Una desgracia global

Un pueblo con hambre no defenderá una democracia que no ha sido capaz de darle de comer

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Esa estatura de políticos que se extrañan en Venezuela son los mismos que se extrañan en Europa. (Foto: Flickr)

Ensimismados en nuestra miseria nacional, podríamos pasar horas relatando lo que ha significado el paso de estos meses para Venezuela. Podríamos incluso profundizar en lo que es hoy Venezuela y el camino que recorre, casi de forma imperturbable, hacia la desaparición como República (ya casi un hecho) y quizás hasta su desaparición futura como unidad nacional y territorial. Una “somalización” donde jefes de bandas, llámense dirigentes políticos, llámense pranes, se disputarán el control de parcelas de poder, cual señores feudales de la nueva era de precarización de la Nación.

Y lo peor, una población sometida a los dictámenes de la fuerza, que buscará siempre someterlos a sus designios y sus intereses, llenando de más miseria utilitaria a una sociedad ya convertida en un lodazal de antivalores y desgracias cotidianas.

Eso es lo que hay en Venezuela. Pero no somos, aunque se nos dificulte la visión panorámica, el centro del mundo ni el epicentro siquiera. Hay una desgracia global en desarrollo y no sabemos donde terminará, ni quién la conduce realmente. Pero sí sabemos quiénes se benefician y quiénes se perjudican.

Postguerra fría o una nueva entreguerra

En efecto, hay una situación particular que contraría incluso lo que planteaban quienes avizoraban un universo feliz posterior a la caída del muro de Berlín hace ya 30 años y el posterior y consecuente colapso de la Unión Soviética. Ese universo feliz que viviríamos tras el presunto triunfo del libre mercado por encima del comunismo y su economía planificada, se ha quedado como todas las ofertas engañosas hechas en Volver al futuro, con el carro viajero en el tiempo, la patineta voladora y otras cosas más. El libre mercado ni es libre ni es mercado, la mano invisible siempre aparece y las crisis consecuentes sobre el sistema, crean dudas suficientes en las sociedades que al final terminan cuestionando si de verdad la libertad es lo que necesitan.

Aunque suene paradójico, esa es la gran pregunta y el gran debate hoy en muchas sociedades: para qué nos sirve la libertad. Y aquella pregunta o sentencia de Rafael Caldera que lanzaba en 1992, ante un país conmocionado por el golpe de estado chavista, podría incluso reconvertirse hoy en muchos países de la región: un pueblo con hambre no defenderá una democracia que no ha sido capaz de darle de comer.

Pero más que la democracia, se trata de la libertad. Del sistema de libertades. Del cuestionamiento global al significado de ser libres y de los beneficios que esa libertad nos pueda dar a los ciudadanos, seamos habitantes de Latinoamérica, de Europa o del Medio Oriente. De la libertad debaten los ambientalistas europeos y los independentistas escoceses y catalanes. De la libertad habla Greta, la niña ambientalista sueca. De la libertad hablan los que en América Latina enarbolan las banderas del “liberalismo” y de la libertad hablan los partidarios de Sanders en Estados Unidos. Sobre la libertad debaten en Hong Kong, Bolivia y Egipto.

Es sobre la libertad, aunque la palabra no la digan. Porque cuando un cantante colombiano como Carlos Vives habla de marchar “por una identidad de la que nos sentíamos avergonzados”, ignora años de luchas por derrotar a los movimientos insurgentes que convirtieron ese país en un permanente generador de noticias de sucesos. Años de lucha que, dicho sea de paso, nunca hicieron que el colombiano promedio no fuese orgulloso de su origen, de su bandera, de su música, de su selección de futbol, de su premio Nobel de Literatura y de su comida invadiendo la mesa del mundo entero. Ese orgullo permitió al propio Carlos Vives hacerse famoso en el mundo entero con su música autóctona reinterpretada, aunque hoy se atreve a decir que antes “se sentían avergonzados de su identidad”. No se le veía avergonzado en los noventa cuando protagonizaba telenovelas y llenaba escenarios en todo el continente con su disco Clásicos de La Provincia, en homenaje al cantautor Rafael Escalona.

¿Por qué expresiones como esta, a estas alturas? Porque hay una inmensa frustración e incomprensión de las responsabilidades que da la libertad. Porque ser libres significa también no depender del Estado y eso es muy difícil para quien no quiere trabajar, o para quien no quiere pagar impuestos por las actividades que realiza. Se quiere un Estado que no reprima, pero que provea universidades gratis. Se exige un sistema de salud a nivel europeo, pero con impuestos a la venezolana “porque el Estado nos roba”.

Llegamos así al segundo gran problema, aparte del debate por la libertad: el debate sobre el Estado. Y no por el rol del Estado ni su tamaño, sino el debate mismo de su existencia.

Es una de esas consecuencias de la caída de la URSS y de la emergencia de decenas de nuevos estados que cambiaron literalmente el mapa de Europa. Si un país puede acabarse y nada pasa, que se acaben todos y nada pasará, parece ser el lema de algunos.

