La metodología del Partido Comunista chino también es contagiosa

La negligencia del régimen chino, censurador y obsesionado con su popularidad, ha sido más peligrosa de lo calculado

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Reunión del Partido Comunista chino. (Foto: Flickr)

Tal vez sea buena idea revisar las peculiares reacciones que han manifestado algunos jefes de gobierno ante la compleja coyuntura sanitaria actual.

Recientemente Trump exigió, por Twitter, a dos gigantes empresas automovilísticas que se dedicaran a la fabricación de respiradores. El gobierno chino, ofendidisimo, cerró fronteras para evitar que entren nuevos contagiados. López Obrador, presidente de México, mantuvo hasta hace poco una alucinante actitud de supuesta inmunidad idiosincrática, siempre que lo acompañen sus estampitas y amuletos. Una posición parecida a la de Bolsonaro, que asegura que los brasileños “bucean alcantarillas” y, por eso, no se pueden enfermar de Covid-19.

Todas estas reacciones parecen formar parte de una comedia de pésimo gusto. Ya sea que los citados jefes de gobierno estén siendo espontáneos o se estén dejando guiar por sus asesores, se trata de una cadena de comportamientos dignos de estudio psiquiátrico.

Pésimos procedimientos para generar tranquilidad

Las etapas que atraviesan los líderes políticos ante el enfrentamiento de la enfermedad y sus consecuencias parecen ser: primero, un arrogante desprecio o negación, seguido de un breve momento de precaución. Luego, un exceso de movimiento con intenciones heroicas que aspira a resolverlo todo pero tarde y, como éste no puede ser exitoso, surge una ruidosa paranoia -simulada o no- que señala a alguien más de los errores propios. Bien visto, no son reacciones distintas a las de los ciudadanos de a pie.

Lo más extraño es que algunos de los más absurdos de estos comportamientos dicen tener la intención de evitar alterar los nervios de la gente.

Cuidar que no haya pánico generalizado es comprensible, con tal que las metodologías no sean negligentes con la gravedad de la situación o produzcan un efecto más dañino que la misma, como está ocurriendo en muchos casos.

La miopía del pragmatismo político

El terreno de la rivalidad partidista está multiplicando los peligros del virus, dado que predomina la intención de buscar soluciones, siempre que favorezcan una ideología. Son implementadas aquellas medidas que permitan a un sector acumular miradas y referencias positivas. No dudo que también exista interés genuino por resolver el problema, pero, ¿de qué serviría hacerlo si no es posible rascar migajas de popularidad en el camino?

Es buena idea recordar que la primera reacción del político profesional ante cualquier situación que se presenta, eso por lo que se le alaba y por lo que es “bueno” en su trabajo, es concebir una vía a partir de la cual utilizar lo que sucede para el beneficio de su carrera.

Uno de los elementos atípicos de la situación actual es que nos permite apreciar cómo el elemento cínico, tan útil en la vida profesional política, no solo pone en riesgo a sus representados con pasmosa frialdad, sino que también puede ser una herramienta al servicio de su propio perjuicio. El hecho de que varios dignatarios se hayan enfermado o hayan estado muy cerca de estarlo nos dice que la negligencia ha sido más peligrosa de lo calculado.

La popular expresión en inglés “keep your eyes on the ball” (mantén los ojos en la pelota) nos invita a conservar el enfoque en lo importante, en momentos complejos o desconcertantes como el actual. Es una lástima que, mientras para la mayoría de la humanidad “la pelota” sea la cura del coronavirus, demasiados líderes sigan teniendo a su propia popularidad como la prioridad.

El peligro de encadenar la comunicación

Aunque sea un tema incómodo de tratar para los izquierdistas menos inclinados al debate, el caso chino resulta psicológicamente paradigmático. No porque el virus se generara en China, una eventualidad a la que estamos espeluznantemente expuestos todos los seres humanos, lo paradigmático fue el mecanismo usado para administrar la información, el cual estuvo lleno de paralizante ansiedad por parte del liderazgo de la única institución política reconocida en ese país, como lo sigue siendo el Partido Comunista.

Aunque sea especulativo, podemos repasar el proceso de pensamiento que tiene lugar en un evento como el ocurrido:

«Enfrentamos un virus desconocido y complejo. Tenemos la posibilidad de informar al respecto para facilitar la participación de la sociedad en la búsqueda de soluciones.

Sin embargo, como existe la posibilidad de que la divulgación se transforme en mala publicidad, sirviendo de arma a nuestros enemigos para señalarnos como ineficientes en labores sanitarias, mejor dedicamos nuestros siempre escasos y valiosos recursos en bloquear la difusión de la información.

Implementamos, entonces, un dispositivo ya bastante aceitado, para perseguir al personal médico, a periodistas y a la población en general, precisamente, aquellos que podrían ser nuestros mejores aliados en la construcción de una solución al problema».

Deben haber pocos que no consideren el soliloquio previo un lamentable delirio, pleno de la mayor dosis de torpeza humana que sea posible encontrar. No solamente porque atrasó la activación de alertas internacionales que, bien gestionadas, hubiesen podido salvar la vida de miles de personas; sino porque falló miserablemente en su misión original de no dejar en ridículo al propio partido comunista chino, sobre el que hoy pesa una de las justificadas animadversiones más importantes y extensas de los últimos tiempos.

Cabe destacar que tal vez no sea casual que hablemos del tema sanitario, de higiene y alimentación; terrenos fácilmente asociables a la vergüenza, sentimientos de inferioridad y, también a veces, algo de repulsión; todos ellos son evidentes núcleos emocionalmente sensibles para los funcionarios del partido.

Su infantil movimiento para evitar la vergüenza ha recibido la homeopática medicina de la humillación general. Por ser el origen de la pandemia más importante de los últimos cien años, y -mucho más central que eso-, por encontrarse poseídos por los complejos políticos hasta tal punto, que dejaron desarrollar la epidemia en silencio, casi como si se tratase de una deliberada arma biológica aunque, obviamente, no fuera esa la intención.

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