Las metas de inflación en Argentina y la verdad de Perogrullo

El fenómeno de la inflación cada vez menos frecuente en el escenario económico global debiera ser explicado por sus verdaderas causas y no mediante animadas especulaciones.

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El fenómeno inquieta a muchos analistas, quienes, en pos de anticipar el comportamiento futuro de la evolución de los precios, se enfocan en el alza de precios de los pasados 12 meses. (Twitter)

El pasado jueves, el Instituto Nacional de Estadística y Censos de la República Argentina (Indec) comunicó la tasa de inflación para el mes de marzo: 2,3 %, una décima de punto porcentual menos que en febrero, pero algo por encima del 1,8 % del mes de enero.

Educación 13,8 %; equipamiento y mantenimiento del hogar 4,5 %, y prendas de vestir y calzado 4,4 %: son algunos de los componentes que han provocado tracción sobre el indicador mensual y, como es natural, reflejaron la estacionalidad de la nueva temporada otoño-invierno. Todo esto sintetizó un agregado para el trimestre del 6,64 %, que supera al 6,1 % de igual trimestre registrado en 2017.

El fenómeno inquieta a muchos analistas, quienes, en pos de anticipar el comportamiento futuro de la evolución de los precios, se enfocan en el alza de precios de los pasados 12 meses. Para el período, el indicador se estabilizó en el rango del 25 % hacia fines del 2017, y el Gobierno decidió recalibrar la meta de la autoridad monetaria para el año 2018 (del 10 % al 15 %). También se pone especial atención al caso particular de la denominada “inflación núcleo”, la que no está vinculada con factores estacionales y con los precios regulados por el Gobierno, que aceleró el presente mes a ritmo de 2,6 %, superando el promedio general, porque recibió con rezago los efectos de las subas previas del tipo de cambio y de las tarifas.

Con igual razonamiento, es decir, la inducción o el positivismo metodológico utilizado por la ortodoxia, podría aseverarse que a este ritmo la tasa anualizada ―no “desestacionalizada” (desestacionalizar se utiliza con el significado de eliminar de un dato o serie, mediante la aplicación de cierto filtro o procedimiento estadístico, el efecto de las variaciones cíclicas estacionales que esa variable experimente a lo largo del año)― alcanzaría hacia el mes de diciembre la abultada cifra del 29,32 %.

Sin embargo, la inflación, en el mundo en general y en el continente, en particular, ha dejado de ser un problema, “está disminuyendo en varios países de la región (con contadas excepciones, como México, Argentina y Venezuela), a pesar de la recuperación de los precios de las materias primas, lo que indica que las brechas de producto siguen siendo negativas y que las presiones inflacionarias derivadas de la depreciación de las monedas se han disipado” (cursivas mías) (las estadísticas de nuestro país no fueron tomadas en consideración durante la última década, al igual que las de Venezuela), según el informe Perspectivas Económicas FMI, abril de 2017.

Por lo tanto, el fenómeno de la inflación cada vez menos frecuente en el escenario económico global debiera ser explicado por sus verdaderas causas y no mediante animadas especulaciones que solo tienden a confundir irremisiblemente.

En lo que se conoce como el debate de la neutralidad del dinero, la mayoría de los economistas aceptan que los efectos a largo plazo del dinero recaen totalmente (o casi totalmente) sobre los precios, con un impacto muy limitado o nulo sobre las variables reales. También varios de ellos admiten que las perturbaciones monetarias pueden tener efectos reales a corto plazo. Pero la naturaleza de tales perturbaciones tiene un alcance temporal y limitado.

Durante las últimas décadas, la necesidad de compatibilizar la aparente neutralidad del dinero a largo plazo con sus posibles efectos reales a corto plazo, llevó al desarrollo de un campo de investigación muy activo que se traduciría en las llamadas teorías monetarias del ciclo económico. En dicha línea argumental, el relevamiento realizado por McCandless y Weber en 1995 estudió la neutralidad del dinero a corto y a largo plazo para un conjunto de 110 países durante un período de treinta años (entre 1960 y 1990). Las correlaciones observadas entre las tasas de crecimiento de los precios, de la producción y de varias definiciones del stock de dinero (M0, M1 y M2) alcanzaron conclusiones fundamentales: mostraron que la correlación entre la tasa de inflación y la tasa de crecimiento de la oferta monetaria varía entre 0,92 y 0,96, dependiendo de la definición de dinero que se utilice.

A menos que el Gobierno tome nota de que la variación interanual de la base monetaria, o dinero de alto poder ―del 29,3 % para los últimos doce meses, conforme el Informe Monetario Mensual del BCRA del mes de marzo de 2018― es compatible con el comportamiento empírico de los precios monetarios; y, sobre todo, esté dispuesto a admitir que bajo las actuales condiciones las metas no son alcanzables: la política monetaria no resultará un indicador confiable y consistente con la realidad económica que subyace. Similar desempeño se observa con el comportamiento de la circulación monetaria, 27,9 %.

En síntesis, si los argentinos seguimos empeñados en descubrir o redescubrir la pólvora, pólvora que fue probablemente la primera gran aportación de la alquimia, seguiríamos alimentando aquel mito o frase que lanza una invectiva contra alguien que ha hecho o dicho algo y resulta ser “la verdad de perogrullo”.

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