La paradoja de Guaidó y la dicotomía venezolana

La división en Venezuela hoy no es entre oposición y chavismo, sino entre los dos enfoques sobre cómo resolver una crisis que se profundiza

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Juan Guaidó en Brasil, febrero 2019. (Foto: Flickr)

Por Luis Emilio Bruni

 

Con una sobresimplifación, podríamos decir que en nuestras vidas existen dos tipos de causas: las causas físicas y las causas semióticas. Las primeras son las fuerzas brutas de la naturaleza, los impactos, los empujones, la roca que cae y destruye el techo de una casa, el portero de la discoteca que saca al borracho impertinente a empujones. Las segundas, van más allá de las causas físicas y se encuentran solo entre los seres vivos. El venado en el bosque escapa al ver el humo, no porque el humo lo empuje (como el portero empuja al borracho de la discoteca) sino porque el venado activa su propio metabolismo para escapar de algo que interpretó y entendió como un peligro. En los seres humanos las causas semióticas adquieren una dimensión simbólica. Lo que usted escriba o deje de escribir en un papel puede ser la causa de algo. No es el papel que lo empuja a usted a desalojar la vivienda cuando termina su contrato de arrendamiento. Es su interpretación de lo que allí está escrito, y, por ende, usted activa su propio metabolismo para moverse y salirse del inmueble.

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Los criminales son criminales precisamente por ser inmunes a las causas simbólicas. La empresa criminal conjunta que secuestra y explota a la nación venezolana, no actúa ni actuará en respeto de ningún acuerdo que comporte una causalidad simbólica. No importa cuántas capas y secuencias de actividades y acuerdos se sucedan en las diferentes tratativas, diálogos, conversaciones o negociaciones, al final serán solo las causas físicas las que impongan el resultado. No habrá acuerdo de Carter, del Vaticano, de Zapatero, de Noruega, tampoco sentencias de cortes internacionales, ni boletas de papel certificando triunfos electorales que activará el metabolismo de los usurpadores para desalojar el poder. Es por esto que un acuerdo noruego y una boleta electoral tienen el mismo valor: pérdida de tiempo para un lado y ganancia para el otro. El único valor que podría tener seguir acumulando estos «trofeos simbólicos» sería legitimar, ante los ojos de los qué si creen en las causas simbólicas, el ineludible uso de la fuerza o la amenaza creíble, muy creíble, de su potencial uso. ¿Pero cuál es el precio de cada trofeo? ¿Cuántos trofeos más nos van a exigir a los venezolanos? ¿Y cuántos trofeos estamos los venezolanos dispuestos a ofrecer a quienes nos los exigen?

La dicotomía venezolana

La histórica división de la oposición venezolana es casi tan longeva como el régimen mismo. Las razones que originan la dicotomía ya estaban latentes en la Coordinadora Democrática y se fueron profundizando en los diferentes procesos liderados por la MUD, los diferentes diálogos y acercamientos, y por los diferentes procesos y acciones insurreccionales en las diferentes etapas de la lucha contra el régimen. También es cierto que, dada la naturaleza transnacional de la catástrofe venezolana, la dicotomía se manifiesta de igual forma a nivel internacional con alianzas, apoyos y complicidades para con las dos posiciones predominantes de la oposición.

Una constante cíclica ha sido que en determinados momentos todos los factores de oposición se han unificado (en apariencia) con la lucha de los ciudadanos venezolanos, para acto seguido desechar el consenso y reincidir en la dicotomía, incitada por diálogos, negociaciones, tratativas –siempre con fines electorales– y con la premisa de que las causas simbólicas de una boleta electoral (de papel) expresando un eventual triunfo en elecciones amañadas activaría el metabolismo de los usurpadores para que hicieran sus maletas. Tuvimos así la insurrección del 2014, el Acuerdo de la AN para la Restitución del Orden Constitucional de 2016, la rebelión y el Referéndum de Julio 2017, y el último elemento unificador (ya también dicotomizado por otra tratativa) representado por el «paso número uno» de la agenda Guaidó: el «cese de la usurpación». La solidez de este paso de la agenda logró saldar de nuevo la dicotomía forjando una nueva unidad de intenciones (aunque de nuevo solo en apariencias, visto que se reveló que importantes actores nacionales e internacionales tenían y tienen interés en saltarse el famoso paso, cuya imprescindibilidad no es trivial). Por esto, es entonces pertinente tratar de hacer un elenco de las premisas, de los apoyos y de las creencias que caracterizan a las dos posiciones de la dicotomía para tratar de entender mejor sus fundamentos e intenciones.

