Así frenaron el crecimiento del gasto público en Irlanda, Canadá, Reino Unido y España

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(Rankia)
Una fórmula de compromiso que merece la pena explorar es la de congelar el gasto público. (Rankia)

La irresponsabilidad fiscal de los gobiernos de medio mundo ha agravado la Gran Recesión mediante una irresponsable acumulación de déficits fiscales que terminó generando una crisis de deuda. Las enseñanzas del pasado han vuelto a caer en saco roto y nuestros dulces estranguladores han decidido cargarnos con miles y miles de dólares de deuda pública, escudándose, por supuesto, en que lo hacen por nuestro bien

Tampoco ayuda el ciclo político tan cortoplacista en el que nos movemos. Por otro lado, como el grueso del gasto público está comprometido en programas asistenciales que crecen de forma casi automática, la propia inercia parece conducirnos a escenarios de creciente estrés financiero, que terminarán aflorando la insolvencia manifiesta de los Estados del Bienestar construidos sobre promesas de papel. El continuo recorte de las pensiones que están enfrentando los países que mantienen un modelo de reparto es probablemente el mejor ejemplo de esta degeneración.

Pero los liberales, que sin duda tenemos razón a la hora de hacer este diagnóstico, debemos ser capaces de ofrecer soluciones políticas realistas. Evidentemente, la respuesta ideal a los desequilibrios fiscales que estamos sufriendo en el mundo rico y en las economías emergentes sería un programa de austeridad directa, que redujese inmediatamente el gasto público. No obstante, faltan líderes con suficiente coraje y visión para adoptar este tipo de medidas y, de hecho, si acaso aparecen dirigentes así, a menudo vemos que la maquinaria estatal termina, de una u otra forma, frenando sus planes.

Quizá una fórmula de compromiso que merece la pena explorar es la de congelar el gasto público o, en su defecto, limitar su crecimiento a tasas claramente inferiores a las que arroja el crecimiento del PIB. Esta austeridad indirecta implica una resolución más dilatada de los problemas fiscales, pero ayuda a abrir un camino políticamente útil que, en última instancia, logra reducir el peso del Estado en la economía, no a base de recortarlo, sino a base de contener su crecimiento y permitir que el sector privado gane terreno.

 

Un buen ejemplo de este tipo de estrategia fiscal lo tenemos en la Irlanda de la segunda mitad de los años 80, donde el aumento anual del gasto fue del 1.5 %, muy por debajo del crecimiento de la economía. Esto permitió que la ratio gasto público/PIB arrojase una fuerte reducción del 12 puntos. El tamaño del Estado irlandés pasó de ser uno de los más grandes de Europa a figurar entre las administraciones más livianas del Viejo Continente.

Otro caso digno de mención es el de Canadá en los años 90, cuando el tándem, formado por Jean Chrétien y Paul Martin, redujo el crecimiento del gasto público al 0.8 % anual, permitiendo una caída en el peso del Estado equivalente a 9 puntos del PIB.

Reino Unido ha empezado a implementar esta estrategia en los últimos tiempos. Como vemos en el siguiente gráfico, el gasto público se disparó en los años del Gobierno laborista, pero apenas ha aumentado bajo el mando del Partido Conservador. Tanto David Cameron como Theresa May han optado por mantener congelado el peso total de los presupuestos públicos, de modo que el tamaño del Estado sobre el PIB ha empezado a reducirse, pasando del 45 % al 38 %.

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Otro ejemplo similar es el de España, donde la primera legislatura de Mariano Rajoy arrancó con un gasto público del 48 % del PIB en 2012, pero datos del FMI para 2018 anticipan que esta cuota habrá descendido, para finales del 2017, al 40 % . En términos monetarios, el gasto habrá caído un 3 % a lo largo de seis años, un ajuste de 16.000 millones de euros, mientras que el PIB en su conjunto habrá aumentado un 10 % a lo largo del mismo período, un aumento cercano a los 110.000 millones.

No estamos, en absoluto, ante casos impecables de austeridad fiscal, pero al menos se trata de prácticas presupuestarias menos irresponsables que, en última instancia, permiten mejorar el cuadro de ingresos y gastos, lo que, a su vez, le otorga confianza al sector privado. De cara a influir en la esfera pública, este es un camino pragmático que los liberales deben explorar con más confianza.

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