La vida antes del impuesto a las ganancias

Un repaso por la historia del impuesto a las ganancias nos revela que esta desesperada maniobra gubernamental no es nueva ni está justificada

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¿Cuál es la naturaleza del impuesto a las ganancias? (Imagen: Flickr)

Por Martín Litwak

Si una persona que vivió en el siglo XVII reviviera, se sorprendería principalmente al ver los medios de transporte y las formas de comunicación que utilizamos en la actualidad.

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Probablemente, las cosas que le resultarían más familiares, serían los hospitales y las escuelas. En lo personal, pienso que lo que más asombro causaría a una persona que vivió en aquella época, es que hoy en día los Estados quiten compulsivamente a los individuos parte de lo que han producido.

Es que, contrario a lo que muchos piensan, el Impuesto a la Renta o Impuesto a las Ganancias es un «invento» reciente que fue establecido – en la mayor parte de los casos – como un impuesto de emergencia para solventar gastos extraordinarios, pero que luego quedó como una manera de financiar los crecientes déficits fiscales de Estados cada vez peor manejados, corruptos y endeudados.

Repasaremos a continuación, dos ejemplos significativos.

Reino Unido

Luego de siglos cobrando impuestos puntuales y bastante llamativos (i.e. impuesto a las chimeneas, impuesto a las ventanas, impuesto a la malta, entre otros), el impuesto a las ganancias fue introducido en el Reino Unido por William Pitt en 1798, y se comenzó a pagar a partir de 1799. El objetivo no fue financiar gastos originarios del Estado sino las guerras napoleónicas.

Por entonces, ningún otro país cobraba impuesto sobre las ganancias generadas por sus ciudadanos. Estados Unidos, por ejemplo, recién comenzaría a cobrarlo con interrupciones más de 60 años después y en forma definitiva recién a partir de 1913.

El mínimo no imponible en el Reino Unido de finales del Siglo XVIII equivaldría a unas 6 000 libras de hoy y la tasa máxima era de 10 %. Solo se pagaba por renta local, lo cual era bastante lógico.

Por entonces, el impuesto a la malta cubría prácticamente el 10 % del presupuesto del Gobierno.

Esta primera versión del impuesto a las ganancias estuvo vigente solo tres años, ya que se derogó – lógicamente – tras la paz de Amiens.

Henry Addington, que había sucedido a Pitt en 1801 y había sido quien lo había eliminado al firmarse la paz con Francia, volvió a restablecerlo en 1803 cuando los problemas con el país galo resurgieron. Se mantuvo vigente hasta la batalla de Waterloo. Cuando el impuesto se volvió a abolir, se decidió quemar todos los archivos que lo referían debido a la vergüenza que sentían los ingleses de haber establecido y cobrado semejante impuesto.

Desde 1817 hasta 1842 no existió el impuesto a las ganancias en el Reino Unido, así como tampoco en ningún otro país.

Pese a criticar este impuesto en la campaña de 1841, el primer ministro Robert Peel lo volvió a introducir en 1841, ya no para financiar guerras, sino para cubrir el déficit del Gobierno.

Esta vez, el mínimo no imponible fue más del doble del anterior y la tasa rondaba el 3 %.

La Gran Guerra fue la excusa perfecta para aumentar las alícuotas. Así, las mismas subieron al 17,5% en 1915, al 25 % en 1916 y al 30 % en 1918.

Para poner esto en contexto, por entonces el único otro país con impuestos a las ganancias era Estados Unidos, que –como se dijo– lo había restablecido en 1913, con una alícuota del 1% para ingresos superiores a 20 000 dólares.

El sistema se fue modernizando con el correr de años, pero la tendencia alcista no varió, alcanzándose el tristemente célebre récord de 99,25 % (sí, leyeron bien) durante la Segunda Guerra Mundial.

