La sociedad parasitaria de Hugo Chávez

Cuba y Venezuela han desarrollado actitudes equivalente a la de los parásitos, y hemos pagado un alto precio por ello.

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Cuba y Venezuela: dos países que desarrollaron una relación tóxica con millones de víctimas fatales.
(Foto: Flickr)

Por Emmanuel Rincón*

Un parásito es un organismo que se alimenta de las sustancias elaboradas por otro ser vivo para sobrevivir, residiendo en su interior o superficie, causándole al anfitrión una enfermedad o muerte sobrevenida. Los parásitos se caracterizan por ampliar sus capacidades de supervivencia adaptándose a nuevas especies con el fin de cubrir sus necesidades básicas y vitales. Este proceso puede crear la dispersión de propágulos (planta, hongo o bacteria) capaz de desarrollarse por su cuenta, e ir creando así nuevos parásitos.

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El caso venezolano no es solo sujeto de estudio, sino también de terror. Los parásitos han existido siempre, pero que lleguen a dominar el cuerpo que habitan, es algo que solo se veía en las películas de Hollywood con guiones paupérrimos, o, en su excepción, en caricaturas.

Pues bien, no tan lejos de la realidad, el parásito de Fidel Castro fue mutando e instalándose en cuerpos muchos más grandes para sobrevivir. Durante décadas, se mantuvo de la sangre que chupaba de la Unión Soviética, pero tras la caída del muro de Berlín, su gente pasó hambre, hambre que solo era paliado por dinero ilegal correspondiente a mafias, armas, y otros procedimientos turbios. Sin embargo, las condiciones de vida eran muy deprimentes, y entonces Fidel conoció al que sería su nuevo huésped: Hugo Rafael Chávez Frías, que a su vez se instalaría sobre el cuerpo de Venezuela.

Como todo parásito sigue siendo un organismo, puede verse convertido a su vez en hospedador de una tercera especie. Al parásito que parasita otro parásito se le suele denominar «hiperparásito», un ejemplo de ello son los virus satélites, que requieren a otros virus para reproducirse.

Al ver a este jugoso parásito, los ojos de Fidel brillaron. De todas las garrapatas políticas en la tierra, Hugo Chávez era la que más sangre tenía para extraerle, y sin haber asumido el poder, el líder de La Habana ya se le había montado encima. Desde entonces, tomó el control de quien a su vez se apropió de Venezuela, allí el problema apenas estaba comenzando.

Las células parasitarias comenzaron a expandirse, se propagaron a través de una coalición política llamada PSUV, y lentamente fue mutando en toda la sociedad y regándose por el continente. En el año 1998, a pesar de las dificultades presentes en el país, Venezuela era uno de los países más desarrollados de la región, con la mejor nómina pública universitaria del continente, con uno de los ingresos per capita más elevados de América Latina, unas condiciones de vida muy por encima de la media en la región, y con una democracia que, con todos sus desaciertos, ya alcanzaba los 40 años de institucionalidad.

Un año después, todo esto cambió: el precursor de las sociedades parasitarias se instaló en el poder, y empezó a promover políticas de estado con la finalidad de convertir a los venezolanos y a los pueblos de América Latina, en parásitos.

Del petróleo venezolano se alimentaron más de una docena de naciones durante más de una década: Bolivia, Nicaragua, Cuba, Argentina, Ecuador, Brasil, Uruguay, Guyana, Surinam, Trinidad y Tobago, Dominica, San Vicente y las Granadinas, Haití, Granada, El Salvador, Antigua y Barbuda, entre otras. Estos países, a su vez, apoyaban las políticas del cuerpo anfitrión, para que siguiera alimentándolos.

Esta cultura parasitaria en un concepto macro, también se trasladó al micro y fue propagando el virus dentro de la población venezolana. El discurso de la garrapata mayor era muy sencillo: ustedes no se preocupen por trabajar ni producir, yo los alimentaré, ustedes solo tienen que votarme, y yo les daré de mi sangre. Un buen número de venezolanos compró la vida parasitaria, y a los que no lo aceptaron, comenzaron a atacarlos y a destruirlos, con un virus tan fuerte propagándose y sin las medicinas adecuadas, aquel que se opusiera a la dinámica del parásito, moriría o se tendría que ir del Estado de la garrapata mayor.

De esa manera fueron pasando los años, hasta que el primer parásito (Fidel), chupó tanto la sangre de su receptor (Chávez), que lo mató. Sin embargo, como buen parásito dotado de cualidades extraordinarias para la supervivencia, encontró otro organismo del cuál alimentarse que pudiera satisfacerlo: allí apareció Nicolás Maduro.

