La impresión descontrolada de dinero debe parar en Venezuela

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Dólar
El caso de Venezuela seguramente entrará en los textos de economía del futuro. (Twitter)

Debo confesar que cuando el 16 de noviembre del año pasado alertamos que el Banco Central de Venezuela había comenzado a acelerar la maquinita de impresión de dinero sin respaldo, nunca pensamos que podría pasar casi un año, no solo sin que se tomaran medidas para aminorar el efecto de una impresión montearía sin respaldo, si no que el incremento de esa impresión llegara a los niveles en que ahora se encuentra.

Para aquel momento en que el dólar paralelo venía de disfrutar varios meses de una relativa estabilidad por los alrededores de Bs 1.000 por dólar (Bs. 1.146 el 13 de octubre para ser más exactos). Doce meses después esa cifra se acerca a los Bs 30.000. Un espectacular aumento de casi 2.500 % en esos doce meses o, lo que es lo mismo, y tal como prefieren contabilizarlo los economistas, una pérdida de valor del signo monetario del 96 %.

Perder el 96 % de su valor en 12 meses no es poca cosa, algunos dirían que solo falta un ínfimo 4 % para que el bolívar no valga absolutamente nada. A lo que al parecer hay resistencia a la hora de ponerle la lupa, es admitir la causa efectiva de ese desplome monetario que sucede ante nuestros ojos y en tiempo real. Decimos esto porque lo que está sucediendo con la moneda venezolana reivindica con creces los postulados de los economistas etiquetados como “monetaristas” como Ludwig von Mises, Frederich Hayek y Milton Friedman, por solo mencionar a los más conocidos premios Nobel de esa escuela.

Esos postulados, en términos sencillos, no son otros que entender que cuando un banco central o autoridad monetaria imprime dinero sin el respaldo de reservas, o de aumentos de productividad en la economía, los resultados, más temprano que tarde, los paga el consumidor por la vía de un repunte inflacionario, es decir, de aumento permanente de los precios. El argumento contrario de los discípulos de Manyard Keynes o “keynesianos” es que “un poco de inflación” estimulada por emisión sin contraparte puede ser un acicate al crecimiento económico en tiempos de recesión. Claro que en ese “un poco” se está hablando de magnitudes que en ningún caso exceden el del 3 al 5 % de inflación anual, 50 a 100 veces menos de lo que hoy sufre Venezuela.

 

El caso de Venezuela seguramente entrará en los textos de economía del futuro. De la impresión descontrolada de 110 % interanual que había hace un año, en este momento esa impresión ha subido a la increíble suma de 533 % interanual. Es decir: de cada Bs 1.000 en circulación en este momento, Bs 850 salieron de la nada en el último año, de esos Bs 680 se crearon en los últimos seis meses. Con esas magnitudes es imposible que cada bolívar sin respaldo que se emita no se transmita casi de manera instantánea a los precios como en efecto está sucediendo.

Pero lo que hace de Venezuela un caso atípico, es que la hiperinflación está acompañada de una contracción brutal (12 % para 2017 según el FMI), lo que atenúa, aunque usted no lo crea, la presión sobre los precios, cosa que no sucedía en otras hiperinflaciones latinoamericanas que sucedieron en un ambiente de crecimiento o recesión moderada. Por lo tanto, si no se resuelve el dilema de esa emisión descontrolada de moneda de una manera contundente, cualquier asomo de reactivación económica llevará la inflación a niveles insospechados.

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Cada día que pasa se hace más evidente que esa solución solo puede venir mediante una reforma monetaria total que o bien introduzca un nuevo medio de pago que conserve su valor, o un Bolívar (¿rebautizado tal vez como el “refuerte”?) cuya principal característica sea que la llave de las imprentas de dinero no estén en manos Gobierno de turno, así como que tampoco la autoridad monetaria esté controlada por este. Pareciera que ya es hora que los políticos y tecnócratas se aboquen a este tema antes de que el valor del Bolívar llegue a cero.

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