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La idiosincracia del venezolano que impide el cambio

Por: Carolina Jaimes Branger - Ago 4, 2014, 6:00 am
Cola en en el centro de Caracas. (Julio César Mesa)
Cola en en el centro de Caracas. (Julio César Mesa)

“¿Y qué puedo hacer yo, que soy un simple ciudadano de a pie?” Todos, en algún momento, hemos escuchado esa pregunta cuando algún sensato sugiere que todos tenemos que hacer algo para que el deseado cambio ocurra.

He releído recientemente el libro del Dr. Manuel Barroso “Autoestima del venezolano”. Debería ser obligatoria su lectura, pues desnuda los arquetipos de nuestra idiosincrasia y las causas de nuestras enfermedades sociales. Reconocer nuestros problemas como preámbulo para resolverlos.

El miércoles pasado estuve en el Ministerio de Relaciones Exteriores. Fui a recoger unas partidas que había llevado el día antes a apostillar. “Venga mañana a la una”, me dijeron. El papel decía que el retiro se hacía a partir de la una y treinta. “No, es a partir de la una”. Innecesario decir que ni a la una, ni a la una y treinta. Cuando sugerí quejarnos, una muchacha me advirtió “ni se le ocurra, señora, recuerde que ahora hay que pedir permiso para protestar; a un primo mío lo pusieron preso en Cumaná la semana pasada por eso”.

Mientras estábamos en la fila, un hombre cargado de veinte kilos de harina de trigo que “les había comprado a los chinos de la esquina”, esperaba un autobús. “Vayan que ya no hay cola”, dijo. Una señora que se encontraba a corta distancia dijo en voz alta y clara: “estos chavistas no tienen dignidad, hacen cola para todo” ¡Como si la dignidad residiera en la dificultad de conseguir un producto y comprarlo cuando se encuentra! ¿Dejaría ella de comprarlo “por la dignidad” de no hacer cola?…

Faltando 20 minutos para las dos comenzó a caer un aguacero de esos que conocemos en el trópico, y ni siquiera por esa razón abrieron. Cinco minutos más tarde un público mudo y emparamado entró como ganado al recinto.

Los coleados, como siempre, hicieron lo suyo. Unos adelantando veloces la fila, otros haciéndose los tontos y pretendiendo que iban a hacer una consulta. Los empleados conversaban entre ellos como si estuvieran en una fiesta. Transcurrieron 10 minutos más hasta que uno de ellos comenzó a recoger las planillas para empezar la búsqueda de los documentos.

La oficina, como todas las oficinas públicas, más bien parecía una galería donde se estuviera exponiendo una colección de retratos de Chávez. En todas aparecía vestido de militar. En la mayoría había mensajes, tanto directos como subliminales.

Finalmente, mi vecina me señaló a una señora: “ella te cobra 6.000 Bs. por hacerte todos los trámites, porque tiene panas en todas partes”. Por supuesto, a los involucrados en el negocio les conviene que nada funcione.

En dos horas y media me topé con un muestrario de los arquetipos que describe Barroso. Desde el que piensa que no se merece nada en la vida, hasta el que siente que se lo merece todo. Desde el que se conforma “con lo que haya” hasta quien le parece que de “este país de mierda, lo que hay que hacer es irse”. Desde los abusadores de oficio hasta quienes por costumbre se dejan abusar. Desde los humilladores profesionales, que pisotean la dignidad de quien se les pare por delante, hasta los sobrados a quienes nada les importa.

Me topé con los empleados desidiosos y con quienes hacen negocio a cuenta de la ineptitud de ellos, o peor aún, con ineptitudes à propos, porque se aprovechan de su posición en desmedro de los demás. Y como si esto fuera poco, me topé con el culto a la personalidad del difunto presidente Chávez con eslóganes que sugieren que si queremos seguir viviendo, tenemos que vivir como Chávez vivió… Mayor subdesarrollo, imposible.

En fin, experimenté una muestra de nuestros vicios en el mismo lugar, en el lapso de dos horas.

“¿Y qué puedo hacer yo, que soy un simple ciudadano de a pie?”

Yo te voy a decir lo que tienes que hacer: ¡cambia tú y haz bien lo que tienes que hacer, sin ocuparte ni preocuparte de qué hacen los demás! Solo imaginen lo que se lograría si cada uno lo hiciera. Aquí queremos que las cosas cambien, sí… pero nadie quiere cambiar.

Una versión de este artículo fue publicada originalmente en El Universal.