Métodos de tortura chavista que Bachelet debería conocer

¿Escuchará Michelle Bachelet, Alta Comisionada de la ONU para los derechos humanos, los incontables casos de tortura en Venezuela?

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Manifestaciones en el contexto del arribo de Michelle Bachelet a Venezuela. (Foto: EFE)

«Te golpean, te golpean muchísimo la boca, los ojos, la cara, las orejas, la cabeza. Después que estás herido y todo roto, obligan a la persona a hacerse (a defecar) y agarran el excremento, te lo untan en la cara, en las orejas, por todos lados y te ponen una máscara de cuero y te cuelgan de esa máscara hasta que te desmayas. Cuando te despiertan, te lo vuelven a hacer una y otra vez…».

Es el relato de Ana María, hermana de Vasco Da Costa. Vasco, que ha sido preso del chavismo en 2004, 2014 (liberado en 2017) y encarcelado nuevamente en 2018. En este momento, padece una grave afección en el ojo, producto de esta tortura. Empezó como una infección, un enrojecimiento del ojo. No fue atendido a pesar de su malestar, que incluía dolor en la zona. Así, fueron pasando los días, semanas y meses. Hoy, Vasco tiene un tumor en el globo ocular que le impedirá la correcta visión de por vida y, de no ser atendido, podría concluir en peores consecuencias.

«La peor tortura es la denegación de la atención médica, usualmente aplicada en Venezuela. Se niega la atención o se retrasa. En mi caso, había sufrido de cáncer de piel y estando preso noté una afección que podía ser una recurrencia y el médico del penal lo confirmó y recomendó que fuese evaluado por un especialista. Retrasaron el envío de ese informe al tribunal. Un día llega un fiscal de derechos fundamentales y cuando me preguntó sobre mi estado, le denuncié la situación. Al día siguiente fue con un forense de la fiscalía y ratificaron que mi lesión debía ser evaluada por un especialista. Allí si llegó el informe al tribunal, que igual se tardó en dar la orden para llevarme al médico. Mil y una excusas. Me llevaron al médico cuando inicié una huelga de hambre».

Esto lo cuenta Marcelo Crovato, que fue encarcelado cuando asistía a un preso político al cual representaba como abogado. Es decir, su delito fue ser abogado de un preso político. Crovato pudo recibir un beneficio procesal de casa por cárcel y gracias a eso pudo escapar del país y refugiarse en Argentina, reclamando su nacionalidad por ser el país de origen de sus padres. Su visión de abogado no lo abandona nunca al hablar del tema.

«Retrasarte el procedimiento es otra forma de maltrato. Restringir las visitas es tortura psicológica. Me permitían una llamada telefónica 5 minutos por semana, tiempo que tenía que distribuir para hablar con mi esposa, mis hijos, mis abogados. La incomunicación es otra forma de tortura».

El helicóptero que hiere sin volar

Es una tortura hecha para mujeres. Básicamente, para cualquier persona que tenga el cabello largo, que normalmente es el caso de las mujeres.

Araminta González, actualmente exiliada en España, lo describe: en pocas palabras «te toman del cabello, te hacen girar y te lanzan contra las paredes». Eso es «el helicóptero».

Normalmente, esa acción venía después de otras que mantenían a la persona aturdida o desorientada. Asfixia con bolsas plásticas a las que se les rocía insecticida previamente, golpes. Muchos golpes, siempre.

Para Araminta, aparte del castigo físico, tiene mucha importancia el castigo psicológico, sobre todo una especie de «castigo ideológico»: música cantada por Chávez, el himno nacional en versión Chávez, el himno «Patria» cantado por Chávez. Obligar al preso a cantar las canciones y a gritar vivas a Chávez, so pena de ser castigado al negarse. El castigo podía ser obligar al torturado a humillarse haciendo «el paso del pollo» que no es otra cosa que caminar de cuclillas con las manos en los tobillos por largos espacios y por el tiempo que al torturador se le ocurra.

La tortura ideológica parece de película satírica: «la mayoría de los libros en la cárcel del INOF son del marxismo, las funcionarias usan gorras y franelas con la estrella roja castrista. Presos sin comida, sin agua y sin atención médica, el servicio penitenciario da asco. Y el judicial es de grima, pasando por expedientes falsos, audiencias imposibles, defensa impensable…».

Un militar expreso político, cuya identidad debemos reservar para protegerlo a él, a su familia y compañeros aún presos, da cuenta de detalles que coinciden con otros entrevistados, civiles y militares.

