Política para individuos, no géneros.

Las exigencias manifestadas a través de la "ley de cuotas" se alejan de las intenciones originales del liberalismo y del verdadero empoderamiento femenino.

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No es gracias a rebuscadas leyes, sino a la libertad, que la mujer triunfa.
(Fotomontaje: PanamPost)

Por María Oropeza*

La sociedad actual se ha distorsiando a tal punto que la creación de grupos y movimientos en defensa de los considerados «más vulnerables», a menudo termina por socavar las libertades de la real minoría: el individuo.

Una sociedad donde lo políticamente incorrecto resulta ser un sacrilegio y la defensa del individuo una total condena: esa es la principal característica de algunos colectivos que insisten en alcanzar derechos obtenidos hace ya varias décadas, al menos en Occidente.

Aquellos que en su momento lucharon por la reivindicación de los derechos de la mujer (que exigían el mismo trato ante la ley que los hombres) lograron demostrar que éstas eran capaces de independizarse y de protegerse a sí mismas, además del derecho al  voto y la píldora, por ejemplo. Esto siempre significó fortaleza, no debilidad; igualdad ante la ley, no privilegios; independencia, no proteccionismo.

Son las libertades económicas, políticas y civiles (pero también la libertad de equivocarse y enmendar) las que hoy tienen a las mujeres triunfando en las empresas, mercados, y – desde luego – en la política, siendo esta última el área más cuestionada.

En pleno siglo XXI, se llevan a cabo luchas en Occidente como si nuestro caso fuese el de Oriente; planteos que van por encima de otros solo por el género y que no son reivindicativos, sino caprichosos e inocuos para el verdadero empoderamiento femenino.

Un ejemplo de estas demandas son las cuotas, que insisten en repartir igualmente cargos públicos entre hombres y mujeres, anulando la competencia sana, las habilidades e inteligencia. Sabemos que tenemos el mismo trato ante la ley en lo que refiere a la defensa de nuestras libertades individuales (vida, libertad y propiedad) pero es menester advertir que hay áreas donde algunos se desenvuelven mejor que otros, y que esto nada tiene que ver con el género, sino con la capacidad, preparación y estrategias.

La lucha por la ley de cuota se ha convertido en la  principal bandera de algunos movimientos feministas y al mismo tiempo, en el gran obstáculo para quienes se desenvuelven en política, un mar de tiburones que en vez de fortalecer, sensibilizan y victimizan.

Las cuotas no son garantía de llegar a ocupar cargos públicos o de relevancia, lo que se ha logrado es que nos  vean como discapacitadas que necesitan derechos especiales, cuando lo único que necesitamos es libertad.

Afirmar esto en una sociedad donde lo políticamente incorrecto es una alta ofensa, termina por excluirte o ser blanco de descalificaciones como «víctima del patriarcado», acusando y condenando el derecho a disentir, pues quien no esté de acuerdo con las reivindicaciones de estos pequeños movimientos, automáticamente es atacado y marginado; entonces, ¿de qué igualdad hablamos?
La realidad es que hay una lista larga de mujeres que sin importar su género, derechos especiales o privilegios, hoy están triunfando por sus virtudes y no por lo que un papel con letra muerta exija como mandato.

Es vital recordar, además, la teleología original del liberalismo, el porqué de su concepción: abolir una sociedad en la que no existía equidad, en la que ley promovía y defendía desigualdades. Volver a abogar por la creación de leyes que las destaquen, que brinden tratamientos especiales a determinados grupos, atenta frontalmente contra los principios liberales, contra la república, contra la tradición institucional de  Occidente y, más grave aun, contra el mismo individuo.

Como afirmaba Aynd Rand, “la minoría más pequeña del mundo es el individuo. Aquellos que niegan los derechos individuales no pueden pretender además ser defensores de las minorías”.

No es con leyes especiales que lograremos nuestros objetivos personales, es con libertad que se demuestra el talento y el talante para prosperar. La política (y la vida en general) es ruda, dinámica y cambiante; de nadie más que de nosotros mismos depende cómo afrontarla. De nosotras depende si levantarnos o victimizarnos, si exigir privilegios o luchar por la libertad, si estancarnos o avanzar. ¡Avancemos!

 

 

* María Oropeza es abogada y coordinadora juvenil de «Vente Venezuela».

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