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Venezuela: Oro a cambio de espejitos

Por: Carolina Jaimes Branger - Ene 29, 2014, 8:00 am

Los anuncios hechos el jueves pasado en Venezuela por Rafael Ramírez, el multiencargado vicepresidente del Área Económica, presidente de PDVSA y ministro de Petróleo y Minería, y Marco Torres, ministro de Economía, Finanzas y Banca Pública, pusieron en evidencia una vez más –y quizás con mayor dramatismo- la magnitud de la crisis económica que nos está cayendo encima.

Con la excusa de que tratan de encontrar “equilibrios en la economía nacional”, “crecer construyendo el socialismo” y “crear un nuevo orden económico” de una manera “políticamente correcta”, y que “combaten a los raspacupos que utilizan las divisas para un negocio personal”, los representantes del Ejecutivo Nacional desmintieron los anuncios de Maduro en su Memoria y Cuenta cuando dijo que se mantendría la tasa oficial para viajes, solo pocas horas después. Y eso que todavía se quejan de las contradicciones de los adecos… Caraduras…

Ramírez declaró que no caería en el “chantaje” de hablar de devaluación. No tiene que hablar de devaluación para que más temprano que tarde la sintamos todos. Esto no es “una devaluación”. Esto es una megadevaluación que para mayor desgracia no parará la escalada del dólar paralelo, porque no elimina sus orígenes. Una nueva devaluación y un nuevo sistema de bandas. Desde los años 80 hemos visto el fracaso de estos controles. Todos han fracasado estrepitosamente. Pero eso no extraña: si en algo han sido expertos los rojos es en resucitar modelos fracasados.

Torres dijo que van con todos los hierros contra los raspacupos. ¿Por qué no van también contra los usureros, especuladores y ladrones que han creado tantas empresas fantasmas? Más controles y regulaciones se traducen en una absoluta falta de confianza en nuestra moneda. Pero lo más insólito es que, no es sino hasta ahora que los creadores de Cadivi se dieron cuenta de que el cupo de viajeros es malo. ¡Caramba, caramba… claro que es malo!

En primer lugar, no debería existir ningún tipo de cupo a una tasa de cambio que es completamente irreal. Segundo, ¿es ahora que el gobierno se da cuenta de que la diferencia entre el dólar oficial y el paralelo era un incentivo para raspar los cupos fraudulenta y contrariamente a los intereses de la República y mientras no se dieron cuenta lo estaban aupando? Y tercero, ¿no supieron sino meses después que centenares de pasajeros no se aparecían a abordar sus vuelos, que no era normal la adquisición masiva de boletos aéreos ni tampoco que se lograran efectuar transacciones de pagos sin que los tarjetahabientes estuvieran presentes? Esto no demuestra más que un cúmulo de incompetencias de un gobierno que estableció un convenio cambiario sin que nadie lo obligara ni coaccionara. Ahora la emprende contra el sector de transporte aéreo, uno de los factores del sector terciario de la economía sin el cual se imposibilita el desarrollo.

Para empeorar el escenario, la deuda pública tiene un componente flotante -no contabilizado y no aprobado de acuerdo a las normas de crédito público- que podemos anticipar como gigantesco tan solo viendo los montos adeudados a líneas aéreas y empresas farmacéuticas. Pero la mayoría de los ciudadanos no lo conocemos y lo más probable es que no lleguemos a conocerlo nunca, al menos en su dimensión real. Ya nos lanzarán alguna cifra amañada para que nos “calmemos” y saldrá de nuevo el oráculo que es Iris Varela a decir que aquí no importan los dólares porque ganamos en bolívares.

No hay que ser economista para entender que la deuda flotante no aprobada de acuerdo a las normas de crédito público y cuyo servicio no está contemplado en la Ley de Presupuesto no debería ser traspasable a los ciudadanos, pero en la realidad lo es, como cuando quiebran los bancos, que quienes pagamos somos los ahorristas.

Aquí los revolucionarios han denostado de Colón y los conquistadores. Pero se trata de otra de sus falacias: quienes terminamos pagando los platos rotos somos los ciudadanos de a pie, que seguimos dando oro a cambio de espejitos.

El artículo original se encuentra en la página de El Universal.