El silencioso heroísmo de los empresarios mexicanos

2
Se trata de un paradigma que concibe a los negocios como una labor egoísta y merecedora, cuando menos, de desconfianza; en contraste con las supuestas virtudes humanitarias de las estrategias gubernamentales, universitarias o “sociales”. (All Worlds)
El paradigma que concibe a los negocios como una labor egoísta y merecedora, cuando menos, de desconfianza; en contraste con las supuestas virtudes humanitarias de las estrategias gubernamentales, universitarias o “sociales”. (Flickr)

Por Gerardo Enrique Garibay Camarena

Dato curioso: últimamente he participado en varias conversaciones en línea sobre temas de actualidad, con interlocutores de izquierda y derecha, que a pesar de sus diferencias tienen una cosa en común: eventualmente señalan, con tono de lamentación, refiriéndose al asunto de turno, que “el problema es que se le ve como un negocio”.

Se trata de un paradigma que concibe a los negocios como una labor egoísta y merecedora, cuando menos, de desconfianza; en contraste con las supuestas virtudes humanitarias de las estrategias gubernamentales, universitarias o “sociales”. ¿Será cierto? El tema amerita un par de reflexiones.

La primera es que, bajo esta perspectiva, los problemas ocasionados por “ver  algo como un negocio” se resolverían si dejamos de entenderlo como tal. Eso es falso. La experiencia nos muestra, una y mil veces, que los problemas se solucionan justamente cuando se ven “como un negocio”; es decir, cuando alguien encuentra dentro de ese problema una oportunidad para servir a los demás, ofreciéndoles una solución lo suficientemente valiosa como para que otras personas paguen voluntariamente por ella.

Por el contrario, cuando las ideas son arrancadas del mercado y arrojadas al limbo del supuesto humanitarismo, quedan despojadas de un punto de referencia respecto a su valor, y por lo tanto es imposible saber cuál de las posibles soluciones es la más adecuada. ¿Por qué? Porque, como lo explicó Ludwig Von Mises, donde no hay un libre mercado, no hay un mecanismo de precios; y sin un mecanismo de precios, no hay cálculo económico.

La segunda reflexión es que este rechazo no se inventó en México, es profundamente europeo. Durante muchos siglos, en naciones como la española, las vocaciones de la banca y del comercio estaban generalmente identificadas con los judíos o con los musulmanes y por lo tanto en la cultura popular eran vistas con sospecha, o por lo menos como algo ajeno, aparejado con una interpretación del cristianismo que rechazaba la búsqueda de ganancias bajo la línea de que “es más fácil pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de Dios”.

Dicho fenómeno se refleja a su vez en aquel refrán de la época colonial que proclama: “Iglesia, o mar, o Casa Real, quien quiera medrar,” el cual plantea que los tres caminos para alcanzar el éxito social son: la carrera eclesiástica, la migración hacia el nuevo mundo (para establecerse como terratenientes) o entrar al servicio de la Casa Real, (o sea, de la burocracia). Justamente esa falta de habilidades comerciales y esa obsesión con la burocracia, que se volvieron más notorias conforme avanzó la época del Imperio Español, explica cómo y por qué, este, a pesar de contar con tan inmensos recursos a su disposición, terminó convirtiéndose en un cascarón herrumbroso a la orilla de Europa, mientras que naciones mucho más pequeñas en términos de territorio y población, como los Países Bajos y eventualmente Inglaterra, lograron fortalecerse a través del comercio.

Otro ejemplo proviene de Francia. A finales del siglo XVIII y principios del XIX, los revolucionarios primero, y el emperador Napoleón Bonaparte después, menospreciaron a los ingleses, calificándolos como “una nación de tenderos”, pero, fue justamente esa “nación de comerciantes” la que acabó pateando el muy imperial trasero de Napoleón en la batalla de Waterloo, destruyendo para siempre sus sueños de dominio continental y consolidando el liderazgo de Inglaterra como la principal potencia del siglo XIX.

De regreso en México, la aversión al comercio y a la figura de los empresarios en general, heredada de Francia y España, con aderezos socialistas y betún de demagogia, define a buena parte de la sociedad y la clase política.

Quizá uno de los momentos más simbólicos de este rechazo fue cuando el entonces Secretario de Gobernación, Manuel Bartlett, respondió a las acusaciones de fraude en las elecciones a Gobernador del estado de Chihuahua (en 1986) con un argumento que pasó a ser conocido como el del “fraude patriótico”, por medio del cual el gobierno justificó el descarado robo de la elección señalando en pocas palabras que un triunfo del PAN en Chihuahua le abriría las puertas a tres enemigos históricos de México: la Iglesia, los Estados Unidos y los empresarios.

 

Durante décadas se entendió a los empresarios no sólo como rivales de un proyecto político, sino como “enemigos históricos” de la patria, lo que se tradujo en trabas burocráticas que muchas veces volvieron prácticamente imposible el iniciar una empresa en México, no por simple casualidad de la ineptitud gubernamental, sino como la planeada consecuencia de la desconfianza y el franco rechazo de los ideólogos revolucionarios hacia esos empresarios en quienes veían a peligrosos “agentes de la reacción” o de la burguesía, a los que era necesario destruir y, por lo menos, contener.

Como resultado, durante el priato casi los únicos “empresarios” eran aquellos cercanos a los grupos de poder, generando un “capitalismo de compadres” que a su vez reforzaba en la sociedad los estereotipos negativos en cuanto a la actividad comercial.

Por eso, todavía en 2014, de acuerdo con datos presentados por el Banco Mundial, iniciar una nueva empresa en México requería en promedio de 12 días, aunque con dramáticas variaciones. El estado con trámites más ágiles era Guanajuato (con 5,5 días) mientras que en entidades como Quintana Roo, el iniciar un nuevo negocio implicaba un maratón burocrático de más de un mes y medio. En contraste, en países como nueva Zelanda se requiere de sólo un día, sólo un trámite y una fracción del costo.

Aun así, es necesario reconocer que durante los últimos años hemos visto una notoria mejoría cuanto a la percepción de la gente respecto a los empresarios. Estrategias de comunicación como las de “Pepe y Toño” y “Ana y Mary”, impulsadas por el Consejo Coordinador empresarial, son ejemplo de un cambio en la forma en que entendemos la actividad de los emprendedores, planteada a partir de una cultura del trabajo y no del compadrazgo con los políticos. Esta transformación genera una creciente presión social para reducir la carga de trámites que estos deben enfrentar.

La buena noticia es que dichos esfuerzos están dando resultado. De acuerdo con el reporte Doing Business 2016, publicado hace algunas semanas, México está en el lugar 38 a nivel internacional en cuanto a la facilidad para hacer negocios, lo que significa un drástico avance de 15 posiciones,respecto al sitio 53, que ocupaba en 2014. Y eso es una muy buena noticia.

Para acabar pronto, es cierto que el heroísmo de abrir la tienda todos los días por la mañana, y de buscar mejores productos o servicios que brindarles a los consumidores, no tiene las cualidades dramáticas de una carga militar, pero en muchas ocasiones ese callado heroísmo del emprendedor resulta más útil, y mucho más noble que cualquier epopeya de sangre, espadas y tripas.

Para acabar pronto, sin importar cuál sea el problema, las mejores soluciones sólo se construyen en un entorno de libre mercado, donde el cálculo económico nos permite conocer el valor de cada opción, y donde las más adecuadas se convierten en un “negocio”, en que ambas partes ganan, por el bien de todos.

 

Gerardo Enrique Garibay Camarena es alumno del Doctorado en Derecho de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla.

Comentarios