«Viví la etapa de tortura físicas y psicológicas que se les aplica a todos y cada unos de los presuntos detenidos. En la DGCIM la primera tortura es el aislamiento que te lleva a la depresión. En ese estado, viene la etapa de la entrevista, según quien seas. Según el rango, te toca la sesión de preguntas y eso me lo hicieron amarrado, vendado los ojos y simultáneamente golpeado por todo el que me quiso pegar (…) de las descargas eléctricas fuimos víctimas casi todos los de mi causa y con eso me dislocaron el dedo meñique de la mano derecha con el alicate de presión».

En los relatos de los presos militares, debe señalarse cómo la casi totalidad de los entrevistados, siempre es más lo que ocultan que lo que dicen. Podría verse como normal, parte del hermetismo militar. Pero es que hay una razón que puede tenerse como adicional en el asunto: son víctimas de sus propios compañeros de armas. Esto puede cohibir al torturador, a veces y en casos puntuales. En previsión de lo que esto pueda causar, la DGCIM posee personal civil, con rango de Agentes, especialmente dispuestos para la tortura. Pero igualmente, los uniformados pueden ser torturados por alguien que porta el mismo uniforme, que tiene los mismos estandartes, que estuvo en la misma escuela de formación. Se evita, por las mismas previsiones, que un miembro de la misma promoción esté en contacto con un compañero. Ese detalle, importante, es escabroso, pues un solo preso puede causarle daño a toda su promoción, pues al caer en las garras de los esbirros, pone bajo sospecha a todos sus compañeros, vinculados o no a alguna actividad tildada de irregular por los verdugos.

Los vejámenes son, así, aún más humillantes, más íntimos. Un alto porcentaje de vejámenes sexuales poco expuestos por razones obvias por quienes los han padecido. Casos de crueles abusos físicos, incluso a efectivos militares ya heridos o convalecientes al regresar del hospital al que fueron enviados precisamente por las fuertes torturas.

De eso, solo se sabe en los penales militares. En muchos casos, ni siquiera se ventila en las audiencias o se le cuenta a los abogados. Mucho menos, a los familiares.

“Preso no es gente”

Ese parece ser el lema, y varios presos liberados lo confirman. Araminta González indica que en efecto es una frase utilizada con los presos cuando se quejan. «Preso no es gente y su apellido es sin beneficio».

Vasco Da Costa, en entrevista realizada al ser liberado de su segundo carcelazo en 2017, relataba como en la cárcel común donde se encontraba habían dos mazos: uno decía «Atamel» y otro «derechos humanos». Cuando un preso decía que estaba enfermo y que quería un médico, lo golpeaban hasta el cansancio con el palo «Atamel». Cuando se quejaba del maltrato, lo golpeaban a su vez con el mazo «derechos humanos».

«Para los funcionarios penitenciarios, las personas dejan de ser humanas desde que entran al recinto» puntualiza Araminta. «Solo eres un número, te llaman ‘privado’ o por el delito que te encasquetan al llegar. El mío era terrorista».

Al igual que el caso particular de los militares, que ya comentamos, hay una particularidad macabra en el caso de las mujeres presas políticas. Casos de madres solteras separadas de sus hijos. El ensañamiento en las torturas, solo por ser mujeres. Los vejámenes sexuales, a la orden del día.

«No son solo violaciones. Es estar desnudos a la intemperie… Sin contar con las requisas corporales en masa, frente a funcionarias de dudosa sexualidad, que poco parecen mujeres, para revisar cada agujero de tu cuerpo. Si esto no es una violación masiva, se parece bastante. Todos los días a todas horas, con cada salida a los tribunales. O que te pasaran las manos entre los senos, alrededor de la cintura y por entre los muslos».

Todas las víctimas de estos vejámenes, sin excepción, padecen las mismas secuelas psicológicas, personales, íntimas. Desde no poderse ver al espejo, pasando por el extrañamiento de su propio cuerpo, de su sexualidad, de su vida en pareja. Los trastornos psicológicos no cesan en la mayoría de los caos, con la excarcelación, pues a muchos de los liberados se les olvida al salir de la cárcel, cuando salen. Les toca seguir caminando solos, con sus secuelas y la mayor de las veces sin mayor asistencia que la de sus familiares, amigos y abogados.

Guía turística del horror, por las víctimas

Michele Bachelet, Alta Comisionada de la ONU para los derechos humanos se encuentra ya en Venezuela. Poco esperan de esa visita los consultados para este reportaje.

Ana María Da Costa, sin embargo, tiene esperanzas de al menos gritar lo que le han hecho a su hermano, pues le corresponde estar en una reunión con la expresidenta chilena, acompañando a los abogados del Foro Penal. Allí, junto a otros familiares de presos políticos, seguro estará con lo que nunca les abandona: las fotos de sus familiares, la fecha desde que están presos, el resumen de su caso.

