Colombianos, a organizar la defensa popular del “no” ante los anuncios de Santos

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(Paro) Santos
Al declarar que el No había ganado gracias a “una estrategia de desinformación y mentiras” por parte de la oposición parlamentaria y diversos sectores de la opinión pública, Santos cometió no un error sino una grave falta. (Paro)

Por Eduardo Mackenzie

El presidente Juan Manuel Santos fue recibido por la reina Isabel II, el 1 de noviembre de 2016,  durante el primer día de su visita de Estado al Reino Unido. El pudo hablar, enseguida, ante la Cámara de los Comunes y la de los Lores. Sin embargo, el mandatario colombiano, a pesar de sus frases elogiosas sobre el Reino Unido como “aliado estratégico de Colombia para avanzar hacia la paz y el libre comercio”, no estuvo, lamentablemente,  a la altura de un evento que lo honraba tanto a él como a la República de Colombia.

En su discurso ante los parlamentarios británicos, el presidente Santos no pudo olvidar por un momento sus odios contra gran parte de sus connacionales y lanzó, de nuevo, un manto de duda sobre el voto que ellos habían depositado, el 2 de octubre pasado, en el plebiscito, uno de los acontecimientos democráticos más importante de la historia del país.

Al declarar que el No había ganado gracias a “una estrategia de desinformación y mentiras” por parte de la oposición parlamentaria y diversos sectores de la opinión pública, Santos cometió no un error, sino una grave falta.

Mentir de esa manera a los parlamentarios británicos no es la mejor manera de optimizar las relaciones exteriores de Colombia en el Viejo Continente. Muy pronto los parlamentarios, las autoridades británicas y la prensa europea, sabrán, si no lo saben ya, que el texto de 297 páginas, redactado en secreto en Cuba por las Farc y los agentes de Santos, constituía una amenaza contra el sistema democrático de Colombia y un intento de substituir la Constitución vigente sin respetar las reglas de derecho. Ellos terminarán por saber, o ya lo saben, que por esa razón los colombianos rechazaron de pleno derecho el pretendido “acuerdo de paz” con la organización narco-terrorista, o se abstuvieron de aprobarlo. Tal actitud involucró al 81,3 % del electorado colombiano (más de 28 millones de personas).

Durante ese primer día de visita, Santos no encontró eco a su intento de desconocer la legalidad y legitimidad del plebiscito del 2 de octubre. Nadie le dijo que  votar de nuevo el plan rechazado, o una pseudo reforma del mismo, tendría el apoyo de la Gran Bretaña. “No se le puede preguntar al electorado para luego ir en contra de su voto”, le había dicho unos días antes, a través de la prensa, David Trimble, ex primer ministro norirlandés y premio Nobel de paz en 1998. Empero, con su actuación en Londres, Santos no parece querer seguir ese sabio consejo.

Por el contrario, el presidente Santos omitió decirles a los parlamentarios británicos que el gerente de la campaña del Centro Democrático, quien nunca había tenido nada que ver con la conducción política de ese combate electoral, había retirado sus imaginarias críticas.

Santos calló otro hecho a su importante auditorio: que los dirigentes de las corrientes que ganaron el plebiscito entraron en contacto con Santos, desde el primer momento, para abrir un nuevo proceso destinado a obtener una revisión profunda de los acuerdos cubanos “de paz” afín de impedir que la  organización armada aprovechara el triunfo del No para atacar de nuevo al Estado y a la sociedad.

La visita de Estado fue aprovechada por Santos para realzar su figura y dejar a los colombianos como unos tontos.  El presidente le reprochó a éstos haber votado como lo hicieron: “Sé que es difícil comprender que la mitad de los votantes en mi país no haya apoyado un acuerdo para detener una guerra que nos ha dejado más de 250 mil muertos y cerca de 8 millones de víctimas y desplazados”.

Pero votar por la guerra o la paz no era lo que estaba en juego: lo que preocupaba al país eran las concesiones exorbitantes que Santos había hecho a las Farc, mediante las cuales minarían la política y la economía de Colombia. Santos se presentó, además, como el único jefe político que trata de unir al país y el único que está dispuesto a llegar a un nuevo acuerdo de paz.  ¿Los Lores y diputados de su majestad la reina apreciaron tal parcialidad?

Los dirigentes del Centro Democrático contestaron esa pésima presentación. “Ese señalamiento deslegitima el voto de la mayoría de los colombianos y estigmatiza ante el mundo a las organizaciones y ciudadanos que respaldaron el No”, expresaron en un comunicado el expresidente Álvaro Uribe, el exprocurador Alejandro Ordóñez, la exministra Marta Lucía Ramírez y otras personalidades. “Con esa declaración, el Presidente de la República desconoce el resultado del plebiscito y el mandato popular, y va en la dirección de poner en duda la democracia”, reiteraron. “El presidente debe retractarse de lo que ha dicho, aquí no hubo engaño, que acepte los resultados del 2 de octubre”, pidió el exprocurador Alejandro Ordóñez.

Ante la actitud obstinada de Santos, no le queda otra alternativa al pueblo colombiano que formar rápidamente un frente único de defensa de la Constitución y de los resultados del plebiscito del 2 de octubre. Hay que darle una clara forma organizativa a la inconformidad que despiertan en inmensos sectores, uribistas, conservadores, verdes, abstencionistas  y hasta liberales, los reiterados ataques de Santos al resultado del plebiscito del 2 de octubre de 2016.

Capaz de movilizarse en forma pacífica en cada ciudad y cada rincón del país, ese frente está llamado a hacer respetar la decisión popular del 2 de octubre y a respaldar la apertura de nuevas negociaciones de paz, sin premuras ni amenazas, para llegar con las Farc a un verdadero plan de desmovilización y desarme unilateral real y aceptable por todos. Esas negociaciones no deben convertirse de nuevo en una pesadilla para Colombia, ni tocar la institucionalidad democrática, ni vulnerar la economía de mercado, ni depender de lo que fue escrito en Cuba en condiciones anómalas. Deben ser negociaciones en Colombia, o en un país democrático, y no bajo el control de una dictadura comunista. En esa negociación deben intervenir con plenos derechos y no solo “participar” como dice Santos, las víctimas (y no una selección de víctimas), así como los promotores del No, los partidos políticos, el gobierno y las Farc. Y la refrendación debe ser por el electorado colombiano mismo, no por una cofradía de parlamentarios santistas. El Centro Democrático tiene la palabra, y con él, igualmente, el pastranismo, los grupos cristianos, las organizaciones de víctimas, para darle vida a esa estructura de resistencia y lucha.

 

Eduardo Mackenzie es colombiano, escritor y periodista. Síguelo en @eduardomackenz1

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