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Por qué Marta Lucía Ramírez puede alterar la campaña presidencial colombiana

Por: Daniel Raisbeck - @DanielRaisbeck - Ago 1, 2017, 12:39 pm

martalucia

Hasta el momento, los medios de comunicación colombianos no le han prestado a Marta Lucía Ramírez la atención que se merece en esta época de pre-campaña electoral. La explicación, supongo, es que los periodistas tradicionales aún no han aprendido las lecciones del plebiscito del 2 de octubre del 2016, cuyo resultado los dejó bastante mal parados, y por lo tanto mantienen su obsesión con encuestas que, en el mejor de los casos, deberían analizarse con suprema cautela.

Por otro lado, el estilo prudente de Marta Lucía no se presta para dar golpes mediáticos prematuros. Durante años, ha recorrido las regiones del país, reuniéndose personalmente con lo que ella llama las “bases” del Partido Conservador, compuestas por una buena parte de los dos millones de colombianos que depositaron su voto por Ramírez en mayo del 2014, desobedeciendo las directrices de los caimacanes del partido como Roberto Gerlein y Efraín Cepeda, quienes apoyaron a Santos para fortalecer sus clientelas. Usualmente, Marta Lucía lleva a cabo su arduo trabajo político en el nivel local, lejos de las cámaras. Es un esfuerzo que los grandes medios usualmente ignoran, pero que trae resultados cuando realmente importan.

Considero que, dada la volatilidad de las encuestas en Colombia (aunque también hay que destacar los resultados inesperados en las últimas tres elecciones en Reino Unido y el sorpresivo triunfo de Trump en EE.UU.), es importante tener en cuenta los resultados previos electorales de los candidatos para medir su fuerza verdadera.

En la elección presidencial que se llevó a cabo hace poco más de tres años, Marta Lucía Ramírez obtuvo el tercer lugar más alto de la historia electoral colombiana. De mantener los dos millones de votos que obtuvo en 2014 y sumarle otro millón (o más) en 2018, Marta Lucía se estaría peleando un lugar en la segunda vuelta presidencial. De hecho, desde 1994, sólo un candidato ha obtenido más de tres millones de votos sin pasar a segunda vuelta; fue el caso de Horacio Serpa en el 2002, cuando Álvaro Uribe ganó en primera vuelta con cerca de seis millones de votos, demostrando ser un fenómeno electoral sin paralelos en la historia reciente colombiana.

El problema de Uribe en el 2017 y 2018 es que sus votos no son fácilmente endosables. Es cierto que, según algunas encuestas, el candidato “que ponga Uribe” lidera la intención de voto para las presidenciales, pero eso no siempre ha funcionado. Los candidatos que apoyó Uribe perdieron la elección a la alcaldía de Bogotá desde el 2002 en adelante. Los alfiles del expresidente inclusive han perdido elecciones en su natal Antioquia, más recientemente en Medellín, donde su candidato a la alcaldía, inicialmente el favorito, fue derrotado por el independiente Federico Gutiérrez en el 2015.

A nivel presidencial, Uribe pudo aportarle a Juan Manuel Santos cerca de siete millones de votos en la primera vuelta del 2010, cuando Mockus logró pasar a la segunda vuelta al superar por poco la barrera de los tres millones de votos que mencioné. No obstante, en el 2014 esos siete millones de votos uribistas se redujeron a aproximadamente la mitad cuando el candidato del Centro Democrático fue Óscar Iván Zuluaga, quien ganó la primera vuelta con poco más de 3.700.000 votos, sin duda menos de los que Uribe esperaba.

Hoy por hoy, esta última cifra debería preocupar al jefe del Centro Democrático (CD), especialmente porque ninguno de sus precandidatos actuales (y estoy excluyendo a Luis Alfredo Ramos dados sus problemas legales) tiene el peso político que tenía en el 2014 Zuluaga, quien había sido alcalde, senador y ministro de Hacienda antes de aspirar a la presidencia (financiándose con una respetable fortuna personal). Por el contrario, ni Iván Duque ni Rafael Nieto tienen una trayectoria política similar a la de Zuluaga ni, según entiendo, disponen de recursos comparables.