Y del lema, a la acción: “destruyamos los Estados, que de nada nos han servido, solo para robarnos”.

¿Qué es «el Estado» para quienes protestan en Santiago de Chile, en Barcelona, en Bogotá, en Panamá, en Quito? Pues lo público. La autoridad. Las instituciones. Y por ellas han decidido ir, sea con barricadas, sea con argumentaciones simplistas y sobrevenidas: el Estado no sirve, renuncie, presidente.

El asunto es que no sabemos si estamos, a todas estas, en una larga resaca posterior a la caída de la Cortina de Hierro o si estamos en una “calma chicha”, en una pausa en un conflicto mayor. Estamos, en pocas palabras, tal como los ciudadanos del mundo que al ver terminarse la Primera Guerra Mundial, suspiraban aliviados por la certeza de que no habría una nueva guerra, nunca más.

Pero la hubo, y peor. Tan catastrófica, que ya hoy los historiadores van avanzando a establecer la Primera y la Segunda guerra como la misma guerra, con una gran tregua de veinte años.

Este mundo lleva casi treinta años de postguerra fría o tregua fría, según se vea. Y las señales son cada vez más preocupantes.

La Mariposa y el huracán

De aquella mariposa aleteando en China que al final causa un huracán en El Caribe, podría hablar de nuevo Kissinger, creador de la frase. No se imaginaba el Secretario de Estado del gobierno de Richard Nixon que esas palabras en sí mismas serían un huracán, un efecto y una verdad perfectamente verificable. La guerra comercial entre Estados Unidos y China, especie de pelea de elefantes en medio de la selva, ha convertido a las hormigas cercanas en víctimas a las que los paquidermos globales prestan poca atención. Así, economías latinoamericanas orientadas a las exportaciones como fuente fundamental de ingresos, terminaron pisoteadas con variaciones drásticas de sus monedas frente al dólar. Colombia lo vivió de forma mucho más marcada. Pero que la exportadora Chile, la exportadora agrícola Argentina, una Panamá dependiente del tránsito de embarcaciones movidas por el comercio exportador, el Ecuador dolarizado y la Bolivia de Evo aliada de China en la región, hayan sido epicentro de turbulencias políticas, nos deja algunas señales sobre la veracidad de la conseja de Kissinger.

Todo eso y mucho más, en una Europa buscando respuestas a la crisis global del paradigma de los Estados-Nación volcándose electoralmente hacia una derecha tradicionalista que reacciona frente a una socialdemocracia extraviada y capaz de aliarse con agendas extremistas, tendientes a la disolución y de paso esclava del marketing y de la “viralización”, donde vale más un indio corrupto renunciante en La Paz que veinte indios asesinados en el Arco Minero. Es más que evidente el extravío de las clases políticas, incapaces de actuar frente al agotamiento ya no de un modelo sino de todo un paradigma histórico.

Con todo esto, podemos ubicarnos en este planeta convulso, más allá de la técnica de eterna mirada del ombligo. Porque nuestras quejas por el exceso de Stalins González o Freddys Guevaras, o Juanes Guaidós y la carencia de Betancoures, Calderas y Leonis no son raras. Esa estatura de políticos que se extrañan en Venezuela son los mismos que se extrañan en Europa, llena de Sánchez y Macrones pero vacía de Churchilles o De Gaulles. Ni hablar de los EEUU infectados de Ocasios Cortez, Sanders y Bidens allí mismo donde antes hubo Reagans, Eisenhoweres y Roosevelts.

La abundancia de mediocridad política y la escasez de estatura para entender el problema en desarrollo, son también globales. Pero el problema sigue allí, haciendo estragos. Unas potencias que si antes fueron tigres de papel, hoy se muestran en retirada de sus viejas glorias, sea por la falta absoluta de músculo económico para financiar las guerras convencionales que acostumbraba a encarar la Rusia hoy pseudo zarista de Putin, sea por la reorientación estratégica de los EEUU, dispuesta a replegarse de zonas de influencia de otrora sin que se entienda muy bien para qué. Hoy la guerra es asimétrica en el mundo virtual de hackers, bots y aparatos de propaganda y desinformación. Más barata y eficaz, pero no menos nociva.

En medio de todo eso, Venezuela por el oriente presa de bandas armadas explotando el Arco Minero o las costas de Sucre y Monagas dominadas por el narcotráfico. Por el occidente y por el sur, siendo pasto de la migración masiva, del contrabando y del dominio de grupos armados.

En Caracas, en las redes y en los medios, la preocupación son los bodegones de moda, las ventas decembrinas y el próximo hijo de determinado político “opositor”, que ojalá no tenga de padre lo que tiene de político, por el bien de la criatura. Mientras el mundo convulso se enturbia cada vez más, al ver nuestro ombligo los venezolanos seguiremos usando el raciocinio que nos inculcó Gustavo Cisneros,nuestro Ministro de Eduación in péctore durante 50 años: Una sirvienta saliendo de la pobreza quitándole el marido a la niña rica de la casa, una gran bailanta nacional y una noche tan linda como esta, donde cualquiera de nosotros podría triunfar.

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