Contrario a lo que uno hubiera creído, en las siguientes dos décadas hubo una pequeña baja, pero el impuesto se mantuvo siempre por encima del 95 %.

Durante los años 70 y 80 también hubo bajas, pero tampoco fueron muy significativas.

Solo a partir de la elección de Margaret Thatcher, y del crecimiento y la sofisticación de las jurisdicciones offshore, las tasas comenzaron a bajar en forma substancial.

En 1988, por ejemplo, tras tres rebajas consecutivas, la tasa básica llegó al 25 %.

En la actualidad, esa tasa (la básica) es aún más baja: 20 %, y la tasa máxima se ubica en el 40 %.

Veamos que sucedió del otro lado del océano Atlántico con este tema.

Estados Unidos

Pese a que Estados Unidos se independizó del Reino Unido en 1776, tras una disputa que justamente comenzó por una cuestión impositiva, recién en 1861 aprobó el primer income tax. Y, tal cual sucedió en el Reino Unido, no lo hizo para financiar los gastos corrientes del Estado sino la Guerra de Secesión.

En otras palabras, durante más de un siglo y 15 presidencias, el Estado se financió sin ninguna necesidad de sacarle a los contribuyentes parte de sus ingresos. Más aún, cuando decidieron hacerlo, esos fondos no fueron a financiar gastos originarios, sino una guerra civil.

Y aun en esa situación de emergencia (1862) la tasa se fijó entre el 3 % y el 5 % dependiendo del nivel de ingresos. En otras palabras, había solo dos tax brackets, como hay hoy –por– ejemplo  en Paraguay.

En 1872, el impuesto a las ganancias fue derogado, básicamente por la presión de los contribuyentes que, al igual que la mayoría del Congreso, lo consideró expropiatorio.

En 1894, se vuelve a aprobar el Impuesto a las Ganancias, pero al año siguiente, al decidir el caso 158 U.S. 601 (Pollock v. Farmers Loan & Trust Company), la Corte Suprema lo declara inconstitucional. La fecha exacta de la sentencia fue el 20 de mayo de 1895 y el argumento principal esbozado por la mayoría de los jueces que integraban el máximo tribunal fue que un impuesto directo no era constitucional si no se preveía una forma proporcional de distribuirlo entre los Estados que formaban la Unión sobre la base de un censo realizado a tales efectos. La decisión fue tomada por cinco votos a favor y cuatro en contra.

Ya en 1909 se vuelve a proponer la creación de este impuesto y en la elección presidencial de 1912 los tres candidatos principales -el por entonces presidente William H. Taft, el expresidente Theodore Roosevelt, y quien finalmente fue el ganador, Woodrow Wilson- apoyaron la legalización del impuesto sobre la renta.

La Decimosexta Enmienda fue introducida precisamente para alcanzar dicho objetivo. Paradójicamente, fue Wyoming -hoy uno de los Estados donde no residentes americanos frecuentemente establecen sus foreign trusts– el Estado número trigésimo sexto en aprobar la enmienda y, por lo tanto, entra a regir este impuesto.

En concreto, esta Enmienda establece que el Congreso tendrá facultades para establecer y recaudar impuestos sobre los ingresos, de cualquier fuente que provengan, sin prorrateo entre los diversos Estados y sin atender a ningún censo o enumeración.

Como se consignó mas arriba, el tax bracket para la mayor parte de la población era del 1 %.

Entonces, ¿cuándo se complicó todo para los contribuyentes? Con la aprobación del Revenue Act de 1918 (Gran Guerra), que llevó este impuesto al 77 %, una tasa que era más del doble que la que cobraba el Reino Unido.

