La revolución silenciosa: así se abaratan los bienes de consumo

Si analizamos la riqueza de las personas con la mirada puesta en su capacidad de consumo, encontramos que la pobreza es tres veces menor o que la desigualdad se mantiene en los mismos niveles de hace décadas

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La revolución silenciosa: así se abaratan los bienes de consumo (A)

A menudo estudiamos el bienestar socioeconómico atendiendo a la evolución de los ingresos. Si la renta por habitante aumenta, tendemos a pensar que eso implica una mayor capacidad adquisitiva, y viceversa. Sin embargo, el poder de compra depende también del coste que tienen los bienes y servicios que consumimos.

En las últimas décadas, la globalización ha permitido una explosión sin precedentes en las cadenas productivas. Un mercado tan amplio hace posible abaratar precios y llevar a las masas lo que antes solo eran artículos de lujo. Pensemos, por ejemplo, en la telefonía. A mediados del siglo XX, solo uno de cada dos hogares estadounidenses tenía una línea doméstica desde la que establecer llamadas. Hoy, hasta en los países más pobres de África proliferan los teléfonos móvil, equipados a menudo con internet, reproductor musical, cámara de fotos y otras aplicaciones.

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En el siguiente gráfico, elaborado por Marian Tupy con datos de Michael Cox y Richard Alm, podemos ver cómo se ha generalizado el acceso a todo tipo de bienes, desde la electricidad y el aire acondicionado a las lavadoras y los refrigeradores, pasando también por los ordenadores o los teléfonos inteligentes.

 

Fuente: W Michael Cox and Richard Alm, Onward and Upward: Bet on Capitalism—It Works

 

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Pensemos ahora en un joven que solo gana el salario mínimo y que apenas está ocupado durante los tres meses del verano. En 1973 habría ganado $768 dólares, que hoy equivaldrían a $8,4 dólares por hora trabajada.

Con los precios de entonces, habría comprado una máquina de escribir, una calculadora, una televisión en color de doce pulgadas, una radio y una nevera pequeña. Cuarenta años después, en 2013, el salario mínimo habría reportado a un joven pasante alrededor de $7,3 dólares por hora trabajada, lo cual supondría $3.480 dólares durante un trimestre.

Con los precios actuales, habría podido comprar un iPhone, un iPad, un GPS, una cámara Canon, una impresora HP, una TV de 32 pulgadas y alta definición, un sistema de blu-ray y «home theater», una pequeña nevera, una PlayStation 3, un Kindle, un cepillo de dientes electrónico, una radio despertadora, una radio digital con recepción móvil, una máquina de café y una calculadora financiera.

Ni que decir tiene, además, que la calidad de las aplicaciones de hoy está muy por encima de la observada hace cuatro décadas…

Estos datos son para Estados Unidos, que evidentemente tiene una situación más favorable que el resto de países del Planeta. Sin embargo, también es cierto que el mercado americano sirve, a menudo, como punta de lanza para la llegada de nuevas tecnologías al resto del globo. Pensemos, por ejemplo, en lo que ha ocurrido con la telefonía inteligente. Se desarrolló inicialmente en Estados Unidos, pero en unos pocos años se generalizó a nivel mundial.

Si analizamos la riqueza de las personas con la mirada puesta en su capacidad de consumo, encontramos que la pobreza es tres veces menor o que la desigualdad se mantiene en los mismos niveles de hace décadas. Por tanto, es importante replantear el debate y centrar el análisis en la revolución low cost que ha permitido en las últimas décadas la economía de mercado globalizada.

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