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Cien años de soledad: la novela más sobrevalorada de la historia

Por: Escritor Invitado - Ago 5, 2017, 2:27 pm
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Encuentro que la ejecución concreta de ese proyecto es casi totalmente exánime. (Twitter)

Por Alejandro Jenkins Villalobos*

Aunque son muchos los críticos eminentes y respetables que la han catalogado como una de las mayores novelas jamás escrita, personalmente encuentro que Cien años de soledad es débil, incluso comparada con otras de las novelas de Gabriel García Márquez (mi favorita es El general en su laberinto). Aunque me considero una persona culta y versada en la literatura en español, me tomó un esfuerzo considerable para poder acabarla, y solo pude pasar de las primeras cincuenta páginas en mi sexto intento.

No cabe duda de que la idea detrás de Cien años de soledad, crear una saga mítica para la Latinoamericana independiente, es atractivamente ambiciosa; pero encuentro que la ejecución concreta de ese proyecto es casi totalmente exánime. El problema fundamental está en que prácticamente no hay ningún personaje en la novela que pueda despertar verdadero interés en el lector, o que siquiera tenga una personalidad bien definida (solo la chacaca Fernanda del Carpio, con sus locas ínfulas aristocráticas y catolicismo fanático, me pareció un personaje más o menos convincente).

El propio García Márquez debe haber estado consciente de esto, porque repite los mismos nombres, hasta que uno ya ni sabe bien quién es quién (más de una vez me faltó la energía para detenerme a desenredar de cuál Aureliano o José Arcadio se trataba). Pero esto es una enorme debilidad en una obra literaria, que me recuerda al chiste de Evelyn Waugh en Decline and Fall sobre una película vanguardista que fracasó en la taquilla por “su austera exclusión de todo personaje humano”.

Quizás una trama suficientemente interesante podría sobreponerse a esto, pero la verdad es que la historia que se cuenta en Cien años es casi tan inerte como sus personajes. El mundo que se pinta en la novela es no solo física, sino también moral y emotivamente irreal. Hasta el supuesto clímax del libro, la masacre de tres mil trabajadores bananeros (episodio inspirado por un controvertido acontecimiento en la historia moderna de Colombia, la Masacre de las bananeras en 1928), le acaba pareciendo a uno otra arbitrariedad narrativa, en el mismo plano que la plaga de insomnio, o el que lluevan flores amarillas sobre Macondo.

Hay otro aspecto de Cien años de soledad (por cierto, ¿qué significa ese título?) que no dejó de molestarme por un largo tiempo, sin que pudiera decir yo exactamente de qué se trataba. Ahora me percato de que es la manera tan artificial en que García Márquez recluta a la historia de la ciencia (¡de entre todas las cosas de las que podría haber echado mano!) en su empresa de establecer un mito.

 

Me doy cuenta ahora de que ese es, en realidad, un vicio característico de la intelectualidad colombiana moderna. En un grado quizás aún mayor que el de otras naciones latinoamericanas, Colombia tiene una historia sangrienta y opaca, en que suele ser difícil siquiera entender por qué una facción estaba matando a otra en un momento dado. Tradicionalmente, esto ha alimentado la esperanza de encontrar una clave esotérica que revele la significado oculto detrás de esta historia (de ahí la importancia enorme que tradicionalmente ha tenido la masonería esotérica en Latinoamérica, por mencionar solo un ejemplo).

Hace poco me topé con esta entrevista a Jorge Arias de Greiff, ingeniero y exrector de la Universidad Nacional de Colombia, en la que el entrevistado hace la extraña reclamación de que la historia de la ciencia (Arias de Greiff ha escrito extensamente sobre la historia de la astronomía) “puede ayudar a arreglar las cojeras de la historia patria; que a lo mejor la historia de la ciencia ilumina aspectos confusos de la otra historia.”  No se detiene a explicar cómo podría darse tal cosa, que me parece muy improbable en vista del papel mucho menor que la ciencia ha jugado en Latinoamérica, comparada con otras partes del mundo occidental.

Sospecho que las esperanzas de Arias de Greiff están subconscientemente asociadas a un sentido de que las graves obscuridades propias de la actual práctica académica de la historia de la ciencia pueden ofrecer un nuevo y secular esoterismo que reemplace a los viejos y desacreditados esoterismos con los que los intelectuales latinoamericanos tradicionalmente han buscado iluminar sus dolorosas historias patrias. Y creo que esta es al menos una parte de la respuesta a una de las preguntas que más me inquietó cuando finalmente conseguí terminar de leer Cien años de soledad: ¿qué es, exactamente, lo que están haciendo ahí o lo que puedan querer decir en su contexto las alusiones sostenidas al heliocentrismo, la alquimia, los imanes, la refrigeración, etc?

Cien años es, obviamente, la obra cumbre del realismo mágico, ese movimiento que fuera tan exitosamente comercializado a nivel internacional después de los años sesenta como marca de la nueva generación de autores latinoamericanos. Al fin de las cuentas, yo encuentro que ese realismo mágico es en buena parte un fraude.

Para comenzar, no hay nada novedoso en introducir elementos fantásticos en las narrativas: Borges (en mi opinión un escritor incomparablemente mayor que García Márquez) subrayó que la literatura fantástica es tan vieja como el lenguaje humano. Es cierto que las técnicas específicas del realismo mágico permitieron capturar ciertos aspectos de la cultura latinoamericana tradicional (por ejemplo, el conflicto entre los deseos de ser parte del mundo moderno y de mantener una identidad propia, el sincretismo entre el catolicismo y las religiones animistas, la percepción de una continuidad entre los mundos de los vivos y los muertos, etc.) y que el éxito de esta corriente ayudó a liberar a los autores latinoamericanos de las rígidas líneas ideológicas del “realismo social” practicado por la mayor parte de la anterior generación literaria. Pero, aunque la literatura no obedece a un lógica rigurosamente científica, psicológica o política, sí tiene que obedecer a su propia lógica literaria, y esto requiere de una disciplina artística que no se puede tirar por la borda simplemente invocando la licencia de escribir “realismo mágico”.

*Alejandro Jenkins Villalobos es doctor en física teórica de Caltech y profesor de la Universidad de Costa Rica.  Este texto fue previamente publicado en inglés en su página de Quora.