La historia según Miguel Rodríguez

No es que se me cayó el héroe. No. Pero no es lo mismo ahora. Porque pasé veintiún años en paz espiritual por haber depositado mi confianza en él al momento de votar cuando el resto del país decidió convertir a Chávez en presidente

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Exministro venezolano, Miguel Rodríguez. (CAP 2 intentos)

Hay un universo paralelo venezolano que tiene como límites fronterizos Whatsapp, las redes sociales y los canales de YouTube. No tiene a Castilletes por el noroeste y al Río Esequibo por el oriente, pero contiene a todos los venezolanos ubicados en cualquier país del mundo, que tengan un smartphone, una computadora y una tía con Whatsapp.

En ese universo paralelo, virtual y a veces más amplio que el mundo terrenal, tenemos a un Miguel Rodríguez como combatiente furtivo, que lanza unas incursiones en medio de cualquier diatriba política, con palabras descarnadas y verbo hiriente, en tiempo presente con evocaciones pretéritas y juicios pluscuamperfectos, donde siempre se establecen dos verdades que, sinceramente, son innegables:

1. Venezuela perdió la gran oportunidad de modernizar su economía con las reformas planteadas en el segundo gobierno de Carlos Andrés Perez (CAP) por el equipo encabezado por Miguel Rodríguez.

2. La clase política venezolana paró esas reformas y conspiró hasta derribar al gobierno que las adelantaba.

Esas dos verdades, luego de haberse entendidas, llevan a cualquiera más o menos avezado en el asunto este de pensar el país a sentenciar como lo haría cualquier abuelo acostumbrado a leer el periódico: «De esos polvos, vienen estos lodos».

Las incursiones del guerrero virtual asimétrico en que se ha convertido Miguel Rodríguez llegan vía audio de Whatsapp. En mi caso particular, debo decir que compiten en el rating de mis reenviadores de información, con los audios de un lusinchista conocido como «el Gocho del Whatsapp», con mayor frecuencia en sus emisiones que el exministro de CAP. Debo decir además que siempre me conmuevo con su crudeza, poco conocida por las nuevas generaciones que no vieron a Rodríguez, como yo, a sus treinta y tantos años como ministro en un país acostumbrado a apagar el televisor cuando alguno de los apolillados ministros de otrora se disponía a hablar en alguna intervención. Con Miguel Rodríguez y quienes le acompañaron, el asunto era distinto. Era una generación emergente, preparada y con ánimo de rectificación generacional.

Tan distintos eran que hubo gente excéntrica y descontextualizada en Venezuela que fue capaz, como yo, de votar por él en 1998 cuando se presentó como candidato presidencial. Eran tiempos en que uno, votante por primera vez, creía de verdad que el voto servía para algo cuando se estaba al borde del precipicio.

Fui uno más entre diecisiete mil y pico de venezolanos. No me arrepiento.

Pero en el último audio que recibí de nuestro ídolo de las voicenotes de combate, me sorprende con su acción armada verbal combinada por aire, tierra y mar para desconocer a Rómulo como «padre de la democracia», defender a Medina Angarita y llamarlo «demócrata», asumir que Uslar Pietri sería presidente y, oh, sorpresa de superlativo interés, reivindicar a Jóvito Villaba como merecedor de mayores lauros que Rómulo.

Ante esto, me siento como quien viene de leerse la épica de Bolívar en la Campaña Admirable y de repente se encuentra con su orden de ejecutar a los heridos en el hospital de La Guaira como parte del decreto de guerra a muerte. O como quien llora la emboscada en la que cae víctima Antonio José de Sucre, pero después se entera de su jefatura en la ejecución de la criminal «Navidad Negra de Pasto».

No es que se me cayó el héroe. No he dejado de creer en Eneas después de Troya, camino a Lacio. No. Pero no es lo mismo ahora. Porque pasé veintiún años en paz espiritual por haber depositado mi confianza en él al momento de votar en las mismas elecciones donde el resto del país decidió convertir a Chávez en presidente. Entonces me encuentro con nuestro Eneas defendiendo a Medina Angarita. En 1998 también lo defendía Chávez, solo para complacer al medinista Miquilena y denostar de Betancourt. Entonces uno llega al momento de la obra en la que no sabes si dejar de cuestionar al héroe o pedir que te devuelvan la entrada.

En todo caso, creo que es mejor ir a las precisiones históricas. Porque siempre será mejor ser revisor de la historia que revisionista. Digo yo aquí, desde esta ciudad en la que fue derrotado Bonaparte por última vez, antes de ser enviado a la isla de Elba a morir de viejo, como debimos hace tiempo hacer con Ramos Allup, Timoteo, Claudio Fermín y El Tigre. Pero eso es otra cosa.

