Los toros, a debate en Colombia: por qué se equivocan los antitaurinos

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El parón taurino se rompió a raíz de una decisión de la Corte Constitucional, que declaró ilegal la prohibición y ordenó la reapertura del coso conocido como La Santamaría. (Wikimedia)

La cuestión taurina ha saltado a las páginas de actualidad de Colombia a raíz de la reapertura de la Plaza de Toros de Bogotá. Hace ahora un lustro, el entonces alcalde de la capital, Gustavo Petro, decretó la prohibición de los festejos taurinos y condenó a los aficionados a los toros a “exiliarse” a Manizales, Cali o Medellín para disfrutar de su pasión. El parón taurino se rompió a raíz de una decisión de la Corte Constitucional, que declaró ilegal la prohibición y ordenó la reapertura del coso conocido como La Santamaría.

El pasado 22 de enero, más de 10.000 personas llenaron los tendidos de la Plaza entre gritos de “Libertad”. Antes de llegar al recinto, sufrieron el acoso violento de cientos de activistas antitaurinos que, lejos de expresar su disconformidad de manera pacífica y educada, no dudaron en insultar y agredir a los asistentes al festejo. El triste espectáculo que se vivió en las calles de Bogotá contrasta con el civismo, la educación y la alegría con la que transcurrió la corrida de la reapertura, en la que se anunciaron El Juli, Luis Bolívar y Andrés Roca Rey con toros de Ernesto Gutiérrez.

Las primeras expresiones de la cultura taurina datan del año 23.000 antes de Cristo. Las pinturas rupestres de las cuevas de Villars ya nos muestran a un hombre enfrentándose a un toro bravo. Aquella primera lucha fue solo el comienzo y, durante siglos, las distintas culturas del Mediterráneo comparten esa fascinación por la caza del toro, convertido en un animal mitológico. Con el paso del tiempo, esos ritos ancestrales van evolucionando y dan pie a la corrida de toros moderna, hija de la Ilustración.

En la corrida de toros moderna se funde la épica con la estética. El torero, héroe del espectáculo, debe lidiar al toro con ayuda de un capote o una muleta. Estas telas tienen que ser suficientes para reducir la velocidad de las embestidas y canalizarlas según mandan los cánones artísticos. Se trata de bailar con la muerte, de exhibir elegancia y naturalidad ante un toro bravo de 500 kilos. En todo momento, la corrida se mueve entre el arte y la tragedia. La certidumbre del peligro y la belleza del toreo hacen de éste un espectáculo único. Para muestra, estos dos vídeos de José María Manzanares, uno de los toreros más reconocidos del momento.

La cultura taurina sigue viva en España, Portugal, Francia, México, Colombia, Venezuela, Ecuador y Perú, pero las intentonas prohibicionistas siguen amenazando su continuidad. Aunque los enemigos de la Fiesta Brava creen que actúan en nombre de la modernidad, lo cierto es que las corridas siempre han luchado contracorriente. En Europa, las primeras medidas contra las corridas de toros datan del siglo XIII. En México y Perú, ya en el siglo XVI se decretaron restricciones. Por tanto, no hay nada nuevo bajo el sol. Las corridas de toros siempre han generado polémica y el toreo siempre ha sido un arte transgresor que no todo el mundo comprende.

Si la cultura taurina sigue en pie es porque tantas y tantas pretensiones de acabar con los toros se han topado siempre con el grito de libertad de millones de personas que acuden voluntariamente a las plazas de toros. También ha resultado valioso el respaldo de cientos de intelectuales y artistas. Sin ir más lejos, los tres últimos Premios Nobel de Literatura concedidos a autores de habla hispana fueron a parar a manos de tres buenos aficionados a los toros: el español Camilo José Cela, el colombiano Gabriel García Márquez y el peruano Mario Vargas Llosa.

 

Los falaces argumentos de los enemigos de las corridas

Los enemigos del toreo suelen cargar contra la Fiesta Brava presentando imágenes descontextualizadas, pero la foto de un toro muerto no resume ni capta la esencia de una corrida, como tampoco la imagen de una res en un matadero puede servir como reflejo de la gastronomía. La mejor forma de desmontar esta propaganda es acudir a las plazas y comprobar en primera persona por qué tantas personas son aficionadas a los toros.

También afirman los prohibicionistas que las corridas deben acabar para proteger al toro, pero los censos ganaderos muestran que un menor número de festejos taurinos conduce hacia la desaparición del toro bravo, un animal único que constituye una joya del patrimonio genético europeo y americano.

También hay quienes pretenden acabar con las corridas apelando al “bienestar animal”. Para desmontar este argumento, basta con acercarse a cualquier ganadería de reses bravas y comprobar la privilegiada vida de estos animales criados en grandes fincas. Nada que ver, por cierto, con las granjas de explotación intensiva de las que provienen los alimentos que compramos en los supermercados…

Por otro lado, es importante señalar que, por cada seis animales criados en la dehesa, solamente uno termina siendo lidiado en la plaza. Esto es así porque la clave del espectáculo taurino radica en la bravura de los animales que salen al ruedo y, por tanto, no todas las reses son aptas. ¿Cómo se hace esa selección? La primera criba la establece la propia genética de la especie. El toro bravo está fisiológicamente adaptado a la lidia y, por tanto, se crece ante el castigo de la misma forma en que un deportista de élite muestra un umbral de resistencia mucho más elevado que el de cualquier otra persona.

Pero la selección no acaba aquí. Luego llegan las cribas de los ganaderos (vía selección y tentadero), los exámenes veterinarios, la evaluación del trapío… que terminan resultando en la aprobación o descarte del toro. Ya en la corrida, se dan dos pruebas más ante los ojos de todos los espectadores: el puyazo o suerte de varas, con el que el picador prueba la bravura del toro, y el tercio de banderillas, que amplía nuestra capacidad de juicio sobre las capacidades de cada animal. Si el animal huye o no presenta pelea, será devuelto a los corrales y no será lidiado, ya que la corrida es solo para toros bravos. Pero claro, nada de esto interesa a los enemigos de las corridas, que prefieren hablar del toro bravo como si se tratase de un animal indefenso e inválido… Nada más lejos de la realidad.

Por último, no olvidemos que el pensamiento en el que se inspira buena parte del movimiento antitaurino es de corte radical. No me refiero a las escenas de violencia que se vivieron en Bogotá, ya comentadas en el segundo párrafo, sino a las teorías de “liberación animal” en que se inspiran muchos de estos colectivos. Según las mismas, el ser humano esté al mismo nivel jurídico que los animales. De imponerse esta visión, veríamos como primero se prohibirán las corridas de toros, después la caza y la pesca… pero más tarde también llegaríamos a la alimentación vegana por decreto o al freno del progreso sanitario que supondría el fin de la experimentación con animales.

La ética de la libertad

La intolerancia del movimiento prohibicionista debe combatirse con una ética de la libertad basada en el respeto a los demás. En su próximo pronunciamiento, la Corte Constitucional de Colombia debe respetar su propia jurisprudencia y así garantizar el acceso a la cultura taurina, sin privilegios pero también sin discriminaciones. Los enemigos de las corridas de toros son libres de expresar su rechazo, pero no de imponer su visión al resto de la sociedad y tampoco de llegar a la violencia para defender su postura.

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