguna medida, quienes formamos parte del mismo sector llevamos cierta vergüenza a cuestas por el hecho de que, de nuestras filas, pudiera emerger la versión caribeña de Joseph Goebbels.

Es evidente que Jorge Rodríguez no se dedica a nada de lo relacionado con ayudar médica o psicológicamente a otras personas desde hace varios años, pero esto no quiere decir que haya dejado de ejercer su profesión. Su verdadera vocación ha venido haciéndose evidente: construir estratagemas psicológicas para manipular a todo el mundo y para demoler a sus adversarios tanto como sea posible.

La premisa psicopática de “una mentira repetida mil veces se transforma en verdad” se queda en pañales en comparación con los muchos avances en el ámbito de la comunicación nociva que el psiquiatra ha logrado desarrollar. Desde hace bastante, el engaño es solo una pequeña parte del propósito de su discurso -aunque de seguro no le molesta que uno o dos incautos estimen posibles sus disparates- el objetivo principal es desolar.

Por eso conseguimos en Rodríguez una risita reiterada, completamente vacía de alegría, que se esfuerza desesperadamente por transmitir seguridad, llegando solo a estructurar una pésima ceremonia de la burla. En su caso, así como con demasiados otros miembros de la banda criminal chavista, el sarcasmo no encierra reflexión o inteligencia; aunque sí es una herramienta para desarticular al adversario, estimular un disgusto en la población que aún no consigue canal expresivo y, también, dividir a una oposición que ocasionalmente se pierde intentando desmentir esa miríada de sinsentidos orquestados para confundir, desalentar y desorganizar.

El psiquiatra ha sido ciertamente eficiente desde el punto de vista destructivo. Sin embargo, tal vez valga la pena subrayar que sus comunicaciones no hacen uso del recurso expresivo satírico, lo suyo es, más bien, la risa forzada del bully que te ha roto la nariz. Un gesto de mofa adicional que refuerza la vivencia de humillación y desesperación en la víctima, es decir, la población venezolana.

Comunicación para el tormento de las masas

Los casos de torturas, encarcelamientos y desapariciones extrajudiciales perpetrados directamente por el gobierno venezolano están extensamente documentados. Sus proporciones alcanzan niveles que casi podríamos catalogar de estalinistas. Para colmo, el Goebbels venezolano ha desarrollado una nueva y económica forma de tortura en masa. Es ostensible que lo disfruta y es posible que sea de lo poco que disfruta, pues lo hace periódicamente aunque no haya casi nada que comunicar.

Su esquema de trabajo supone, generalmente, abordar algún evento de actualidad política nacional o internacional, como excusa para transmitir dos simples mentiras:

  1. Toda oposición al gobierno es mala (así, infantilmente).
  2. No hay manera de que el chavismo salga del poder, ni que revise el desdichado camino que eligió hace veinte años.

La llamada evidencia que presenta en sus exhibiciones a la prensa es absurda el cien por ciento de las veces; pero sabemos que su propósito no es demostrar nada, sino dejar claro que las piezas de información que ofrece serán utilizadas por un agente de la “justicia”, al servicio del gobierno, para iniciar un ejercicio adicional de persecución contra el grupo que le incomode.

Además de este dispositivo de intimidación, las alocuciones solo se adornan de groseras generalizaciones, faltas a la lógica -ya tradicionales en la ideología que profesa- y de las comentadas risas, rigurosamente dirigidas a acentuar la desesperación del espectador.

Contrarrestar el efecto del veneno

Es buena idea tener algún cuidado con las palabras que están de moda, porque pueden convertirse rápidamente en carcasas vacías de sentido. Recientemente hemos sido testigos del uso del término toxicidad como una propiedad emocional, extraída de una metáfora química. El grado de daño capaz de causar un agente tóxico depende, en alguna medida, de las características del tejido con el que entra en contacto. Hay quien, por decirlo así, es más tolerante al veneno, o lo puede sobrevivir con mayor facilidad que otros.

Por su parte, Jorge Rodríguez es el equivalente emocional del arsénico. Si usted decide exponerse a su influencia, más vale que tenga un plan para procesar la información que ingresará en su organismo. Si no existe un proyecto claro al respecto, es mejor ahorrarse el mal trago.

Por otro lado, el sistema emocional tiene unas características diferentes al fisiológico. El veneno simbólico que ingresa es susceptible de ser utilizado para buscar procedimientos de defensa, basados en las fuertes reacciones que produce. Ese sería, según entiendo, el único sentido de exponerse a tal nivel de deliberada destructividad.

Con todo, mi esperanza sigue siendo que seamos capaces de articular la frustración y dirigirla para protegernos de este puñado de torturadores incansables.

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