1959 o el año de la debacle cubana

1959 fue el final de nuestra corta República. Desde entonces, los cubanos no tenemos país. Sólo una pelea contra los demonios de una nacionalidad incompleta, herida, fragmentada, ilusoria, inexistente.

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Con 1959, Gayol Mecías quiere aportar sus hallazgos a las imágenes de la Cuba desarmada. (Youtube)

Por Luis Leonel León

El año 1959 marca no el inicio, como suele decirse, de la más profunda y larga desgracia de los cubanos, sino la victoria del anhelo revolucionario, que otras guerras verdaderas —no su último simulacro— y reiteradas revueltas, habían comenzado mucho antes, a veces sin saberlo. 1959 fue el final de nuestra corta República. Desde entonces, los cubanos no tenemos país. Solo una pelea contra los demonios de una nacionalidad incompleta, herida, fragmentada, ilusoria, inexistente. E imaginada, como advierte Manuel Gayol Mecías en su reciente libro, no en balde titulado 1959 (Neo Club Ediciones-Palabra Abierta Ediciones).

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10 años le tomó redactar este ensayo, cuyo título no podía ser otro. 1959 es un año que marca a los cubanos. Y no se trata de historia: aún 6 décadas después, es una realidad. Una espantosa realidad, intensamente defectuosa, que nos toca las narices con absoluta desfachatez y perversidad sociológica. Y aunque nuestro espíritu se niegue a creerlo, o incluso a aceptarlo, no son pocas las veces en que, dentro y fuera de la isla, sentimos que, a pesar de sus amagos y señales, este fantasmal epílogo que nos parece vivir —vivir y morir a cada rato— pudiera otra vez enredarse en el largo y tortuoso camino de alegres murallas, tales como la esperanza, el desespero y la imaginación. El yin y el yang de nuestros intentos perdidos. Ojalá nuestra agenda de golpes y eternos retornos se equivoque. En eso andamos, desde 1959.

Gayol Mecías lo sabe. Por ello, entre la espada y la pared, entre la certeza y la incertidumbre, ha escrito esta larga lista de tribulaciones del cubano moderno. Que no solo habla de los cubanos. Imagina a los cubanos. Indaga en cómo hemos andado como nación, cómo hemos sido vistos e imaginados, con aciertos y desaciertos, con intereses y desintereses, que no son pocos. Expone qué ha sido de esa imaginería, que el realismo socialista ha transformado en una gigantografía del tamaño de la isla, de donde aún, sin el Muro en Berlín ni la Unión Soviética, para la mayoría, entre mitos y realidades, es casi imposible escapar. Una isla que pareciera flotar, pero que no va a ninguna parte. Una ilusión, si acaso una intención a medias, disfrazada de país.

Con un lenguaje donde confluyen el ensayo y la poesía, la historia y hasta el relato, Gayol Mecías aporta su visión de lo que somos, lo que hemos sido y, en buena medida, lo que no hemos logrado ser los cubanos, a pesar de que digamos, o digan otros, lo contrario. Entre sueños y gestas, sangre y carnavales, prisiones y éxodos, riesgos y dobleces, sumas y restas, verdades y mentiras: en este libro, reflejo de una reflexión sobre nuestra historia, una vez más es posible comprobar nuestra insular receta de carencias, y defectos, a los que el autor le dedica buena parte. Mientras Gayol Mecías escribía (me aventuro a decir que desde antes), comprendió que “el hecho de analizar nuestros defectos, al tiempo que le hablo al cubano descalzo, era (y es) el mejor favor que podemos hacernos a nosotros mismos”.

Esto confiesa: “Desde hace unos diez años, vengo pensando en lo difícil de abordar este tema, puesto que he estado convencido de que lo primero es encontrar y definir cuáles son nuestros defectos y las principales connotaciones que hacen una imagen más justa de nosotros mismos, pues de alguna manera, la imagen es el significante del significado que debemos ser”.

Pensamientos, bibliografía, hechos, contextos, conceptos, metáforas, memorias: son recogidas aquí por un cubano que no vive en Cuba, pero que, como otros dos millones (aunque ciertamente no con la misma intensidad y perspicacia), no ha dejado de vivir en la Cuba imaginada, por muy brutal que sus nostalgias sean. Pues el arsenal de anhelos, hablando de Cuba, es fácil de percibir, de imaginar. Varias de sus imágenes posibles, con el lente poético de Lezama Lima, y con la preocupación pedagógica de su autor, son retratadas, perseguidas, reinventadas en un ensayo, al que no quiere, no puede, ponerle punto final. Su objetivo es atávico e inexcusable: “Saber de dónde venimos, quiénes somos y hacia dónde vamos”.

Con 1959 (cuyo subtítulo es Cuba, el ser diverso y la isla imaginada), Gayol Mecías quiere aportar sus hallazgos a las imágenes de la Cuba desarmada. Sabe que nuestra nación está inundada de “lagunas de olvidos”, y, por eso, su libro es también una forma de luchar contra el olvido: crear y rescatar palabras, imágenes posibles, contra seis décadas de olvidos.

