El valor del dinero: experiencias en Argentina y Venezuela

Una sociedad en donde los individuos no estén en plena libertad de crear su propio dinero y tomar sus decisiones sobre qué harán con el y a quién lo destinan estará destinada al fracaso

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En Venezuela el sueldo mínimo equivale a siete dólares.(Twitter)

Ocurrió en Alemania después de la Primera Guerra Mundial. El país quedó en un desorden económico tan grande que era más provechoso quemar el dinero en lugar de madera en las chimeneas. Los alemanes trabajaban horas incontables para recibir pagos dos veces al día y correr a los supermercados porque podían cambiar en cuestión de segundos los precios de los alimentos de primera necesidad y los de las medicinas.

El aumento de la masa monetaria eventualmente disparó una inflación vertiginosa y el subsiguiente control de precios los llevó a la escasez y el racionamiento de productos básicos. Todo esto en un intento del Estado alemán para contener los costos de guerra.

En el caso de Argentina y Venezuela, los controles monetarios se implementaron para limitar la fuga de capitales y la inflación generada por el gasto desenfrenado de gobiernos socialistas intentando mantenerse en el poder.

 Experiencias en la Argentina Kirchnerista y Venezuela hoy en día

Cuando se impuso el último control cambiario en Argentina, aun estaba viviendo allá. A los extranjeros nos hacían pagar la renta de los departamentos en dólares, por lo que mi padre me hacía una transferencia todos los meses para poder cubrir eso y mis gastos básicos. La primera vez que fui al banco luego de que se estableciera el control cambiario, fue probablemente la única vez que lloré sin consuelo, y el llanto, por supuesto, era de impotencia.

Bajo el nuevo sistema de control cambiario, las personas no podían recibir divisas en dólares. Por parte del gobierno, la razón para imponer el control cambiario era controlar la fuga de capitales, lo cual en realidad fue contraproducente para la economía porque no habían atractivos para invertir en la Argentina, además de que generó un gran descontento no solo para los extranjeros, sino también para los ciudadanos locales.

Para poder comprar dólares oficiales (fuera del mercado paralelo) los extranjeros debían someter una carpeta ante la Administración Nacional de Seguridad Social (Anses). En el caso particular de los familiares de una amiga, para un viaje de casi tres semanas le aprobaron un total de mil dólares para su estadía. Ni siquiera el dinero propio que tuviera en el banco podría retirarlo en dólares. Los extranjeros que recibieran transferencias en dólares solo podrían retirarlo al cambio oficial, el cual en algunos momentos podía ser hasta 70 % menos del valor al que se conseguía en el mercado paralelo.

Un empleado del banco me informó que habían concesiones especiales que se otorgaban en casos como el mío, por lo que duré un mes yendo al Anses buscando formas de poder recibir las transferencias de manera legal. Sin embargo, cada persona que me atendía lo hacía más difícil y ponían más trabas para recibir una moneda extranjera.

Gracias a la dicha que tenia, siempre habían personas viajando que podían llevar algo de dólares, pero muchos otros estudiantes extranjeros tuvieron que abandonar sus estudios porque no era suficiente con el sueldo que podían recibir como meseros para poder satisfacer sus necesidades básicas.

Cada vez que viajaba me sentía como si fuera una mula o perteneciera a un cartel, pues tenía que viajar con miles de dólares porque nunca se sabía si habría alguien viajando a Argentina en los meses siguientes. Aunque a nosotros, los extranjeros, nos favorecía el cambio y podíamos viajar bastante para conocer, daba pena ir al supermercado y ver como las personas pedían de favor que uno pudiera comprar una bolsa extra de azúcar.

La primera vez que fui a Venezuela me pasó algo parecido. Fui a la farmacia y vino una señora a pedirme que le comprara toallas sanitarias, pero con el dinero en la mano. Yo no entendía porqué la señora me estaba pidiendo ese favor si tenia el dinero, luego me contaron que era que el gobierno limitaba la cantidad de toallas sanitarias que se compraban. Meses más tarde, una amiga me pidió una receta para un pastel de manzana y cuando le pregunté  después cómo le había quedado, me comentó que en su país hacía meses que no se encontraban manzanas.

En ambos casos, la escasez de los bienes eran resultado de una economía cerrada en donde el intercambio no se da de manera natural y, por consiguiente, incluso artículos de primera necesidad como una toalla sanitaria son imposibles de ser adquiridos en las cantidades que decida un individuo. El caso de Venezuela es mucho más impactante, y eso que de mi viaje hace unos tres años. Debido a la inflación y la poca posibilidad de importar alimentos que no hubieran disponibles en la farmacia, uno entraba a un supermercado y si lo único que había llegado esa semana era pasta de dientes, entonces de eso estaban llenas las góndolas.

Ese es el gran peligro de dar demasiado poder monetario a un gobierno. Se distorsiona la realidad de los mercados. No se pueden fijar precios, y por lo general la balanza comercial también se verá afectada. No se atrae la inversión al país, los ciudadanos están descontentos y la economía se desploma. El libre albedrío es imprescindible para el crecimiento económico y social. Cuando la oferta y la demanda son las que rigen la producción, distribución y compra de un determinado bien o servicio, entonces están los mercados en armonía.

Una sociedad en donde los individuos no estén en plena libertad de crear su propio dinero y tomar sus decisiones sobre qué harán con el y a quién lo destinan estará destinada al fracaso.

El socialismo y los regímenes totalitarios han llevado a lo peor que puede verse de un humano. Se desincentiva la producción, destruye a los países y qué queda? Un patriotismo vacío, que anhela un país que no existe y que tardaría años en reponerse. Fijémonos en el mismo caso de argentina donde, hoy en día, a pesar que Macri esté haciendo un buen gobierno, todavía no han podido reponer su economía. Los efectos de estas medidas absurdas son difíciles de remediar.

En Venezuela, el dólar está un dólar por más de 200.000 bolívares (dólar paralelo) y el presidente Maduro altera el valor tanto como quiera, paseando a los ciudadanos por una montaña rusa emocional y burlándose en la cara de los padres que con mucho esfuerzo hacen lo que pueden para poder proveer alimento y educación.

El sueldo mínimo equivale a siete dólares, lo es suficiente para comprar harina pan solamente porque está regulado el precio y los productores lo siguen supliendo solo porque corren el riesgo de que lo expropien en caso que decidan no proveer este alimento de la canasta básica a los supermercados.

Lo único que genera este control económico es la amplitud de un sistema corrupto, de una delincuencia desmesurada porque las personas se vuelven capaz de hacer lo que sea por recibir dinero. Lo peor es que las personas de escasos recursos prefieren recibir esas dádivas del gobierno porque son incluso mayores a lo que pueden recibir percibiendo un sueldo como asistente del hogar, por ejemplo. Los pobres quedan sin educación, pero con plasmas en sus casas, mientras que los empresarios quedan desempleados y sin dinero en sus cuentas.

 

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