Nicolás Maduro pasó a convertirse en el parásito mayor, pero la Venezuela de la cual todos chupaban, ya estaba sumamente enferma, ya no le daba la sangre para alimentar a tanta escoria y empezó a morir; los parásitos empezaron a emigrar, y los pocos organismos vivos que en ese territorio sobreviven, lo hacen bajo condiciones paupérrimas.

Cuando los parásitos comenzaron a desprenderse, de pronto a las islas del Caribe y a los países de Sudamérica, ya no les pareció tan buena idea apoyar el concepto de Estado parasitario, sobre todo, porque ahora ellos mismos estaban sufriendo los efectos del parasitismo, pues cuando las bacterias ya no encontraron un lugar apropiado en el cual desarrollarse, debieron emigrar y expandirse por toda América Latina y el mundo (incluyendo a quien escribe).

Los venezolanos, queriendo o no, terminamos convertidos en parásitos, en parias, gracias a las políticas de la garrapata mayor, recorriendo diferentes latitudes y entornos, abandonando nuestras raíces, y separándonos de nuestros óvulos para poder alimentarnos. Afuera o adentro, lamentablemente, hoy los venezolanos son esa polilla que se reproduce y causa desagrado, así se diga abiertamente o no, y el cerebro de toda esta operación, nació, creció y se desarrolló en La Habana.

Las claves de la cultura y las sociedades parasitarias siempre inician en el resentimiento y la lástima, no hay mayor generador de desigualdad en el mundo que estos dos sentimientos unidos, pues entre ambos son capaces de generar la mayor actitud parasitaria ante la vida: el imperio es malo, allá tienes que trabajar, yo te doy todo gratis y puedes depender de mí. De esa forma inician las relaciones de dependencia, una relación parasitaria, que no es autosustentable y siempre termina en enfermedad, tiranía, aberración o muerte.

No hay mayor daño que se le pueda hacer a un individuo o a una sociedad, que hacerles creer que ellos por sí solos no pueden, que necesitan de alguien o algo más, este es el mayor generador de pobreza en la historia de la humanidad, y por supuesto, el mayor repartidor de miserias.

Sientan miedo cada vez que alguien les prometa regalarles todo sin hacer ningún esfuerzo, desconfíen de los que prometen mucho a cambio de nada, pues estos individuos siempre terminan fecundando parásitos que chupen de ellos, pero que a su vez les permita mantener una relación de poder y dependencia.

Para alcanzar el progreso los seres humanos deben ser autónomos, individualistas, productivos: el colectivismo es el camino más rápido a la perdición. En Cuba, de 11 millones de habitantes, solo 4 millones trabajan, los demás practican la vida parasitaria, y las consecuencias están a la vista.

Si todas las especies animales son capaces de proveerse sus propios alimentos y ser autosuficientes, ¿por qué los humanos no pueden hacerlo? ¿Por qué deben esperar a que alguien más les diga cómo, cuándo y qué deben comer?

En la actualidad la mayoría de parásitos que una vez invadieron Venezuela, evolucionaron y encontraron nuevas formas de subsistir. Sin embargo, hay un parásito que no evolucionó y que sigue a diario chupando la sangre de Venezuela y todos los venezolanos. Ese parásito se llama “Cuba”, y hasta que no se lo logre despojar de la superficie de Venezuela, difícilmente se llegue a superar la enfermedad que causa.

La razón de todo esto es muy sencilla: este parásito no tiene más cuerpos para alimentarse, Venezuela es su última esperanza. Es por ello que este gran parásito ha enviado pequeños piojos y garrapatas a cuidar del anfitrión. Si la sociedad parasitaria muere en Venezuela, el statu quo de Cuba desaparecerá por completo, es decir, la cadena se romperá, el parásito mayor habrá muerto.

Los venezolanos queremos dejar de ser parias, queremos dejar de ser parásitos, queremos evolucionar, como lo hicieron otros parásitos en el pasado. La cura contra esta enfermedad, contra este grave parasitismo es una sola, y esa involucra el atacar a los parásitos invasores con un ejército de probióticos provenientes del norte, esto en vista de que por las buenas los parásitos no se han querido ir.

Habiendo desalojado las bacterias solo queda una misión por realizar: no permitir más nunca que Venezuela se convierta en una sociedad parasitaria.

*Emmanuel Rincón es abogado y escritor venezolano, autor de cinco novelas, con un grado en Modern Masterpieces of World Literature de Harvard University.

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