El “espejismo de la Revolución”, es decir, su insustancial, pero a la vez poderosa tropología, es una imagen cardinal en este libro. “Los mitos políticos son creadores de imágenes y esas imágenes, interrelacionadas, dan lugar a espejismos”, asegura Gayol Mecías, quien ensaya en lo que considera los cinco mitos fundacionales de la Revolución castrista: el de “Robin Hood”, la “Isla de la Utopía”, “David contra Goliat”, la “isla bloqueada por el imperio” y el “invencible Comandante en Jefe”. También menciona otros mitos que sustentan la autocracia socialista, provenientes de los discursos de Fidel Castro: “El genio está en las masas. El genio es masivo”; “patria o muerte, venceremos”; “al socialismo le debemos todo lo que somos hoy”; “a la Revolución no hay quien la detenga”; “toda nuestra acción es un grito de guerra contra el imperialismo”; “vamos a crear riqueza con la conciencia y no conciencia con la riqueza”, entre otros.

La Cuba de antes de 1959 es uno de los dolores y realidades históricas de las que zarpa Gayol Mecías para ensayar, que no es otra cosa que pensar, su nación. Que además de imaginada también reconoce rota, interminada, vilipendiada por una propaganda que ha ayudado a perpetuar el caos y la miseria en la isla, y el desconocimiento, y hasta no pocos desapegos, en el resto del mundo.

“Cuba no ha sido un referente de ejemplaridad durante la dictadura castrista, sino que —por el contrario— ha sido una devastadora avalancha de empobrecimiento y su referente se ha invertido en relación con lo que era antes de 1959. Si Cuba fue un ejemplo a imitar para otros países, en cuanto a calidad de vida, lo fue antes de 1959. La supuesta Revolución cubana siempre se ha autoproclamado, desde su inicio, como un referente de avanzada (…) cuando en verdad ha sido todo lo contrario, como he dicho, aun cuando la publicidad de la izquierda ha coadyuvado a proyectar su mito de una manera muy siniestra, valga la redundancia (…). A partir del año 1959, este estatus de referencia se ha invertido y la Isla ha pasado a ser un referente de pobreza en todo sentido”, señala el también autor de La penumbra de Dios y Viaje inverso hacia el Reino de Imago, entre otros títulos.

De esa Cuba, recuerda el ensayista, con todo el peso de la historia como cimiento: “Era un referente en tanto ejemplo a imitar por haber sido síntesis de lo posible en este continente, como ya Fernando Ortiz lo constataba, en otro sentido, al señalar que Cuba era modelo de transculturación —y la transculturación resultaba ser, a su vez, un abanico de posibilidades por la rapidez del cruzamiento de razas en la Isla, y porque el cubano en la década de los años 50 contaba ya con una excelente asimilación empresarial y tecnológica de todo lo que entraba al país procedente principalmente de Estados Unidos. Hasta que en 1959 comenzó la debacle”.

Gayol Mecías es un poeta. Por eso, incluso ante el horror petrificado que marcha por su nación en triste manada, ha preferido hablar de imágenes. No podía dejar de dedicarle, con paciencia de 10 años, capítulos a imágenes tales como el ajiaco de los genes, la utopía de la imperfección, los bufos con imaginación, la prostitución insular, la burla, la supervivencia, la pachanga, las lágrimas, el relajo, el desdoblamiento, la imaginación frustrada y los rejuegos del poder, y otros tropos que nos acompañan a los cubanos, con imponente presencia, como chasquidos en los ojos, sobre todo desde 1959.

Hablamos de un libro que ama profundamente a Cuba. Que se niega a permitir que las imágenes construidas por la propaganda revolucionaria supriman por completo la ya casi borrada historia de antes de 1959 y mucho de lo que hoy se fermenta y arde en las calderas del socialismo real. Al ser escrito ahora, 1959 no presenta a Cuba como la palabreada isla solitaria de los años nebulosos 60. La recorre hasta su impacto en Latinoamérica, con los satélites cubanos del llamado Socialismo del siglo XXI, que no es más que el nuevo maquillaje de las dictaduras de izquierda en Latinoamérica, con el castrismo en la cabeza del pulpo, y a quienes considera menos peligrosas que la matriz del fenómeno: el gramscismo. Esa estratagema seudointelectual para esconder narcoestados y justificar la imposición de la violencia, la demagogia, el terror, la miseria material y espiritual.

Hay mucho más en las 400 páginas de 1959. Cuba, el ser diverso y la isla imaginada. Creo que a todo el que le interese Cuba, ya sea para aprender, inspirarse, asentir o discutir (ese estado que tanto nos gusta a los cubanos), le llamará la atención este libro de Gayol Mecías. Un cubano que se ha atrevido, otra vez, ya no solo a hablar de los cubanos —eso no es noticia—, sino, sobre todo, a pensar los cubanos. Lo cual siempre es un riesgo.

(Palabras de presentación del libro “1959” en el X Festival Vista de Miami, el 15 de diciembre 2018).

Luis Leonel León es periodista cubano radicado en Miami. Escritor, productor y cineasta. Columnista en diarios de Estados Unidos, Latinoamérica y España. Síguelo en @LuisLeonelLeon.

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