Todavía necesitamos un gendarme

Ser venezolano es querer que alguien ponga orden en "este desastre". Y ese alguien es un gendarme

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La búsqueda venezolana de un salvador no es la esperada. (Foto: Flickr)

Las palabras finales que en boca de Boves pone el guion en la película Taita Boves conforman una sentencia que sin duda alguna se está ejecutando: «Yo los condeno a perderse en los siglos buscando un Taita. Y que viva La Patria, coño. Que viva La Patria, carajo».

Condenados, perdidos en el tiempo, buscando un Taita y siendo patrioteros. Esa es la historia de Venezuela en un resumen sucinto, que solo un historiador y cineasta como Luis Alberto Lamata podía hacer.

Obviamente, no sabemos qué demonios dijo Boves cuando lo asesinaron ni sabemos si le dio tiempo de decir algo. Pero esas palabras que Lamata construye para el personaje, permiten hacer, en efecto, la explicación de este fenómeno que estamos viviendo en la Venezuela de hoy, esta Venezuela postbovera que en medio de su desgracia de dos siglos de militaradas, atrocidades y sometimiento de la aociedad al arbitrio del poder militar, anida en su seno la eterna evocación de los gendarmes, de los hegemones de uniforme, de los tiranos y mandones que le pongan orden a su vida cotidiana. Es como un cuento de nunca acabar. Ser venezolano es querer que alguien ponga orden en «este desastre». Y ese alguien es un gendarme.

De Vallenilla Lanz a Ceresole

El pensador venezolano Laureano Vallenilla Lanz hablaba del gendarme necesario, del «cesarismo democrático» en la visión limitada que de la democracia se tenía para la época en que desarrolló su obra y su carrera política. Colaborador y promotor del gomecismo, evidentemente, Vallenilla Lanz conocía muy bien la raigambre violenta de la sociedad venezolana. Esa violencia que todos los historiadores que se han dedicado a la América Latina han visto al revisar a Venezuela. Esa misma violencia que nosotros los venezolanos nos negamos a aceptar siquiera, porque nosotros lo que somos es chéveres, simpáticos y «le abrimos las puertas a todo el mundo».

Por eso, la visión del prócer impoluto y angelical que dibujó Eduardo Blanco en la «Venezuela heroica» se mantiene por encima de la evidencia. Bastaría que cualquier avezado se echara una pasadita por los partes de guerra del Ejército Libertador para entender por qué a José Félix Ribas le cortaron la cabeza y se la frieron en aceite para luego exponerla en la plaza mayor de Caracas. Bastaría una revisión de las atrocidades cometidas en la «Navidad negra de Pasto» para entender por qué Antonio José de Sucre fue asesinado en una celada, antes de que Bolívar se quejara clamando al cielo, gritándole a Dios por haber permitido que mataran «al Abel de América».

Vallenilla Lanz sí sabía esas cosas. Por eso, fue capaz de advertir que la guerra de independencia de Venezuela fue una sangrienta Guerra Civil cuyos efectos no hemos superado, aún hoy. Efectos que perduran en la sociedad y, más peligroso aún que los efectos, es la permanencia de las causas de esa guerra civil. Es sencillo verlo cuando escuchas los discursos insuflados de racismo, clasismo y patrioterismo en los actores políticos venezolanos. Desde la supremacía sugerida por los que reivindican al «pueblo mestizo, afrodescendiente y aborigen» y escondidos detrás de fruslerías simplemente promueven lo mismo que promovía Boves, o sea el odio social como combustible para la destrucción del contrario.

Desde su audacia respondona, una clase política también supremacista, heredera de los mantuanos blancos criollos de forma real o supuesta, pretenden construir un país donde las fronteras sean el patio del colegio donde estudiaron por el norte, la plaza de su urbanización por el sur, el túnel Boqueron 2 por el oeste y el túnel los Ocumitos por el este. La Venezuela decente, con carro del año, zapatos Ferragamo, palco VIP en el estadio y vacaciones en Disneyland.

Ambos bandos, que no tienen la culpa de ser como son, pues la culpa es de haber nacido donde nacieron, son capaces de tener a la cabeza a dirigentes que se visten igual, van a los mismos restaurantes y tienen las mismas camionetas con idéntico nivel de blindaje. Algunos, hasta comparten testaferros. Y todos tienen la misma patria.

Esa patria que los hace patrioteros, no esa de la que pueden filosofar tantos en muchas sociedades y culturas. Hablamos de la patria que se han construido élites venidas a menos, intelectuales de cajita feliz de Mc Donald’s y politiqueros de todos los tiempos, para igualarse a los próceres cuya historia también construyeron. Esa claque de estorbos humanizados, que pueden estudiarse como microorganismos pasados por un microscopio, de verdad creen que ser «patriotas» es una forma de hacer política partidista en medio de una tiranía. Pero es por ese raro concepto de «patria» que hemos llegado a donde estamos.

Tanto así que el fascista argentino Norberto Ceresole, padre de la tesis que plantea el sistema «Ejército-Caudillo-Pueblo», cuando conoció a Chávez se maravilló y dijo: «yo inventé un personaje y un día me lo encontré en la calle».

Era posible este fascismo criollo solo en Venezuela, precisamente por esa maldita historia que nos permite destruirnos, autodestruirnos, pisotearnos eternamente y negarnos a hacer algo distinto, pues ser «patriota» es hacer lo que hacemos.

Por eso, Vallenilla Lanz fue tan bien recibido en Italia por Mussolini, quien tradujo El Cesarismo democrático al italiano y lo tuvo de referencia. Vallenilla Lanz murió allá, antes del arranque de la Segunda Guerra Mundial. Y antes, muchísimo antes de que arrancara otra de las grandes guerras que la Venezuela que tanto revisó, decidió desarrollar desde 1945 hasta nuestros días.

