Varados en Cúcuta y con terror de regresar por trochas

Hay al menos tres campamentos principales donde se pueden conseguir desde familias enteras que acudieron al concierto Venezuela Aid Live, personas que viajaban desde Chile o Perú hacia Venezuela, jóvenes de la resistencia y hasta quienes se movilizaron a la zona fronteriza para llevar sus informes médicos

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Centenares de venezolanos reciben apoyo de colombianos mientras están atrapados en Cúcuta (Foto: Luis Stelis)

Con el cierre de los pasos fronterizos entre Venezuela y Colombia, centenares de venezolanos quedaron varados en Cúcuta, ciudad colombiana  en la que empiezan a pulular campamentos improvisados que sirven para que las personas se resguarden hasta que se les permita salir de la zona.

La mayor parte de las personas se encuentran en las inmediaciones de los puentes Tienditas-Unidad, Francisco de Paula Santander y Simón Bolívar, zonas que en los últimos días han pasado a ser consideradas de alto riesgo debido a las intensas jornadas de represión que desde el lado venezolano lanzan los efectivos militares y policiales de la dictadura de Maduro contra los jóvenes que tratan de remover los contenedores y barricadas instaladas para impedirles el acceso a su país.

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En cada uno de los campamentos se pueden conseguir desde familias enteras que acudieron al concierto Venezuela Aid Live el pasado 22 de febrero, personas que viajaban desde Chile o Perú hacia Venezuela, jóvenes de la resistencia y hasta quienes se movilizaron a la zona fronteriza para traer los informes médicos de sus familiares con la esperanza de ser incluidos en alguna lista que les permitiera ser favorecidos con la ayuda humanitaria.

Muchos duermen en el piso sobre cartones y a la intemperie. Tratan de resguardarse con sábanas que han colocado alrededor. Otros han corrido con mejor suerte y han instalado hamacas-chinchorro o han sido recibidos en casas de paso, donde pueden quedarse la noche hasta que encuentren cómo regresar al país.

La alimentación y la hidratación está siendo aportada por colombianos, bien vecinos de la zona o miembros de iglesias y organizaciones políticas, que han decidido colaborar sin esperar convocatoria de nadie.

Todo el día se ve llegar a personas que se asoman a las ventanillas de sus carros y preguntan dónde pueden dejar la colaboración, ante lo que varios corren a ayudarles a descargar lo que les hayan llevado.

“Todo es bien recibido. Puedes ver que aquí hay niños y mujeres que no pueden regresar en este momento a San Cristóbal porque la frontera está cerrada y pasar por las trochas es un peligro, no sabes si te roban o te matan por no tener nada, y además están cobrando hasta 40.0000 pesos (unos 12 dólares)”, explica Antonio Martínez, uno de los jóvenes del Voluntariado que se ha dedicado a trabajar en pro de los venezolanos.

Hay quienes no les llevan los panes rellenos y el agua embotellada, sino que reunieron el dinero y montaron una olla gigante para cocinarles ahí mismo, en un espacio completamente improvisado, un caldo con carne y verduras. Tal es el caso de los vecinos de la zona de El Escobal, donde se encuentra el Puente Santander.

La sopa solidaria, que se ha realizado por varios días seguidos, ha saciado el hambre de quienes pasan horas sentados en el piso o en el parque infantil esperando a que reabran totalmente el paso.

“Todos pusimos algo de lo poco que tenemos, porque esta gente vino con solo pan y agua y no se puede quedar aquí con hambre. Muchos de nosotros tenemos familia en Venezuela y sabemos lo que están pasando para que ahora también tengan que estar acá pasando más necesidades”, comentó a Panampost una de las vecinas que organizó las actividades de apoyo.

Además de la comida, algunas personas les han llevado ropa usada, toallas, sábanas y productos de higiene para que puedan mantenerse aseados. En la zona también aparecieron unos baños públicos portátiles, de los que nadie sabe dar explicación clara de su procedencia, pero que son mantenidos lo más pulcros posible por quienes ahí esperan para retornar a su país.

Los alimentos son resguardados en una especie de almacén improvisado entre el Puente Santander y la zona llena de monte que se mantiene sin vigilancia alguna. Ese espacio, y el camino hacia el baño, de noche se mantienen iluminado con fogatas que prenden en varios puntos y con antorchas en los los alrededores.

Esa luz ha servido para que varios militares que han desertado del régimen de Nicolás Maduro, se orienten sobre cuál es la vía que deben tomar para llegar a la libertad.

Los venezolanos cargan la batería de sus teléfonos celulares gracias a vecinos de la zona que sacan extensiones a la parte externa de sus casas y gracias a la caseta de internet público que hay justo en la entrada del binacional puente.

Cuando quieren enviar mensajes a sus familias o enterarse en redes sociales de lo que esté pasando en Venezuela, suben las escaleras y la media lomita que les permite sentarse a la entrada del Puente Santander, donde toman wifi libre que ofrece el gobierno colombiano.

No importa si tienen teléfono inteligente o no, alguien que esté en el sitio les hace la caridad de enviar un mensaje por whatsapp o de revisar una cuenta de Twitter.

Incluso, los policías colombianos han ayudado a algunos de los que se encuentran varados en la zona: “Le he regalado mensajes a varias personas, les colaboro porque nadie debería estar pasando por esto”, nos confiesa un funcionario.

En los puntos de carga también hay unos radios donde monitorean las informaciones. La mayor preocupación es saber lo que pueda estar ocurriendo cerca de sus casas.

