Coronavirus y la necesidad de frenar a la dictadura china

El activismo de los gobernantes y políticos frente a Cuba y Venezuela no es un tema de valores, se trata meramente de un asunto económico.

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La diplomacia suave que el Partido Comunista chino ha implementado por años, ha tenido frutos envidiables. Es la dictadura más fuerte del mundo. (Efe)

Muchas voces a favor de cortar relaciones con Cuba, las mismas que aplauden, con justa causa, romper con la dictadura de Maduro que deja más de cinco millones de inmigrantes. Desde la visión económica, Cuba y Venezuela son un claro pero lamentable ejemplo de que las ideas marxistas acaban con todo a su paso. Sin embargo, parece olvidarse que el verdadero interés de quienes imponen y promueven estas ideas, es acabar con el individuo y su libertad, acabando a su paso con la sociedad civil. Los políticos de todas las orillas sacan provecho de esta situación, vemos que el fantasma de la alianza de los Castro, Chávez y Maduro no ha servido para que los ciudadanos de otros países tengan consciencia sobre lo que la libertad y democracia otorgan, sino que, por el contrario, siguen esperanzados en que sean los gobernantes quienes resuelvan los problemas a partir de falsas promesas.

China y Rusia han sido el soporte financiero y militar de las dictaduras comunistas en Latinoamérica. China, por ejemplo, es un fiel soporte para organizaciones como el Foro de Sao Paulo y promueve abiertamente el socialismo en sus instituciones. En el país asiático la prensa es realmente censurada, no existe cabida a opiniones contrarias al régimen, Internet es controlado por el Estado y escritores y periodistas son perseguidos, encarcelados o desaparecidos, sumando las constantes violaciones a los derechos humanos, como ocurre actualmente con el manejo de la crisis del coronavirus en Wuhan, epicentro del virus, donde los médicos de los hospitales trabajan sin descanso, ya que son amenazados con ser tratados como traidores si no lo hacen.

La diplomacia suave que el Partido Comunista chino ha implementado por años, ha tenido frutos envidiables. Es la dictadura más fuerte del mundo, se posiciona sobre democracias y sociedades libres. Políticos y empresarios de todas las latitudes no ven posible un juicio sobre las terribles acciones del régimen chino sobre sus propios ciudadanos o los de otros países. Aunque Estados Unidos, Japón, Francia y Reino Unido han pedido que se incluya a Taiwán en la próxima asamblea de la Organización Mundial de la Salud (OMS), pese a que Taiwán tiene tres casos confirmados de pacientes con el coronavirus, China se ha impuesto y se le ha negado desde 2016 la participación a los representantes taiwaneses. Taiwán tiene un historial de manejo de brotes anteriores en la región, desde el SARS hasta la gripe porcina. En 2003 China fue ampliamente criticada por su pobre manejo del brote de SARS, que cobró casi 800 vidas. Fue solo después de dos muertes relacionadas con el SARS que la OMS acordó enviar especialistas a Taiwán.

Lo anterior evidencia que el activismo de los gobernantes y políticos frente a Cuba y Venezuela no es un tema de valores, ideas políticas, ni mucho menos de defensa de la libertad, sino que se trata meramente de un asunto económico. Si Cuba o Venezuela fueran potencias económicas, veríamos a gobernantes como Duque y Piñera pidiendo a Maduro o los Castro que construyan vías, liciten construcciones de metro y expandirían ampliamente los mercados con estos países, sin importar si la ciudadanía es libre o no.

El manejo que China le ha dado a la crisis de coronavirus debe ser suficiente para que la comunidad internacional le ponga límites a la dictadura comunista. El manejo de la información, el trato a los médicos y pacientes y el veto a Taiwán ante la OMS deberían ser cuestionados por los gobernantes de naciones que promueven la democracia y la libertad. A su vez, quienes abogan por suspender relaciones con Cuba y Venezuela deben comenzar por echar la dictadura de China, dictadura que está detrás de los Castro y Maduro. Cabe recordar que Cuba fue el primer país en reconocer la República Popular China un año después del triunfo de la revolución en 1960.

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