De hecho, Duque fue electo al senado con los votos de Uribe dentro de la lista cerrada que lideró el expresidente en el 2014. Por su parte, Nieto mismo escribe que no ha “pretendido siquiera ser miembro de la junta del edificio en que (vive)” antes de aspirar a la presidencia de la República.

Tal vez sea la inexperiencia electoral de los precandidatos lo que lleva a algunos de sus seguidores a comparar a Duque en especial con Emmanuel Macron, quien recientemente ganó la presidencia de Francia sin haber sido candidato en ninguna elección previa. La gran diferencia, sin embargo, es que Macron (a quien en Colombia han comparado hasta con Sergio Fajardo) ganó al fundar un movimiento propio, desasociándose por completo (al menos en términos publicitarios) de la política tradicional y de su propio jefe político, François Hollande. Aspirar a ser el Macron colombiano y a la vez ganar abiertamente con los votos de Uribe resulta, en mi opinión, algo contradictorio.

Con muy pocas excepciones— como la de Macron y la de Trump,— el “hacerse contar” en las urnas pesa para un candidato con vista a la próxima contienda electoral. En este sentido, y reconociendo la dificultad de hacer predicciones electorales en la era del Brexit / Trump / plebiscito colombiano, Marta Lucía tiene una enorme ventaja sobre los precandidatos del Centro Democrático si en efecto se lleva a cabo la consulta entre el CD y el Partido Conservador que anunciaron Uribe y Andrés Pastrana.

El diario El Colombiano reporta, por ejemplo, que, según el politólogo Pedro Medellín,

los candidatos del CD no van a alcanzar la votación” necesaria para ganar la consulta, “quien la va a alcanzar es Marta Lucía Ramírez, y el segundo puede ser Iván Duque y cualquiera de los candidatos puede hacer llave con la exministra (de Defensa).

Inclusive hay un ejemplo histórico reciente que, ceteris paribus, ilustra lo que le podría esperar a un candidato débil de Uribe en una consulta abierta contra una candidata conservadora con mayor trayectoria electoral. En el 2010, Noemí Sanín derrotó a Andrés Felipe Arias, ministro de Agricultura de Uribe entre 2005 y 2009, en la consulta conservadora. Y Arias, aunque era otro candidato que no se había medido en las urnas, tenía un reconocimiento público bastante mayor que el de Duque o el de Nieto, habiendo sido presentado ante los medios durante años como el sucesor natural de Uribe.

En términos estrictamente electorales, Marta Lucía es por lejos la candidata más fuerte de lo que ella llama “la coalición de centro-derecha”. Sin embargo, Uribe sabe, y seguramente le incomoda, que Marta Lucía es aguerrida, firme e independiente, razón por la cual nunca se unió al Centro Democrático. Más allá de los puntos que se acuerden para formar una coalición, ella pretende llegar al Palacio de Nariño con su propio mandato.

En este momento, sin embargo, falta mucho por definir tanto en el Centro Democrático, donde Uribe aún no ha determinado las reglas de juego para escoger a un candidato, como en el Partido Conservador, cuya ala santista desde ya se está oponiendo a una candidatura de Marta Lucía. De hecho, La Silla Vacía reportó el jueves, 27 de julio que el conservador gobiernista Efraín Cepeda, recientemente nombrado presidente del Senado, no apoyará a Marta Lucía en el 2018 por “objeción de conciencia”.

Como era de esperar, la mayoría de congresistas conservadores respaldaron a Cepeda, reuniéndose con el ministro de Interior de Santos para expresar que “no apoyan la carrera a la presidencia de Marta Lucía” según Blu Radio. Algo que no mencionaron los conservadores santistas, sin embargo, es que Ramírez obtuvo dos millones de votos en el 2014 a pesar de ellos, no gracias a los jerarcas del partido. Nihil sub sole novum.

