Venezuela: cuando los profesionales de la agresión son la única opción

Una ciudadanía que sabe y está dispuesta a defenderse, será mucho más difícil de doblegar por los psicópatas usuales

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¿Qué hicimos mal en Venezuela? (Foto: Flickr)

Algunas interpretaciones de la tragedia venezolana apuntan en la dirección del aprendizaje. Intentan responder cuestiones como ¿Qué hicimos mal?¿Qué podríamos haber mejorado? Y, ¿dónde está el error para no repetirlo?

Desde luego hay lecturas, puede que más realistas, que no se detienen a revisar el sentido de lo que sucede, sino que cierran el debate estableciendo que la situación es de las peores, hay que salir de ella y cualquier disquisición adicional es ociosa.

Como esta segunda posibilidad, igualmente válida, no favorece mayores análisis, prefiero abordar la primera o, mejor, un sendero en el que ambas tendencias sean atendidas.

Desde una posición reflexiva, podríamos plantearnos la hipótesis de que los venezolanos vivíamos en una civilización originalmente poco sólida; es decir, una organización de la convivencia que se veía democrática, estable y parcialmente próspera, siendo realmente un parapeto, una fachada endeble.

 

¿Es la civilización sistemáticamente frágil?

No sería extraño que en este punto aparecieran voces críticas, irritadas por este planteamiento. Ellas hablarían de los notables avances en el nivel de vida venezolano durante la segunda mitad del siglo XX o, con mayor perspicacia, preguntarían por la diferencia fundamental entre una civilización “sólida” y un simple “parapeto”.

Ciertamente, es posible que todas las sociedades sean delicadas, apenas capaces de mantener un sutil equilibrio, susceptible de desaparecer en cualquier momento y caer en la más decadente barbarie.

No obstante, incluso asumiendo que las formas de convivencia sean en buena medida vulnerables, considero primordial buscar metodologías para protegerlas de un suplicio equivalente al que representa el secuestro socialista en Venezuela. Tomemos en cuenta que la -previa- separación de poderes, el reincidente ritual electoral, una posición geopolítica privilegiada, apoyo nacional e internacional de buena parte de la opinión pública -en los últimos años- y un sin número de otros mecanismos democráticos, han sido incapaces de frenar la determinación exterminadora chavista.

Cuando se cierran los caminos

Incluso quienes preferimos procedimientos fundamentados en el diálogo y la negociación, debemos admitir que el conflicto venezolano, que tiende a internacionalizarse, habita el primitivo reino de las vías de hecho. No se puede acusar a quienes anhelan la democracia y la libertad de no haber agotado todas las otras instancias. Por el contrario, lo complicado ha sido despertar a la dolorosa necesidad de acceder a dispositivos bélicos.

En un punto tan grave como en el que nos encontramos, no es descabellado reflexionar acerca de la profesionalización de la defensa. Un tema delicado y relativamente distante de mi ámbito de experticia, razón por la cual me limitaré a comentar dos estilos emocionales contrapuestos que han resultado trágicos en Venezuela.

Polos opuestos en inmóvil tensión

En un extremo encontramos un grupo de personas cuya respuesta ante cualquier amenaza es la agresión directa (Maduro y su combo). En el otro, personas visiblemente incapacitadas para articular la más elemental respuesta agresiva, ni siquiera como defensa (oposición y población). Podemos notar que el núcleo de la vivencia subjetiva es la misma: desazón o frustración.

De poco servirá asegurar que “los violentos” sienten algo distinto a “los pacíficos”. La divergencia solo se encuentra en las respuestas que se despliegan para lidiar con la vivencia subjetiva de frustración. Ninguna de las dos opciones, hasta ahora conocidas en Venezuela, ni su extremo desencuentro funciona, evidentemente.

La persistente tensión de estos estilos mantiene el estancamiento. Los agentes de Maduro siguen machacando a todo el que desean y la oposición sigue -un poco como un pollo sin cabeza- presionando cuanto botón democrático consigue, repleta de desesperación, ante la evidente infertilidad de sus esfuerzos.

El peliagudo debate de la violencia

Por desgracia -y por enésima vez- el punto medio no parece susceptible de encontrarse en una negociación o diálogo. Dado que un polo necesita aire y el otro solo se contenta asfixiando, algunos segundos de oxígeno no serán suficientes. Un sendero funcional, aunque antipático, se encuentra en algo que la sociedad civil venezolana se ha negado a encarar: aprender a protegerse, o bien, acceder de manera organizada a proveedores profesionales de servicios de defensa.

Esta solución parece tosca, seguramente lo sea. En cualquier caso, apenas pretendo presentar una forma diferente de equilibrio entre el neurótico bloqueo de naturales fuerzas agresivas que pulsan por ejercitarse defensivamente en la oposición y el desborde psicótico de las mismas, por parte de los agentes de Maduro, torturando y asesinando a cualquiera.

Así sea en teoría, los profesionales de la defensa se suponen entrenados para tener una posición equilibrada al respecto, esto es, ser capaces de proteger sin pasarse.

 

Solo es tarde si nunca empezamos

Aunque esta idea parezca surgir a destiempo, una ciudadanía que sabe y está dispuesta a defenderse, será mucho más difícil de doblegar por los psicópatas usuales; sobre la base de un principio de organización espontánea o, como hemos dicho antes, costeando los servicios del caso.

A estas alturas, persistir en la activación inútil de dispositivos democráticos que los criminales encuentran sencillo doblegar, precísamente, usando la fuerza, resulta dolorosamente sintomático e ineficiente. Sin contar con que trastorna el más elemental sentido ético, al mantener a aquellos que deben ser procesados legalmente y castigados por infinidad de crímenes, en el rol de verdugos de una población que, simplemente, desea trabajar por una vida en paz y en libertad.

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