Controles cambiarios que destruyeron la economía venezolana

Al DICOM solo concurren oferentes y demandantes privados, y las tasas a que pactan no guardan mucha relación con la mínima que reporta el BCV.

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Hugo Chávez recibió la economía con libertad cambiaria. (Youtube)

Los venezolanos hemos estado sometidos a controles de cambio en 22 de los últimos 35 años que median desde el Vienes Negro de febrero 18 1983 hasta nuestros días. De los siete gobernantes que han ejercido el poder en ese lapso, cinco establecieron controles cambiarios o extendieron su aplicación. Uno de ellos, Rafael Caldera, los estableció en 1994 para luego levantarlos dos años después.

Hugo Chávez recibió la economía con libertad cambiaria, y en vías de derrotar una inflación que se había mantenido tercamente en el nivel de dos dígitos por más de tres lustros. Rodeado de asesores que alimentaban su sesgo controlador de todas las variables económicas, encontró en el paro petrolero la excusa perfecta para reestablecer esa medida drástica de intervención de la economía.

Como tantas contradicciones que ha sufrido la economía venezolana en su transito al despeñadero, al principio las molestias del control cambiario eran casi imperceptibles. Sobre todo, porque una recuperación de los precios de petróleo avanzaba a mayor velocidad que la capacidad de nuestros gobernantes para malbaratar los recursos que ese ascenso de precios le producía al país. Todavía habrá algunos que recordarán los generosos cupos, por allá por 2005, cuando estos llegaban hasta $5.000 al año por persona. Para aquel entonces la indiferencia ciudadana hacia las pocas voces sensatas que alzaban su voz contra la ausencia de libertad cambiaria daba credulidad a la aseveración de Aristobulo Isturiz cuando decía que: “Sí eliminamos el control de cambio nos tumban”.

Pero como suele suceder cuando los gobiernos le ponen la mano en la yugular a una variable clave de la economía, poco a poco el zapato comenzó a apretar. Para 2010, ante los efectos de la crisis financiera de la construcción de EE. UU. y ante el empeño del Gobierno venezolano de mantener una tasa cambiaria insosteniblemente baja, de la cual se alejaba el entonces cambio libre o de permuta, la respuesta no fue corregir desequilibrios, sino penalizar por completo la libre convertibilidad.

Tres años después, cuando el presidente Maduro llegó al poder quedaba claro que ya el control de cambio no daba para más, y era preciso tomar medidas para desmontarlo, así fuera de manera gradual, promoviendo una convergencia de las múltiples tasas controlados con la del mercado negro por la vía de la despenalización, acompañada de otras acciones sensatas. De hecho, eso pareció ser la intención de los asesores económicos del nuevo presidente, en un momento en que el cambio paralelo andaba por los lados de Bs 21 por dólar.

Hoy, luego de que se han dilapidado las reservas, dejado de pagar deudas a tirros y troyanos, y permitido a 18 bonos de la República y PDVSA caer en cesación de pagos, para efectos prácticos no existe tasa de cambio, ni oficial ni negra. Decimos eso porque el Gobierno eliminó la tasa fija a una tasa risible y en realidad no la ha sustituido por nada, ya que al DICOM solo concurren oferentes y demandantes privados, y las tasas a que pactan no guardan mucha relación con la mínima que reporta el BCV. Por otro lado, lo que era un marcador más o menos confiable del mercado libre o negro, se ha astillado en múltiples cotizaciones que difieren entre si por márgenes que llegan hasta el 50 %. A la pregunta de por fin, ¿cuánto es que vale un bolívar? La única respuesta sensata es ¡ni idea!

Cuando en un futuro no lejano los grandes centros del conocimiento académico hagan los estudios de economía forense sobre cómo logró producirse el primer colapso de una economía petrolera en Venezuela, seguramente estos se centrarán en esa obsesión, al parecer irreductible de nuestros gobernantes, de persistir en un ruinoso sistema de control cambiario, porque si no “los tumban”.

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