Si uno mira cómo ha evolucionado la forma en que se ha financiado el sector público en los Estados Unidos, a grandes rasgos observa lo siguiente:

 

  • entre 1890 y 1920 la totalidad de sus ingresos provenían de tarifas y aranceles vinculados al comercio exterior (custom duties);

 

  • entre 1920 y 1940 la mayor parte del ingreso provenía del impuesto a las ganancias corporativo y luego venían el impuesto a las ganancias individual y los aranceles; y

 

  • entre 1940 y el año 2000 las tarifas y aranceles aduaneros tendieron a desaparecer y el impuesto a las ganancias individual sobrepaso al impuesto a las ganancias corporativo.

 

Paraísos fiscales e infiernos tributarios

 

Como comentamos al comienzo de esta columna, con el tiempo, los países con gobiernos ineficientes decidieron cobrar este impuesto más allá de la inexistencia de circunstancias extraordinarios que lo justificaran.

Adicionalmente, cada vez más países comenzaron a adoptarlo.

A modo de ejemplo, Suiza lo introdujo en 1840, Francia en 1872, España en 1900, Noruega en 1911, Rusia en 1916, Canadá en 1918, Brasil en 1924 y Argentina en 1932.

Como resultado de ello, los habitantes comenzaron a buscar la manera de evitar esos impuestos, en muchos casos utilizando estructuras en jurisdicciones que seguían considerando este tipo de impuesto como expropiatorio.

En ese contexto, los países que pretendían (y pretenden) cobrar este impuesto (que no hace mucho tiempo atrás consideraron éticamente reprochable) se volvieron hacia el resto y los acusaron de «competencia fiscal desleal». En otras palabras, cambiaron las reglas y atacaron a quienes simplemente mantuvieron el statu quo.

Luego, se reunieron en pequeños carteles (i.e. OCDE, G20 y demás) para darle mas legitimidad a estos reclamos. Surgieron así los primeros «listados negros» de «paraísos fiscales» y la presión contra ellos fue en aumento.

Cuando advirtieron que tampoco estos organismos estaban logrando sus objetivos, comenzar a esbozar otros argumentos, más simpáticos para el público en general (lavado de dinero, financiamiento del terrorismo).

Las jurisdicciones offshore no se crearon para captar inversiones de residentes fiscales de otros países, sino que fueron esos otros países quienes ahuyentaron a sus propios residentes fiscales cuando crearon impuestos sobre sus ganancias (primero) y sobre sus activos (luego), llevando la presión fiscal a limites insostenibles.

La realidad indica que el concepto mismo de «paraíso fiscal» fue creado por los países de alta tributación que, al no poder competir, intentaron –deslealmente– sacar a los países más eficientes de la competencia.

Como siempre, quien no quiere competir, es –vaya casualidad– el menos competitivo.

¿Qué enseñanzas nos dejan la experiencia inglesa y norteamericana en la materia?

Varias:

  • En primer lugar, existe la posibilidad de que los Estados se financien sin percibir impuestos sobre los ingresos o las rentas de sus habitantes (o percibiendo impuestos bajos por estos conceptos).

 

  • En segundo, hasta no hace mucho tiempo, todos los gobiernos coincidían en que cobrar impuestos sobre dichos ingresos o rentas era expropiatorio y, por ende, solo podía recurrirse a ello en situaciones extraordinarias. Estaba claramente mal visto cobrar este tipo de impuesto y quienes se veían forzados a hacerlo se avergonzaban de dicha circunstancia.

 

  • Finalmente, de no ser por los «infiernos tributarios» no existirían los «paraísos fiscales». Si los países de alta tributación realmente quisieran «vencer» a los paraísos fiscales, deberían preocuparse por proveer seguridad jurídica y reducir impuestos, en lugar de hacer lobby a través de desprestigiados y decadentes organismos multilaterales. algo que vienen haciendo hace décadas sin mayores resultados.

 

Martin Litwak es fundador y CEO de @UntitledLegal, una boutique de servicios legales especializada en fondos de inversión y planificación patrimonial internacional y a la vez el primer «Legal Family Office» de América. Martin Litwak es autor del libro «Como protegen sus activos los mas ricos (y por qué deberíamos imitarlos)».

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