Periodistas e intelectuales militantes: hijos de la revolución

La melancolía y el despotrique de los militantes de los viejos tiempos deja a la luz una negación absoluta y una repulsión a la libertad de las redes sociales

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La previa incapacidad mencionada, junto con su utópico monopolio intelectual al cual todavía se aferran sus militantes, componen la prueba más fidedigna de lo que eran: jerarcas del gusto y la seducción. (PanAm Post)

Por Rafael Valera

El periodismo (moderno), decía Chesterton, consiste “no en que las cosas sucedan bien o mal […], sino que consiste simplemente en que ocurran cosas”. Por el natural decurso de su premisa, la excepcionalidad de la que Chesterton habla nos llevaría a imaginar una eventual civilización «elitizada» en lo extraño, lo escondido en la sombra de lo corriente, y muchas veces —sobre todo en estos tiempos—, en lo falaz.

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Hace más de cien años escribió esto el Príncipe de las paradojas (quien era, además de filósofo, periodista). De haber vivido en estos días, dominados por un fenómeno cuyo nombre de pila “Fake” (vivísimo en las campañas presidenciales más importantes de América en los últimos veinte años), seguramente se hubiera quedado perplejo al ver ciertos personajes que forman la opinión pública desde los albores de su incapacidad.

Si nos trasladamos hacia Venezuela, podemos ver, ante el acaecimiento de lo que pudiéramos llamar la “era roja”, que nuestra esfera humana ha sido absolutamente infectada por el virus revolucionario. La “esfera humana” es, que quede claro, el sistema de acciones que se interconectan conformando el imaginario venezolano. La palabra “esfera” fue utilizada con toda intención, pues, si bien es compacta, finita y circular, sin oxígeno fuera sólo eso y no lo que nace al final: el imaginario, el pensar, el actuar. La verdad.

Inicialmente se había pretendido una paradoja llamativa y luminosa en imágenes, para sugerir la constricción que ciertos personajes relevantes en la opinión pública venezolana (para no ungirlos de legitimidad alguna) llevan a cabo contra el criterio lúcido de la gente. Pero es que ahí yace la paradoja: pensar en cómo se ilustra el pensar, es precisamente el mayor argumento en contra de los melancólicos del irreal monopolio del pensamiento.

La previa incapacidad mencionada, junto con su utópico monopolio intelectual al cual todavía se aferran sus militantes, componen la prueba más fidedigna de lo que eran: jerarcas del gusto y la seducción. El filósofo brasileño Olavo de Carvalho lo destaca en su libro A inversão revolucionária em ação, refiriéndose a los periodistas brasileños: “No digo solamente que se convirtieron en deshonestos: abdicaron por completo la capacidad de distinguir lo honesto de lo deshonesto, lo correcto de lo errado, lo verdadero de lo falso. Unos lo hicieron por sacrificio voluntario ante el altar de sus creencias políticas, otros por pretensión vanidosa, otros por comodidad, otros por mera cobardía”.

Podemos notar a través de las variables de la abdicación que menciona el profesor Olavo, que estos influencers están sujetos elementalmente a sus sentimientos, ni siquiera a un noble impulso vital. Por eso vemos empalagosos ditirambos de figurines como Rafael Poleo hacia Henry Ramos (y sus rabietas contra todo lo que está a su derecha), “locuaces” personificaciones de José Rafael Briceño de las diferentes opiniones ciudadanas, apologías de Colette Capriles a la tolerancia y obediencia más ofuscadas hacia las lomas omnisapientes de pseudo-letrados (y el correspondiente bautizo de “analfabeta” a poseedores de opiniones contrarias), la defensa a ultranza y casi artúrica de Carla Angola y su gimnasia mental para pintar caritas felices alrededor de timidísimas posturas de la clase política.

La pseudo-moral cosmética de la locuacidad, la verborrea, la teatralidad, usada como herramientas que apelan a la meta burlesca de la magia y la mantención de las apariencias, pretenden socavar la realidad para darle una categoría superior a lo aparente sobre lo existente, disuadir la vigilia de la consciencia alerta que todo ciudadano debe mantener en pie. Este esteticismo sonríe siempre de cara al poder (sobre todo al que carece de autoridad) y a las narrativas convenientes. Sus abanderados nos dicen claramente con esta cruzada en contra del sentido común que, en realidad, no existe ningún esfuerzo para explicar la realidad del conflicto venezolano.

Estos son síntomas de una patología existencial frente a la mutación de las fuentes de información y de formación de opiniones. El profesor Olavo, en el artículo homónimo de su libro, afirma que la inversión de la realidad es un factor constante y omnipresente en la mentalidad revolucionaria de todas las épocas. Para tal tesis, se sirve de un artículo del teólogo franciscano brasileño Leonardo Boff, quien, tras enumerar un cuarteto de problemas civilizacionales, se los achaca a Occidente, cuando en realidad, es el hemisferio contrario, plagado del hambre, sobrepoblación, contaminación y crisis energética, quien corre el riesgo de fenecer —y cuya salvación planetaria, según el sr. Boff, es un gobierno mundial socialista.

La aprensión invertida de la realidad propia del pensamiento revolucionario, en este sentido, no sólo se enfocaría hacia lo externo, sino también hacia un instinto: al de la destrucción. Camus, quien dedicó un libro entero a la definición del rebelde y del revolucionario, deja claro que el segundo, a diferencia del primero que —irónicamente— aboga por la unidad, es básicamente un fanático de la ruina y la nada. El rebelde, quien limita, matiza y actúa en un dominio real, se distancia del revolucionario, quien se desborda, agrede, totaliza y entiende el mundo con base a un ideal —zonzo o perverso.

Cierto es, que los tiempos monopólicos en los diarios y en el Prime Time de Venevisión, o Globovisión, han muerto o están por morir. La melancolía y el despotrique de los militantes de los viejos tiempos deja a la luz una negación absoluta y una repulsión a la libertad de las redes sociales y la disponibilidad “ipso facto” de infinita información, revelando una herencia vívida de la mentalidad revolucionaria, que se explaya en un yugo anulador del criterio y en la construcción de una realidad basada en ídolos tan fugaces y parecidos, precisamente, los virajes violentos de una revolución.

Este rechazo esconde tras su costillar una intención enfermiza de retener aquel aparente monopolio de la palabra y, como todo devenir revolucionario, quieren hacer de neuronas carroña para seducir hacia su “iluminada” verbigracia. Inclusive, la misma pronunciación del motto “vamos bien” ante un escenario de eventual guerra muestra la desconexión cognitiva entre el masificador del mensaje y la realidad misma. Así se yergue la innegable decadencia de todo el establishment venezolano, político y mediático, ante la irrupción inexorable de la libertad, sea a través de las instituciones, o a través del caso inédito de las redes sociales.

Por suerte, los únicos que se rehúsan a abdicar la razón son los millones de venezolanos que se mantienen críticos hacia cualquier lado, que por más que se expresen en Twitter y este no sea un censo —para disgusto de los electoreros—, es una ventana de opinión y difusión absolutamente ajena a editores, y que han sido los que mejor han comprobado su lealtad al país, en contra de ciertos melancólicos que, como finalizó el profesor Olavo en su artículo, “traicionaron al mismo tiempo su misión de investigar e informar” para dar tajo al debate público y acariciar las mejillas de las apariencias, conspirando en contra de lo correcto y lo cierto.

Rafael Valera es el director de comunicaciones en Rumbo Libertad, movimiento conservador de Venezuela. Puedes seguirlo en Twitter:

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