La independencia fue y será con guerra

Quien escribe la historia seguramente lo hace desde su visión del mundo, desde su ideología y quizás también desde sus complejos y sesgos

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Manifestantes en el puente Santander el pasado 23 de febrero. (Foto: Flickr)

La historia no le sirve a los políticos. Por eso, la reinterpretan en función de sus necesidades coyunturales. El que es comunista plantea que Cristo fue comunista, que Colón un enemigo de la clase obrera y que Bolívar fue el primer soviet de la historia. El socialdemócrata pone a Cristo como sindicalista, a Colón como reformista y a Bolívar como conciliador de clases. Los liberales dirán que Cristo es libertario, Colón un minarquista y Bolívar un Hayek con sable.

Quien escribe la historia seguramente lo hace desde su visión del mundo, desde su ideología y quizás también desde sus complejos y sesgos.

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Pero cuando un político intenta reescribir la historia, busca justificar sus acciones o su inacción. Y cuando se intenta desde el poder reinterpretar la historia, estamos una cota más arriba, pues la reinterpretación de la historia desde el poder no es otra cosa que la imposición de una verdad, de un dogma. Y eso normalmente es señal inequívoca de la construcción de un sistema político hegemónico. Sea para imponer la historia del origen racial, del origen nacional o del destino político de una Nación, la imposición de dogmas históricos desde el poder es una práctica repetida en los regímenes dictatoriales, totalitarios y populistas: desde Hitler y la raza hasta Pérez Jiménez y su nacionalismo estatista, pasando por Chávez y su bolivarianismo, los adecos con su «revolución del 45», los comunistas con su «insurgencia popular», etcétera.

De la interpretación de nuestra historia, asunto pendiente en estas fechas de celebración o conmemoración nacional, se escapa un detalle importante a estas alturas: se celebra la Independencia por la firma de un acta o por una «declaración». Y la independencia se logró por una guerra, no por una firma ni por un grito. Empecemos por allí.

Con una guerra nació la República

Es imposible dar por nacida a una persona solo por el acta de nacimiento. Primero tiene que nacer, después se registra su nacimiento. Eso es lo normal en los ciudadanos. Y en realidad, así también lo es en el nacimiento de los países y sobre todo cuando de las repúblicas independientes latinoamericanas se trata. Aunque por mera pose se hagan «declaraciones» o se «firmen actas», no pasan estos de ser eventos simbólicos que ocultan lo evidente: las repúblicas nacieron a la independencia en un parto con dolor. En el caso de Venezuela, en una sangrienta guerra de cuyos ribetes violentos se ha escrito mucho, quizás no lo suficiente. Pero cuando John Lynch habla de «la guerra violenta» o cuando otros historiadores hablan de «guerra civil» (Vallenilla Lanz) o de guerra racial, de colores y demás, se deja claro que fue la guerra quien dio origen a una situación de facto: el nacimiento de Venezuela como república independiente de España.

Una guerra espantosa. De ribetes tan violentos, que la mayoría de los historiadores, para proteger el mito de los próceres, prefieren ocultar. Para no manchar el bello rostro de mártir de Antonio José de Sucre, se oculta su rol en el horror de la incursión en Pasto (Colombia, 1823) conocida como la «Navidad negra», con la matanza de al menos ochocientas personas, ejecución de rendidos, violación de mujeres y asesinato de ancianos dentro de iglesias. Para no manchar a Bolívar y su mito, se obvia su orden de ejecutar a los heridos realistas en La Guaira, en medio de su «Guerra a muerte». Se idealiza al Páez que se adecentó con el paso de los años sin reparar en el hombre que se fue a asesinar a quien se le atravesara, atravesándolo a su vez con una lanza.

«Guerra civil» decía Vallenilla Lanz al tener conciencia de los números que el historiador Alfaro Pareja indica sobre la guerra: más del 50 % de los soldados del bando «realista» en más de una batalla, eran venezolanos, no españoles. Venezolanos blancos, pardos, negros, matándose con venezolanos blancos, pardos y negros del bando contrario, los «patriotas».

«Guerra violenta» dice Lynch al revisar el número de combates, de soldados utilizados, de bajas registradas y de consecuencias a lo largo de los años.

Consecuencias que, como parte de la imposición de dogmas históricos para «crear nación», se matizan cambiándoles el nombre. Revoluciones, revueltas, «guerra federal» y demás. Todo eso, junto, podría mostrarse en algún momento como parte de un solo conflicto. En algún momento, se historiará Venezuela diciendo que la guerra arrancó en algún momento del siglo XIX y que nunca paró. Que se detuvo de vez en cuando en treguas, grandes o pequeñas, a los cuales los hegemones políticos llamaron «paz» para cubrirse de gloria. Porque pacificador se llamó a Pablo Morillo, pero también a Guzmán, a Gómez y hasta a Caldera. Caldera quizás es el pacificador reincidente: indulta dos veces y las dos veces fracasa, junto al país empeñado en disfrazar la impunidad pactada en perdón de los pecados.

Se disfraza esa guerra. La guerra que nunca se ha detenido. Y por eso, hoy, la clase política usa toda clase de eufemismos en público y en privado para evadir la palabra guerra. Intervención militar, coalición internacional, intervención humanitaria, «responsabilidad de proteger», «cooperación internacional», etcétera.

Se afanan en evitar los caminos necesarios advirtiendo que hacer esto o lo otro «podría causar una guerra civil». Parten así, de una premisa falsa: no es que va a haber una guerra civil, es que ya la hay. Siendo de esta manera las cosas, de lo que hablamos es de detener la guerra, no de iniciarla.

