El fenómeno Tesla presagia el fin del petroestado venezolano

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(Tesla) Venezuela
¿Por qué una compañía que produce una fracción ínfima de lo que produce GM y todavía está lejos de producir utilidades, y ni hablar de dividendos, se percibe por los inversionistas como una mejor inversión que GM? (Tesla)

La semana pasada la empresa Tesla Inc. alcanzó una capitalización de mercado de USD$ 49.000 millones, sobrepasando brevemente la capitalización de la empresa General Motors (GM). General Motors produce casi 10 millones de vehículos anualmente, algunos de ellos eléctricos e híbridos, pero la inmensa mayoría de combustión interna, mientras que Tesla en 2016 solo produjo 83,922 vehículos eléctricos. ¿Por qué una compañía que produce una fracción ínfima de lo que produce GM y todavía está lejos de producir utilidades, y ni hablar de dividendos, se percibe por los inversionistas como una mejor inversión que GM?

Los modelos de Tesla ni siquiera son los que más se venden en el segmento de autos totalmente eléctricos. Esa distinción le corresponde al Nissan Leaf, una coproducción de Nissan-Renault un consorcio que sin lugar a dudas pertenece al mundo automotriz convencional. Tesla, por el contrario, es un invasor irreverente de ese mundo de motores de combustión interna que ha dominado la industria desde que Henry Ford la revolucionara y popularizara en 1913 con la introducción  del Ford modelo T, producido en líneas de ensamblaje, a precios accesibles a la gran masa de consumidores.

La cultura empresarial de Tesla está impregnada de la innovación irreverente propia de Silicon Valley, donde su principal accionista Elon Musk, un inmigrante Sudafricano/Canadiense billonario de escasos 46 años, ha hecho su fortuna en actividades como el conocido sistema de pagos PayPal y SpaceX. Esta última, una empresa que ha logrado un alto grado de privatización de la carrera espacial, reduciendo por un factor de 10 los costos de colocar en órbita, y de paso recuperar para re uso los cohetes de propulsión, entre otros avances revolucionarios.

Si a eso se añaden los avances considerables que Tesla está logrando en su apuesta por el incremento en la duración y rendimiento de sus baterías de litio, se puede entender la apuesta de los inversionistas, que a través de las últimas décadas han visto como industrias enteras desaparecen o brotan del ingenio humano como si de la nada, para volverse los nuevos gigantes corporativos.

 

Las implicaciones de esto cambios para Venezuela, y para aquellos países que como ella han basado su estrategia de desarrollo de largo plazo en la verdad inmutable que el apetito por gasolina y diésel continuaría en ascenso permanente, son considerables. No es que el Mundo de la noche a la mañana va a dejar de usar combustibles fósiles y alimentar su sed de energía con tan solo molinos de viento, paneles solares y biocombustibles, pero el avance tal vez irreversible del vehículo eléctrico que la presencia de Tesla presagia, lo ignoramos a nuestro propio riesgo.

La primera pregunta que surge es bueno, y ¿de dónde sale toda esa electricidad para cargar tantas baterías automotrices? La respuesta obvia es de centrales eléctricas interconectadas, y el corolario de esa respuesta, es que en estos momentos y por el futuro previsible, el combustible fósil más ambientalmente amigable para alimentarlas es el gas natural. Producto del cual, en un ejercicio de exceso de recursos, la naturaleza también dotó a Venezuela.

Pero esta nueva realidad no puede enfrentarse con las verdades reveladas del pasado reciente como que  “el petróleo es nuestro (es decir de los gobernantes) y no dejaremos que nos lo quiten” o que “las empresas básicas tienen que ser del pueblo (léase los gobernantes) para salvaguardar los intereses de la Patria Sagrada”. Esos conceptos incrustados en la psiquis nacional son los que nos han acompañado en el tránsito de la promesa de una democracia liberal occidental a la realidad de un petro-estado centralista y depredador.

El mensaje, más bien la advertencia, del fenómeno Tesla es que teniendo todas las herramientas para capitalizar el advenimiento de tecnologías disruptivas en el campo energético, el futuro nos volverá a pasar de lado si persistimos en impedir que las fuerzas de la innovación privada intervengan en el proceso de cambio de paradigma nacional que necesariamente tiene que ocurrir.

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