“Mi mamá vive sola y nos han dicho que los colectivos han estado disparando por allá. Necesitamos que alguien nos ayude, porque los venezolanos solos no podemos con esos delincuentes. Figúrese, ellos están armados hasta los dientes, sacaron a los presos a dispararle a la gente, y uno cómo puede defenderse”, explica Yurley Vásquez, de 28 años, quien trabaja en Cúcuta desde hace año y medio y a diario cruzaba la frontera para asistir a su trabajo

Medicinas básicas también son llevadas a la zona por grupos de voluntarios, que a diario también tratan de llevar el registro de las personas que resultan heridas, lesionadas o afectadas por la represión chavista que alcanza el territorio colombiano.

Y aunque los que están durmiendo en las calles son los que más llaman la atención y parecieran ser los únicos con problemas, la realidad es que hay otros venezolanos que atraviesan por su calvario en silencio.

Cierre de frontera afectó hasta los que viajaban vía aérea

Esos son los casos de quienes ahora se convirtieron en perseguidos de la dictadura por participar como voluntarios en el ingreso de la ayuda humanitaria. También de quienes, como la familia Molinares, pueden costear el pago de un hotel o se quedan en casa de conocidos, pero que no pueden salir del país si no consiguen el sello de migración en sus pasaportes.

“Somos una familia de cinco miembros y estamos acá cuatro, se quedó una de nuestras hijas de sólo 7 años. Desde aquí yo viajaré a Italia con dos de mis hijos y mi esposo se debe regresar a Venezuela para esperar que salga el pasaporte de mi hija que está solicitado desde hace un año”, comenta Susana, contador público que vivía en Acarigua, estado Portuguesa.

Molinares relata que lo que ha pasado en la última semana en Cúcuta les ha trastocado los planes a toda la familia, porque ya no saben si la situación se va a solventar o si Venezuela mantendrá su frontera cerrada indefinidamente.

Como al llegar llevaban varias maletas, dos niños pequeños y había mucha gente pasando el puente, no sellaron en ese momento el pasaporte, con la esperanza de hacerlo al día siguiente; sin embargo, también Colombia cerró la frontera por un par de días y les les tocó pasar por un viacrucis: ya no pudieron hacer el trámite migratorio y perdieron el vuelo a Italia.

“Estaba desmoralizada, sin esperanza, porque perderíamos todo lo que teníamos. Vendimos todo y lo invertimos en nuestros pasajes. Afortunadamente se tocaron el corazón en la aerolínea Avianca y nos reprogramaron la reserva sin costo alguno al analizar nuestro caso, y Migración Colombia, después de mucho llorar, nos dio un salvoconducto”, relata.

Su esposo esperará unos días para tratar de ver cómo regresa a Venezuela para seguir gestionando ante el Saime (Servicio de Identificación, Migración y Extranjería venezolano) el pasaporte de la otra hija y así luego reunirse toda la familia.

Aunque tienen recursos para seguir estando unos días más en Cúcuta, la verdad es que prefiere pasar lo más pronto posible para evitar gastos que nunca estuvieron previstos.

Por ello ha tratado de buscar la alternativa de pasar por trocha, pero el servicio ilegal por el que hasta hace un par de semanas debía pagarse 10.000 pesos ahora cuesta más de 50.000 pesos (unos 18 dólares) si va con equipaje ligero, y la tarifa sube si llega a tener dos maletas.

La peor parte no es pagar el dinero, sino que pueda perder todo lo que lleve consigo o hasta ser asesinado por grupos armados irregulares que tienen el control de la zona.

El caso de esta familia es uno de los centenares que se escuchan en Cúcuta y que mantiene en angustia a personas de lado y lado de la frontera.

Periodistas regresan por trochas

En la zona, además, han quedado atrapados hasta periodistas que viajaron a Colombia a cubrir la reunión presidencial realizada hace apenas unos días. Ellos han vivido horas de terror no sólo por lo que representa la angustia de quedarse en otro país sin saber cuándo pueden pasar legalmente por la frontera, sino también porque aventurarse por trochas es una apuesta completamente incierta y peligrosa.

Saben claramente que pasar por esos caminos controlados por grupos irregulares representa un gran riesgo, que pueden correr la misma suerte que tuvieron en días previos más de dos docenas de periodistas en el estado venezolano de Táchira, donde fueron detenidos, atacados, arrodillados, apuntados con armas largas, amenazados y robados, de acuerdo al monitoreo publicado por las periodistas Lorena Rad y Judith Valderrama.

Esos comunicadores son de Venezuela y ni siquiera tienen el pasaporte para intentar salir vía aérea de Colombia, porque ante la posibilidad de que el régimen les quitaran ese documento, prefirieron dejarlo guardado en sus casas. La mayoría sacó el carnet fronterizo y así pasó al lado colombian.

“No quieren exponerse en las trochas, pero hay 12 que han salido ya por esas vías en los últimos días. No han tenido más alternativa, aunque es un proceso complicado y altamente riesgoso. Todo hay que hacerlo con muy bajo perfil”, confiesa una fuente del Colegio Nacional de Periodistas de Venezuela.

Los periodistas, ya agotados sus viáticos de estadía en Colombia, tratan de hacer milagros con lo que les giran porque la situación se podría prolongar, en el mejor de los casos, una semana más.

“Yo prefiero esperar unos días. Me estoy quedando en casa de un familiar, pero ya quiero volver”, comenta uno de los reporteros atrapados, quien teme pasar por las trochas con sus  costosos equipos periodísticos.

Y aunque todos quieren salir de la ciudad que hasta hace poco acaparó la atención mundial, tal vez en los próximos días se deberán alistar para regresar a cubrir alguna cumbre presidencial, un nuevo intento de ingreso de la ayuda humanitaria -que aún se mantiene en estas tierras- o el eventual inicio de una acción armada.

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