La agricultura venezolana en terapia intensiva

Después de expropiar más de 4 millones de hectárea, esas tierras, otrora productivas, están sumidas en el abandono.

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Hasta principios del siglo XX Venezuela era un país agrícola, que exportaba productos de su ventaja comparativa tropical como el cacao y el café, entre otros. Después del inicio de la era petrolera en su primera etapa, a partir de 1914, el doble efecto de la “enfermedad holandesa” producto de la revaluación monetaria, y la emigración de los trabajadores del campo hacia la actividad petrolera y las ciudades, reduciendo el acervo de mano de obra barata campesina que requería una agricultura todavía relativamente primitiva, hizo que es actividad perdiera rentabilidad.

Sin embargo, a partir de 1941, gracias a la actividad de la Corporación Venezolana de Fomento, la agricultura venezolana experimentó un renacer, apuntalado en la inversión en mecanización, en tecnología, en genética, en infraestructura y en otras actividades que sustentan a una agricultura moderna. Para ello contaba con 35 millones de hectáreas de tierras agrícolas de las cuales 28 millones son aptas para rebaño y productos forestales y 7,2 millones para agricultura de diversa índole, mientras que sus abundantes recursos hídricos le permitieron una expansión significativa de la superficie bajo riego.

El resultado fue que en los 57 años hasta 1998 el país logró 100 % de autosuficiencia en rubros como maíz blanco, frutas, vegetales, café, cacao y arroz, 80 % en ganado, cerdos y aves, y 70 % en azúcar. En general, la autosuficiencia estaba en el orden de 75 a 80 %, con exportaciones que compensaban buena parte de la necesaria importación de rubros como trigo, maíz amarillo y leche en polvo. Se podía decir que había una balanza de pagos agrícola para efectos prácticos equilibrada. Por otra parte, la aplicación juiciosa de tecnología y administración cuidadosa de los fundos para mantener su rentabilidad, le había dado impulso a una clase empresarial de pequeños y medianos empresarios del campo, a veces agrupados en cooperativas de gran prestigio y eficiencia como COPOSA en el Estad Portuguesa, para mencionar una de las más emblemáticas.

Pero todo eso cambió con la llegada del socialismo del siglo XXI. Imbuidos de una visión decimonónica de la agricultura, visualizando una clase campesina empobrecida que en Venezuela no existía, ya que el 90 % de la población era urbana, se abocaron a aplicar políticas que eran diametralmente opuestas a lo que se necesitaba. Primero vino la fiebre confiscatoria con la idea de reasignar las tierras a cooperativas de inexistentes campesinos. Después de expropiar más de 4 millones de hectárea, esas tierras, otrora productivas, están sumidas en el abandono. Luego a alguien se le ocurrió estatizar la empresa distribuidora de insumos, vacunas, semillas, maquinaria, etc., que era el soporte de los pequeños agricultores, Agro isleña. En menos de dos años de manejo estatal se esfumaron USD $400 millones de capital de trabajo con que contaba esa empresa, para terminar en una parodia, Agropatria, que no es capaz de proveer ni el 10 % de los insumos y servicios de la antigua empresa privada.

La puntada final fue mantener una moneda sobrevaluada para importación de rubros que competían con los nacionales, para beneficio de quienes lograban jugosas ganancias con la sobre facturación de dichas importaciones. Mientras tanto, a medida que la escasez de divisa se hacía más notoria, los agricultores se han visto obligados a importar insumos y repuestos para sus tractores a preciso del dólar libre —ese que el Gobierno se niega que exista mientras se intenta vanamente fijar precios irrisorios—. Añádale a eso la confiscación y cierre de centrales azucareros, pacas cafeteras y otras agroindustrias. Y se pregunta uno como todavía subsiste algo de sector agrícola en el país.

Que subsista es un testimonio al tesón y amor por su actividad de los empresarios del campo que todavía existen. De igual manera, su existencia es un rayo de esperanza en la capacidad de recuperación de un sector clave una vez que cese el acoso, haya una moneda única de precio estable, se libere la economía y se le permita al agricultor venezolano trabajar con las herramientas que conoce: trabajo, tecnología y visión a largo plazo en su actividad.

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