Y las lecciones están en la historia. No hay más que revisarla.

Pelear la guerra para poderla detener

¿De qué hablamos entonces? Hablamos de que la guerra desatada contra los venezolanos, contra la ciudadanía, debe ser detenida. Unos asaltantes del poder han decidido mantener a la nación como prenda, como rehén. La guerra es entonces del Estado conquistado, convertido en Estado Chavista, contra la ciudadanía. Sometidos al asedio permanente con la comida, el gas, el agua, la electricidad, las medicinas. Quien protesta, plomo. Quien no protesta, puede ir preso igual en cualquiera de los montajes del régimen. Quien se queda, padece. Quien se va, padece para irse y para ayudar a los que deja. Si eso no es una guerra ¿qué lo es?.

¿Qué hacer ante eso? Pues necesitamos un Ejército Libertador que se encargue de defender la República caída, de reinstaurarla, derribar el Estado chavista y liberar a la nación de su secuestro. Hay que quitarle el poder al chavismo a como de lugar y eso no se logrará, ahora, desde adentro.

Por eso fracasan los llamados a los militares que están dentro de Venezuela. Porque le están pidiendo a un cuerpo consumido por el cáncer que detenga la metástasis sin tratamiento. Le están pidiendo a células sanas, que se activen a derrotar las células enfermas que son más y están por la libre. No es posible y se ha demostrado ya: a cada llamado respondido, solo se suceden fracasos por la infiltración casi completa de todos los movimientos. Presos, torturados, muertos. No hay manera de seguir intentando lo mismo sin obtener igual resultado.

Si revisamos la historia ¿qué encontramos? Pues que sí, si hubo colaboración internacional para realizar incursiones a Venezuela, desde afuera, en distintos momentos. Lo hizo Francisco de Miranda, quien pidió apoyo internacional para armar un ejército él, no para que le pusieran a él un Ejército a disposición. Lo hizo Bolívar, quien en más de una ocasión salió de Venezuela a recabar apoyos no para que pelearan esa guerra por él, sino para que le ayudaran, con préstamos o a cambio de paga establecida a cada soldado, a librar la guerra en Venezuela. Por eso hubo un O’Leary, un Brión, una Legión Británica: porque un hombre armó un Ejército y pidió apoyo para ese Ejército.

Desde fuera de Venezuela lo intentaron los guzmancistas y anti guzmancistas. Desde Colombia entraron Castro y Gómez en 1899, con ejército de 60 personas a tomar el poder. Desde fuera lo intentaron anticastristas y anti gomecistas. En el «Falke» no venían marines, sino venezolanos. Los ejércitos grandes o pequeños armados para tomar el poder en Venezuela, se han entrenado, dirigido y financiados desde el extranjero. No hay nada nuevo inventándose entonces.

¿Cómo hacerlo? ¿Con quién hacerlo? ¿Dónde hacerlo? Esas respuestas pueden darse, sin duda. Pero lo que debe indicarse aquí, en este momento, es que no hay manera alguna de salir de esta pesadilla sin que se entienda que no se trata de intervención ni de cooperación ni de invasión. Se trata de una guerra larguísima que hay que detener, antes que disuelva lo que queda de país. Antes que convierta a Venezuela en recuerdos y en pasto de horrores vistos y vividos ya en sitios tan disímiles como Somalia, Sierra Leona o Etiopía, con miles de personas al año escapando silenciosamente, ante el silencio del mundo y de los organismos humanitarios, acostumbrados ya a las «declaraciones» y llamados de atención.

Eso deben entenderlo muchos en la política venezolana. Guaidó no lo entendió y creo que su tiempo se le acabó. Pero es que todo esto puede ser mucho peor si no se reacciona a tiempo. Si no se entiende que una clase política genuinamente opositora debe ponerse a la cabeza de la liberación de Venezuela por la vía armada, esa vía armada tomara cuerpo al garete, sin dirección política.

Y así, como tantas veces en nuestra historia, el fusil gobernará a la política, se hará la guerra por negocio, se aprovecharán las mafias de las armas, de la droga, del oro, del diamante, del petróleo y de los bonos, que disfrutan de las guerras desordenadas porque en el caos los negocios se hacen más oscuros y con menos normas y más ganancias.

Eso puede ocurrir sin una clase política comprometida. Y los llamados inocuos a la aplicación del TIAR o del artículo 187, numeral 11 son tan inútiles como las excusas de participar en elecciones para «no abandonar los espacios».

De lo que se trata, es de detener la guerra y eso debemos hacerlo los venezolanos.

Con conciencia histórica, no con consignas. Eso, si se entiende que el coraje que se necesita no es el del mundo, sino el de los venezolanos. Y después, solo después de eso, es que se podrá pedir apoyo. Solo después de tener ese Ejército Libertador, es que se requerirán los apoyos internacionales que serán, además, discretos y probablemente nunca se mostrarán abiertamente. Pero sin el primer paso, que es la conformación de ese Ejército, todo será imposible.

Porque cuando Venezuela se termine de descomponer y siga lanzando desplazados e irradiando el mal a sus vecinos, quizás alguna acción multinacional buscará contener el problema. Para solucionar el daño que le causa a los demás.

Pero para solucionar el problema venezolano, solo los venezolanos tenemos la solución.

Y la solución empieza por entender que la Independencia no se logró con un TIAR ni con un artículo de la Constitución, sino con una guerra.

Es una buena forma de aprender de nuestra historia, en tiempos de conmemoraciones independentistas.

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