(Archivo)

A Jóvito, con amor

— Jóvito es familia mía, los Villalba son familia mía muy querida.

— ¿Fue su padre?

— No, no, mis padres fueron otros.

— ¿Su padre no era Jóvito?

— Mi padre no era Jóvito, los Villaba son como hermanos mios, Julián y todos ellos.

— Mucha gente dice que usted es hijo de Jóvito

— Todo el mundo dice que ninguno de los hijos se parece tanto a Jóvito como yo. Jóvito fue como mi padre, así como a Ismenia la quiero yo como una madre y los Villalba son mis hermanos. Pero mi padre es el señor Nicanor Rodríguez y mi mamá Arcelia Rodríguez.

(…)

— ¿En qué le gustaría parecerse a Jóvito?

— Jóvito fue un tipo extraordinario, fue una de las figuras más importantes de la democracia venezolana, un hombre de una gran cultura, de una formación excelente, uno de los abogados constitucionalistas más sólidos que tuvo Venezuela. Y creo que fue un tipo visionario, adelantado a sus tiempos, que tenía inteligencia muy clara de cómo debía desarrollarse el sistema democrático y las instituciones venezolanas. No llegó a la presidencia de la República, pero creo que fue una de las grandes figuras de este siglo, ojalá pudiera seguirle los pasos.

[Blanco, C. (1998, Agosto 11) Soy el mejor [Entrevista a Miguel Rodríguez]. Primicia, 40, 10-17]

He incluido una académica cita textual con el debido respeto metodológico por varias razones de interés a estas alturas. En primer lugar, se trata de una entrevista hecha en la revista Primicia, perteneciente al grupo El Nacional, y que dejó interesantes trabajos para entender los últimos años de Caldera y los primeros de Chávez. En segundo lugar, es una esclarecedora entrevista de principio a fin. Y en tercer lugar, el entrevistador es Carlos Blanco, otro de los integrantes de ese gobierno de CAP en el que se intentó la modernización de la economía venezolana.

Es decir: lo entrevistó un amigo que fue capaz de preguntarle sobre la leyenda urbana que lo coloca como hijo ilegítimo de Jóvito Villalba. La respuesta está allí para quien quiera leerla y desmiente el supuesto que nos llevaría a pensar que la defensa que nuestro Eneas hace del tribuno de la generación del 28 es por obligación paterno filial.

¿Por qué sacar esto ahora? Pues porque dentro de los laboratorios que Henry Ramos Allup maneja, cada vez que se conoce un audio de Miguel Rodríguez donde expone las trapisondas y triquiñuelas del «zorro viejo», se descalifica al emisor del mensaje con el cuento de su supuesta ilegitimidad de origen natal. Esto es una cosa que Ramos Allup no debería ventilar, tomando en cuenta que es hijo de alguien que se cambió los apellidos con procedimientos pseudolegales y que borró su pasado remoto por razones desconocidas pero de amplia discusión en la aún goda Valencia. Pero todos sabemos cuál es la técnica del personaje.

Sin embargo, el cariño especial que siente Rodríguez por Jóvito queda manifiestamente demostrado en esa entrevista, donde además cuenta cómo Luis Alberto Machado le dijo que debía escuchar los discursos de Jóvito y que lo imitara, porque hablaban igual y eso le haría bien políticamente. Creo que no hizo caso sobre eso, pero lo que si está claro es que se alinea dentro de los que defenderá hasta el final a Jóvito, a pesar de las obvias falencias del dirigente.

De Jóvito, debe decirse que fue un venezolano de su tiempo. De su biografía debe rescatarse un hecho particular que nunca debería dejarse de lado a la hora de evaluarlo: desde que se puso a la cabeza del movimiento estudiantil de 1928 con el famoso discurso en el Panteón Nacional, fue hecho prisionero por el régimen de Gómez y no fue liberado sino hasta la muerte del dictador prácticamente. Eso, los «joviteros» nunca lo sacan a cuento, siendo lo más importante de la biografía inicial del líder que defienden a rabiar: el joven dirigente pagó con cárcel su atrevimiento contra la dictadura de Gómez y pasó siete años preso con un grillete en el tobillo. Enfermó de tuberculosis y los ruegos de su padre al dictador para que se le liberara por su condición médica fueron desoídos.

Y a pesar de eso, salió de la cárcel a seguir haciendo política. Sin venderse, sin entregarse y sin comercializarse en su acción.

Solo por eso, Jóvito merece ser reconocido como un hombre de gran valor ético dentro de una sociedad descompuesta. Solo por eso, merece un lugar en la historia. Pero el que le pertenece en verdad, no el que en labor ucrónica quiera endilgársele. Para reconocer el valor de Jóvito no es necesario descalificar a Rómulo Betancourt.

