¿Iguanas, sabotaje o impericia imperdonable?

Lo que debería haber sido un incidente, se convirtió en otro integrante de la larga lista de récords infames que ostenta el chavismo.

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El corte de electricidad más extenso y severo de la historia, otro logro del socialismo del siglo XXI
(Foto: EFE)

Operar el sistema eléctrico nacional integrado más sofisticado del continente no es cosa para neófitos o ingenieros exprés certificados como bachilleres con notas en matemáticas virtuales porque no había quien dictara la materia.

Desde hace años los expertos han venido alertando de las consecuencias de decisiones erradas, y el peligroso deterioro de la experticia de los responsables del sistema eléctrico venezolano. Las respuesta oficiales a estas alertas siempre venían con los desplantes de soberbia a los que nos tienen acostumbrados la alta burocracia del socialismo del siglo XXI. ¿Qué las cifras de la Oficina de Operación del Sistema Interconectado OPSIS ponían al descubierto lo desaciertos? Muy fácil: al igual que hizo el directorio del Banco Central con la estadísticas de inflación en 2015 cuando la verdad de estas los molestaba, con dejar de publicarlas se resuelve el problema. De paso sustituirlas con consignas revolucionarias, mientras más rimbombantes, irrelevantes y vacías mejor.

Cuando era evidente que el sistema necesitaba importantes inversiones de diversa y compleja índole, descuidadas mientras el mismo se estatizaba totalmente, la primera reacción fue poner en manos de gente inexperta pero bien conectada la adquisición mil millonarias de plantas térmicas llevando el proceso hasta la importación de las mismas, que es donde están los beneficios de márgenes de comercialización jugosos, pero haciendo caso omiso al pequeño detalle de que esas plantas había que instalarlas, ponerlas en operación e integrarlas al sistema. Simultáneamente, se ejecutaba una política de recursos humanos irresponsable con salarios de menos de 1 dólar diario a técnicos que con cruzar cualquiera de nuestras fronteras eran recibidos con los brazos abiertos.

Más temprano que tarde, las consecuencias que producen quien obra así, se manifiestan, y lo hace de manera súbita y contundente: un mega apagón nacional de entre 24 y 36 horas de duración-el más largo y extenso en los anales de este tipo de incidente-con las consecuencias que eso implica, puso al desnudo los años de políticas erradas. Contrario a lo que dicen los voceros gubernamentales no fue un tuit del senador Marco Rubio lo que produjo el desastre, sino una cadena de infortunios de los que se venía advirtiendo hacía meses.

Según los expertos conocedores del sistema, un evento, tal vez el desbalance de una turbina de Guri ocasionado por tener a esta funcionando al 100% sin tiempo para mantenimiento, desestabilizó el cerebro del sistema: el Centro de Despachos de Puerto Ordaz. Ante la impericia de quienes lo operan, posiblemente combinados con una falla en las subestaciones de la línea de 765KV, se provocó que las pocas plantas térmicas que funcionan se desconectaran del sistema por motivos de seguridad. Ese protocolo de seguridad funcionó, solo que en el siguiente paso era necesario que unas plantas auxiliares programadas para arrancar “en negro”, es decir, de manera instantánea como las plantas de emergencia de los hospitales, prestaran servicio, pero la mayor parte de estas, si no todas, estaban dañadas.

Tal vez la única verdad que dijo el ministro del ramo en sus escasas declaraciones centradas en la búsqueda de culpables fuera de su área de competencia, es que en un lapso de tres horas estaría de nuevo en funcionamiento en sistema. Mejor dicho, hubiera sido verdad si el funcionamiento de la red eléctrica hubiera estado en manos de los gerentes, ingenieros, técnicos y trabajadores que la operaron desde que la empresa privada en la persona de Ricardo Zuloaga, fundador de la Electricidad de Caracas, inició el servicio en 1895 hasta que lo hizo suyo la frondosa burocracia del SS21.

Estando como estaban a cargo quienes nos trajeron la hiperinflación más severa y larga de la historia del continente, acompañada de una contracción económica que supera la de países en guerra y un diáspora de épicas proporciones, no podría ser de otra manera: lo que debía haber sido un incidente severo pero contenido en el tiempo, se convirtió en otro récord mundial en la larga cadena de desaciertos.

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