Al final es la misma guerra

La explicación sencilla y rápida: en una guerra, son los hombres de armas los verdaderamente importantes. La guerra de independencia colocó a los militares como dueños del país. Por tanto, para poseer el país, la casta militar tiene que garantizar que el conflicto esté allí, para poder seguir siendo los dueños.

Por eso, cuando la guerra se acaba y se constituye la unión colombiana, de las entrañas de la godarria valenciana surge el movimiento separatista que planteaba la constitución de la República de Venezuela fuera de la unión colombiana. Para lograrlo, esa sociedad de civiles decidió que había que darle todo el poder al gendarme que aparecía en el camino, José Antonio Páez. Seremos independientes pero como sociedad dirigidos por un militar. Pero no por cualquier militar, obviamente. No señor. Por un prócer. Porque la patria así lo requiere.

Cualquier alteración del orden, cualquier conflicto en el seno de la sociedad, será dirimido por la casta militar de allí en adelante. Sea una queja por los aranceles a los principales productos de exportación, sea una aspiración política o económica, todo pasa por el gendarme que al final decidirá. Quizás pueda delegar en terceros, normalmente civiles, la toma de decisiones. Pero cuando el juego se tranca, sea por una revuelta de algún ardido o por la acción de algún grupo excluido del reparto, allí estará el gendarme.

Para servir de árbitro ante un fraude electoral. Para imponer mejores condiciones del reparto de la renta. Para destrancar el juego político cuando las partes no se ponen de acuerdo. La sociedad cedió su autonomía, su independencia y simplemente sustituyó al monarca absolutista por el gendarme absolutista. Por el derecho divino. Para siempre.

Por esa razón es que hoy, en medio de la peor tragedia vivida en la historia de Venezuela, otra vez invocamos a los hombres de armas. De distintas maneras, todos los que intervienen en el debate político venezolana plantean lo mismo: el árbitro militar tiene la palabra.

Unos lo llaman abiertamente. «Pónganse del lado de la democracia» dicen unos, mientras otros gritan que «La FANB es chavista, socialista y anti-imperialista». Otros, más cándidos o más cómplices, pero no menos venezolanos, exigen más bien que no se les ocurra meterse. Mientras, buena parte de la facción más radical entre los radicales, plantea que hay que empoderar al general fulano o sutano para que haga «la labor de patria». La facción más entreguista, es capaz de decir que «los militares también están sufriendo».

Pero todo llega al mismo sitio: el árbitro sigue allí y se sigue apelando a él. Con el añadido adicional de creer, los unos y los otros, que la FANB es el árbitro o el gendarme, y no es así. El gendarme real es el ente armado que impondrá el orden pasando por encima de todos, con la sangre de todos y con el concurso de todos los que queden vivos (y sometidos) construir “algo” que se pueda llamar país. Es lo normal. Lo que hicieron los «próceres» y lo que hicieron paecistas y anti-paecistas, monaguistas y anti-monaguistas, guzmancistas y anti-guzmancistas, castristas y gomecistas y perejimenistas. Lo hizo la sociedad de nuevo cuando la clase política dejó de darle respuestas a la gente: en vez de enfilar contra la dirigencia, se desbarató el sistema. Por eso, desde mitad de los ochenta empezó la añoranza dictatorial, las frases «aquí hay falta de gobierno», «aquí hay que poner orden», «hace falta un militar con las bolas bien puestas» y demás.

Quienes esas frases proferían, fueron los que hicieron presidenciable al Ministro de la Defensa que en 1989 encabezó la acción militar para acabar con el caos callejero de las protestas de febrero y marzo de ese año. Fueron quienes desde la opinión, chatajeaban: o renuncia CAP o viene un golpe de estado. No vino un golpe sino dos, y la ordalía para desaparecer a CAP y a todo lo que oliera a maneras democráticas de resolver el asunto. Todos amparándose en militares, unos para que lo tumbaran y otros para que impidieran la jugada. Y abriéndole la puerta a los golpistas de 1992 para que se convirtieran en el «militar que pone orden» de la temporada 1998 – Dos mil siempre.

Si el ente armado se entiende más allá de esa FANB, si se revisan las huestes derrotadas en el pasado, nos daremos cuenta d que en efecto, todo apunta para allá. Hacia el enfrentamiento de un conglomerado armado, invocado para que «ponga orden» y «haga patria», contra otro conglomerado, disfrazado de fuerza regular pero que actúa en efecto como facción armada de una organización político militar.

El asunto no es que ocurra, sino lo que significará eso. Significará la reafirmación de nuestro carácter violento y la instauración de nuevas castas, quien sabe por cuanto tiempo. Quizás a muchos no les importará, pues la ansiedad por sacar al chavismo del poder es más grande que cualquier otra preocupación. Y puede ser cierto. Pero el problema es que el chavismo, siendo síntoma, solo desaparece si se acaba con la enfermedad.

Y la enfermedad es esa concepción que tenemos cuando hablamos de nacionalidad. Nuestra verdadera tiranía es nuestro gentilicio. Ser venezolano, tal y como hemos decidido definirlo y ejercerlo, nos mantendrá por siglos en esta dinámica fatal, mientras no salgamos del arbitrio militar.

Pero esa solución no aparece en el horizonte. Parafraseando a Manuel Caballero, no queremos despertar de la pesadilla, sino cambiar de monstruo en medio de ella.

Y así, no se acaba la pesadilla, sino que se prolonga, infinitamente.

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