Y si bien el título de «padre de la democracia» es completa y absolutamente subjetivo y discutible (ayer y hoy), nada tiene que ver eso con el valor de Villalba.

Pero después de sus afirmaciones sobre Jóvito, que asumo como producto de su afecto al personaje, Miguel Rodríguez se lanza a hacer unas aseveraciones sobre la historia que no vivió y obviamente la conoció de boca de los damnificados del 1945, que hasta el dia de hoy siguen sin entender por qué cayeron y por qué no volvieron al poder nunca más.

Medina Angarita y sus viudas

La posición oficial de los antiadecos de ayer y hoy es que Rómulo era un criminal capaz de derribar a Medina Angarita, quien es dibujado además como demócrata. En esa evaluación, siempre se ocultan dos hechos de sumo interés para llegar a conclusiones: no fue Betancourt quien buscó a los militares, fueron los militares quienes buscaron a AD para que fuese el respaldo político para la acción militar que tenían planeada. Ni los perejimenistas ni los adecos se atreven a aceptar lo obvio: la generación militar de Pérez Jiménez y la generación política de Betancourt estaban unidos por una idea: el nacionalismo. Y ese nacionalismo se expresaba fundamentalmente en la preocupación de esa juventud política y militar por el destino de la explotación petrolera, a la que acusaban de ser desventajosa para el país y provechosa en exceso para las trasnacionales, a causa de una política entreguista del régimen gomecista y postgomecista.

Eso, casualmente, no lo mencionan ni los adecos, ni los antiadecos ni los izquierdistas ni los neo perejimenistas.

El gobierno de Medina Angarita no era una democracia. Lo que vino después probablemente tampoco, pero se le parecía más o se le acercaba más a la construcción de una democracia que eso que llama Miguel Rodríguez «una democracia cabal». No necesito ser yo quien defienda a Betancourt de los errores garrafales del trienio adeco, pues ya él hizo su propia defensa en Venezuela, Política y Petróleo. Su sentencia «fuimos jacobinos políticos» lo dice todo. ¿Ha leído alguien un mea culpa de Medina, de Uslar Pietri o de Pérez Jiménez sobre sus actuaciones? No.

Nuestro Eneas fue pillado en un error de juicio y de datos históricos cuando habla de que después de Diógenes Escalante vendría una elección que ganaría Uslar Pietri y que Rómulo quedaría lejos, muy lejos de Jóvito que también perdería frente a Uslar. Es sumamente extraña esa aseveración. Quisiera pensar que fue una broma o algo así, pues se pasan por alto las características de la diatriba política de la época:

1. Había una condición para la selección de un candidato «aceptable» para todas las partes, para permitir por última vez la aplicación de la elección en segundo grado después de la cual sí se permitirían las elecciones directas. Esa condición, por ridícula que parezca hoy, es muestra de la característica de eso que Rodríguez llama «democracia cabal»: el seleccionado debía ser andino. Porque esa «democracia cabal» era una dictadura militar de signo regional, una hegemonía andina. Por eso, cuando Diógenes Escalante enloquece y queda inhabilitado para ser candidato, el partido de gobierno no designa como candidato al maracayero Ministro del Interior, Uslar Pietri (que no figuraba en ninguna quiniela, y quien conoce el período lo sabe), sino al anodino Ministro de Agricultura, Angel Biaggini. Y no debe pasarse por alto que el otro personaje que hacía todo tipo de maromas para volver al poder era el otro andino López Contreras, de quien se pensaba que era el golpe del 18 de octubre hasta que lo vieron entrar, detenido por los golpistas, a Miraflores. Porque los golpistas de 1945 tuvieron la suerte de tomar el control, desde la primera hora, del Palacio de Miraflores y hacer presa a toda la clase política que hasta allá fue a brindarle apoyo a Medina. Fue una jugada magistral de esos militares alzados, sin duda alguna.

2.  Las elecciones que haría esa «democracia plena y genuina» que Miguel Rodríguez defiende, no contarían con el voto de mujeres ni de ciudadanos menores de 21 años, ni de ciudadanos mayores de 21 años que no supieran leer y escribir. Es decir, el 90 % de la población no votaría. Además, de los votos obtenidos se elegirían las cámaras del Congreso y serían estas a su vez las que elegirían al presidente. No se si eso lo sabe Miguel Rodríguez cuando asevera que en unas elecciones, arrasaría Uslar y quedaría de segundo Jóvito y Rómulo no figuraría. O quizás si lo sabe y por eso lo asevera.