Marta Lucía sabe muy bien que los barones electorales del Partido Conservador pueden torpedear su candidatura por la vía burocrática, por ejemplo al dilatar ad infinitum la decisión acerca del mecanismo para escoger a un candidato presidencial. Por lo tanto declaró el martes, 25 de julio, que si no consigue el apoyo del Partido Conservador, su equipo saldrá a las calles a conseguir firmas ciudadanas. Es decir, Marta Lucía no descarta romper por completo con los caciques conservadores y liderar una candidatura presidencial independiente.

Mientras tanto, Ramírez está consolidando el apoyo de las bases conservadoras. El martes, esas bases le entregaron a Marta Lucía las banderas azules del Partido Conservador en su sede en Bogotá, expresando el deseo de que ella sea su candidata presidencial. En el evento, hubo una fuerte presencia de las regiones y del creciente grupo de jóvenes y mujeres “martalucistas”. Inclusive habló el presidente del partido, el senador huilense Hernán Andrade, otro congresista conservador que apoyó a Santos en el 2014. Inesperadamente, Andrade declaró que Marta Lucía y sus simpatizantes podían esperar unas reglas claras para escoger a un candidato a la presidencia. Está por verse si así será.

En su discurso, Marta Lucía Ramírez demostró que, más allá de los vaivenes del Partido Conservador, de su propia fuerza electoral y de la posible consulta con el Centro Democrático, está preparando un programa de gobierno sólido que ofrecerá soluciones concretas para los enormes problemas políticos y económicos que enfrenta el país.

Mientras la economía está estancada, el gasto público fuera de control y el sector privado oprimido bajo impuestos desenfrenados, Ramírez habló de “un país donde la innovación y el emprendimiento nos ubiquen en el escenario global.” Mientras el régimen autocrático venezolano, el cual el gobierno Santos legitimó durante años a raíz de su acuerdo con las FARC, lleva al país vecino a la debacle económica e instala la dictadura más abyecta, Marta Lucía resaltó el valor de los “jóvenes libertarios” que se han tomado las calles de Venezuela, asegurando que el futuro estará en sus manos. Con las instituciones colombianas cerca del punto de quiebre por causa del acuerdo Santos-FARC, implementado en contra de la voluntad electoral expresada el pasado 2 de octubre, Marta Lucía resaltó la necesidad de “revisar el acuerdo (con las FARC) a la luz de la constitución”.

Y mientras algunos de sus competidores prometen luchar contra la corrupción por medio de meros lugares comunes, Marta Lucía, cuya trayectoria le permite hablar con autoridad acerca de la transparencia, propuso una reforma contundente al servicio civil con el fin de que el ingreso a cargos estatales se dé de manera profesional, mas no a través de las tradicionales clientelas políticas.

Como escribí en marzo en Ámbito Jurídico, la corrupción en Colombia no es un problema sólo ético y moral, sino sistémico, porque toda la estructura política y electoral está diseñada para negociar votos a cambio de puestos públicos. Una lucha frontal y eficaz contra la corrupción requiere una verdadera liberalización económica, el fin del Estado visto principalmente como una fuente de empleo, y “una burocracia limitada bajo el control de profesionales demostrablemente capaces y, sobre todo, sin vínculos a la política electoral”.

Combatir la corrupción también requiere tomar medidas drásticas para que un Estado diseñado para la era pre-analógica haga un uso audaz de la tecnología digital. El planeta está presenciando una formidable revolución económica en la cual la automatización robótica ha hecho que los procesos de negocios sean hasta un 80 % más eficaces que hace unos años, con un impacto tremendo para el mundo laboral. Mientras tanto, el mundillo de la política colombiana, obsesionado con riñas que datan de la mitad del siglo XX o antes, parece no haberse enterado.

Si Marta Lucía Ramírez se hace elegir con la plataforma que delineó en su discurso, Colombia puede esperar, bajo el liderazgo de una mujer, un giro que encamine al país hacia el éxito en el siglo XXI.

Daniel Raisbeck Daniel Raisbeck

Daniel Raisbeck es el editor del PanAm Post. Fue candidato independiente a la Alcaldía de Bogotá en el 2015. Síguelo en Twitter: @DanielRaisbeck.