“Yo siempre hablo por mi hermano y por todos. A la doctora Bachelet le pienso decir que solo pido un informe médico que hable por sí solo. Que no se ponga a favor ni en contra, solo que se reúna con nosotros que vea la realidad y a la Venezuela torturada que lucha por su libertad. Si los informes que hagan sobre el tema de los derechos humanos no incluye el relato de los familiares de presos políticos, es un informe trunco».

Los expresos políticos, liberados y en el exilio, coinciden en lo mismo: no esperan nada de la visita. Todos coinciden en la razón de su desconfianza, palabras más palabras menos: Bachelet es una connotada dirigente de esa izquierda latinoamericana que ve en el chavismo un movimiento reivindicativo con el que no temen coincidir, en distintos momentos de la historia, o en sus referentes fundamentales, sea Fidel, sea Allende.

Pero sí hay ideas importantes sobre los sitios donde debe ir la Alta Comisionada.

«En la DGCIM hay un campamento de tortura. Queda a las afueras de Caracas y es donde hacen el trabajo de las torturas físicas a los detenidos de mayor rango. Eso queda en el sector Las Mayas, muy cerca del embalse La Mariposa. Allí se aplican métodos como la bolsa en la cara y las descargas eléctricas. De eso fuimos víctimas casi todos los de mi causa. Eso está a cargo de un oficial con el rango de capitán de apellido Becerra y al que apodan ‘Piraña'».

Lujo de detalles, no faltan en las recomendaciones de los sobrevivientes del horror, que saben incluso de casos ajenos al sitio donde estaban recluidos, por las historias de otros presos y sus familiares.

«Debe ir a La Pica (Monagas), al Dorado (Bolívar), al Fénix (Lara) no a las cárceles de Caracas que esas las pintan y perfuman. Pero las del interior del país ni pintándolas así le quitan la peste. Si va al INOF que se de un paseo por la cocina, para que sienta el olor a sangre coagulada y descomposición, a ratas y chiripas a eso de las 6 de la tarde. Así es la condición para cocinar allí» relata Araminta González.

Crovato piensa que las cárceles de mayor importancia son las que poseen mayor cantidad de prisioneros por razones políticas, pero hace énfasis en La Tumba.

«Las condiciones de La Tumba bastan y sobran para que esta mujer se horrorice. Son mazmorras medievales. Igual que los calabozos del BAE en San Agustín del Sur, mazmorras sin ventilación, sin acceso a la luz solar».

Y sobre todo, más que solo ir al sitio, hablar con los propios presos.

«Debería sentarse a hablar con los que estan allí, a solas. Que le pregunte a Vasco Da Costa o al Capitán Caguaripano, a José Luis Santamaría, que no agarre a los políticos presos. Que vea el trato que le han dado a Caguaripano, a Vasco. Que hable con el General Vivas, que esta libre y puede hablar del trato que le dieron y del deterioro a su salud», dice el abogado, desde Argentina.

El oficial militar consultado coincide y da más o menos las mismas recomendaciones: «que vaya a Boleita donde queda la DGCIM, a Ramo Verde que son los principales centros de reclusión de los presos políticos. Que haga las preguntas básicas ‘¿a usted le respetaron los derechos humanos’? ¿Le respetaron el debido proceso? ¿En qué estado de salud se encuentra? ¿Quiénes los torturaron y bajo qué argumentos?».

De igual manera, una recomendación que no debe pasarse por alto es entrevistar también a los funcionarios. Por ejemplo, al señalado de ser el verdugo mayor del DGCIM presuntamente al mando de Diosdado Cabello, Jhonatan José Pérez Noguera, alias «JJ». Al «Piraña». Y a otros muchos a los cuales una simple pregunta sobre su ocupación, o quizás un careo con los denunciantes, pueda dar luces del tamaño real de la desgracia que se vive en Venezuela.

La luchadora izquierdista contra los desmanes del dictador Pinochet tiene la oportunidad de constatar que la izquierda, cuando tortura, también mata. Puede darse cuenta de que los verdugos cuando usan electricidad, cuando violan o cuando golpean a un detenido amarrado, son iguales, sea cual sea la ideología que profesan.

Y las víctimas, siempre son iguales. Siempre están indefensas. Y siempre, cuando están en manos de sus verdugos, piensan que quizás sería mejor morirse de una vez.

¿Estará dispuesta Michele Bachelet a ser una de tantas funcionarias que ve pasar a los violadores de derechos humanos frente a sí, sin inmutarse? ¿Irá primero la humanidad o la ideología?

Está por verse.

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