3. Si Jóvito tenía tal liderazgo y control popular, ¿por qué no fue abordado por los militares que iban por el poder? ¿Por qué no fue electo a la Constituyente de 1946? Porque para quien no lo sabe, la gran derrota política, histórica de Jóvito fue que en la constituyente de 1946 no estuvo, pues no ganó. Ese prohombre inscrito en el fervor popular, no le ganó nunca a los oprobiosos adecos. ¿Por qué será?

Queda claro entonces que lo dicho por Miguel Rodríguez respecto a Medina no es más que la repetición de los argumentos de los derrocados. Es extraño que sea precisamente él, ministro favorito de CAP, quien asuma esos argumentos. Quizás lo hace porque ya no está CAP en vida y no puede darle argumentos de quien vivió el asunto y protagonizó, de principio a fin, la aventura fundamental de la historia venezolana desde el fin de la Independencia.

Un fake llamado Uslar Pietri

La mentira más grande del siglo XX venezolano es Uslar Pietri. Su planteamiento de «sembrar el petróleo» no es progreso ni avance, sino base conceptual del rentismo petrolero. Su talento literario se cacarea cuando no se ha intentado leer ese maldito bodrio que es Las lanzas coloradas. Mi profesora de castellano y literatura de octavo grado, la ilustre docente varguense Francys Flames, me amenazaba cuando hablaba mucho con mandarme a leer ese libro. Eso no es una novela: es un castigo escrito. Aún tengo pesadillas con las estupideces de Fernando Fonta y sus cuitas. Aún celebro su muerte. Porque para prevenir a quien tenga la intención de ir a leer la supuesta obra magna de Uslar, se lo digo de una vez: Fonta muere en batalla peleando contra Presentación. Así que no pierdan su tiempo.

Como político, Uslar fue tan ineficaz como lo fue de narrador. Lo siento, pero los resultados están a la vista: fue parte de un gobierno derrocado, como candidato presidencial sus resultados fueron discretos y la fracción parlamentaria que logró no le sirvió para influir en el gobierno, sino para ser «partido bisagra» que garantizaba la estabilidad del gobierno de Leoni. El partido desapareció, según él mismo explicó, porque no quiso entrar en los mecanismos de la corrupción que permitía su supervivencia. Se le agradece la honestidad y la bondad: nada nos garantiza que si gobernaba como escribía, nuestro destino hubiese sido mejor.

Pero todo eso es obviado por Miguel Rodríguez, quien lo coloca como virtual presidente del medinismo democrático cabal. No tiene por qué estar de acuerdo conmigo: mi juicio contra Uslar nace de la más profunda arrechera personal por haberme tenido que leer su libro. Pero me llama la atención que en su reparto de culpas, culpabilidades y crímenes culposos, nuestro ministro favorito de todos los tiempos excluya a Uslar Pietri, uno de los más conspicuos enemigos del gobierno del cual Rodríguez formó parte. Uslar fue bueno solo en una cosa: en guardar rencor. No le perdonaba a los adecos que lo hayan juzgado por peculado y hayan demostrado, en el tribunal presidido por el honorable Fernando Peñalver, que el dinero que poseía era de dudosa procedencia para un hombre que no nació en cuna de oro ni había tenido tiempo para hacer fortuna, pues toda su vida se dedicó a ser un empleado público. No le perdonó a CAP ser electo dos veces presidente, después de haber sido el secretario de la Junta de Gobierno que lo derrocó, lo juzgo y lo condenó, además de confiscarle bienes y mandarlo al exilio. No voy a culpar a Uslar de su rencor, porque el rencor al fin y al cabo es una cosa personalísima. Tanto el que él le guardaba a CAP como el que yo le guardo a él y a su maldita novela.

Pero este libelo personal nada tiene que ver con Miguel Rodríguez. Solo quería dejar claro que no puedo soportar que el candidato por quien voté a los 18 años, asome ningún tipo de posibilidad favorable a Uslar en 1945, después de haber sido parte de un gobierno contra el cual Uslar hizo lo posible por derribar.

Le acepto a Uslar Pietri su tenacidad para convertirse en especie de guía espiritual de una sociedad perdida y entregada a la locura del deterioro sin nadie capaz de analizar el por qué de ese hundimiento. Hoy, si Uslar viviera, seguramente mandaría uno que otro audio por whatsapp saludando a sus amigos invisibles. Así como lo hace hoy Miguel Rodríguez, a quien le deseo larga vida llena de valores humanos, mayor difusión de sus ideas más valiosas que una semilla de petróleo y un futuro alejado lo más posible de lanzas coloradas.

Pero por favor: aléjese del afiche de URD para la próxima grabación. Sus fans se lo agradeceremos.

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