Durante la ardua lucha de estos años, estas dos posiciones han sido estereotipadas con denominaciones y epítetos de diferentes tipos, entre los cuales por un lado estarían los radicales, principistas, mánagers de tribuna, y por el otro los colaboracionistas, traidores, electoreros y demás.  En mi caracterización evitaré tales epítetos y en manera esquemática llamaré a las respectivas posiciones, posición «A» y posición «B», las cuales paso a resumir en el siguiente cuadro:

Posición A

Posición B

El régimen no entiende causas simbólicas Es posible una salida electoral con el régimen en el poder
Reconoce la complejidad de la naturaleza transnacional del régimen Limita la naturaleza del régimen a Maduro y sus acólitos a nivel nacional
Pone en el centro de sus propuestas la expulsión de todos los factores foráneos que sustentan al régimen: cubanos, FARC, ELN, rusos, Hezbolah Evita nombrar y/o considerar la presencia de los factores foráneos que sustentan al régimen: cubanos, FARC, ELN, rusos, Hezbolah
Es un problema de soberanía nacional Es un problema de cambio de gobierno
Excluye la cohabitación Acepta la cohabitación
Baja tolerancia a la impunidad Puede tolerar altos niveles de impunidad
Promueve una posible cooperación militar/policial internacional No tolera o acepta una cooperación militar/policial internacional
Manifiesta conciencia de la permeabilidad de la red de corrupción transnacional en sectores de la oposición Ignora o niega la permeabilidad de la red de corrupción transnacional en sectores de la oposición

 

La división en Venezuela hoy no es entre oposición y chavismo, ya que es evidente que este último es una pequeña minoría de la población nacional. La división es entre la posición A y la posición B. Evito los epítetos porque me consta que en ambas posiciones hay gente genuinamente bienintencionada, y porque también puede haber matices en el espectro. Sin embargo, hay una asimetría moral y a la vez pragmática entre ambas posiciones. Esta asimetría está implícita en el reconocimiento o en la negación de la permeabilidad de la red de corrupción transnacional en sectores de la oposición y en el sistema internacional.

Cuando el descomunal defalco histórico a la nación venezolana está por el orden de los 400 a 700 mil millones de dólares (basado en cálculos de ingresos y egresos durante Chávez y Maduro), son muchos los intereses cruzados, los vasos comunicantes entre políticos nacionales y extranjeros, «empresarios», banqueros, operadores financieros, bufetes de abogados, funcionarios de organismos internacionales, ONGs (reales y ficticias), partidos políticos, expresidentes, periodistas y medios de comunicación. La falta de este reconocimiento es el talón de Aquiles de quienes sostienen posiciones cercanas a la «B» en buena fe. Si no se bloquean las influencias de esos vasos comunicantes en la toma de decisiones del gobierno interino, Venezuela solo puede aspirar a un proceso gatopardiano de reacomodo de «la red», con mayores o menores grados de impunidad, en el mejor de los casos con ciertas mejorías en la miserable calidad de vida de los venezolanos, pero sin perspectiva de una verdadera reinstitucionalización democrática del país con garantías de justicia efectiva e imparcial, y sobre todo una recuperación plena de la soberanía nacional.

La paradoja de Guaidó

Guaidó encierra una paradoja para los venezolanos, para la comunidad internacional y para sí mismo. Su genuinidad, su evidente buena fe y su elocuencia le otorgaron el unánime apoyo del que goza a nivel nacional e internacional. La paradoja reside en su base de legitimación institucional. Primero tenía que ser escogido y postulado por su partido para el cargo de presidente de la Asamblea Nacional. Luego tenía que ser electo presidente de la Asamblea Nacional por la mayoría opositora en ese recinto. Hasta allí sus deudas. El rol de presidente interino no se lo debe ni a su partido ni a la Asamblea Nacional sino a la Constitución, a menos que lo destituyan de su rol de presidente de la Asamblea Nacional, desechando así la renovada esperanza de los venezolanos.

Sin embargo, parte de los partidos y líderes de oposición, presuntamente adherentes a la posición B, tardaron en aceptar «la encargaduría» del presidente Guaido y hasta el sol de hoy han querido diluirla en lo que se ha dado por llamar un gobierno colegiado. Esta circunstancia hace que el gobierno de Guaidó y su acción diplomática sufran de la esquizofrenia de esta dicotomía histórica. Es así que hemos visto al joven presidente navegar con gallardía y coraje los rápidos rocosos de la misma.

Solo a través de inferencias podemos intuir la procesión que lleva por dentro tratando de conciliar posiciones a veces inconciliables, manteniendo su bien ganada base popular, balanceando los mutables apoyos internacionales, aplacando a sus socios políticos y a cualquier operador que quiera saltarse el «cese de la usurpación». Pero esa gallardía no ha podido evitar la esquizofrenia en la acción diplomática internacional, donde la dicotomía histórica y sus intereses también están presente.

En la posición «A» hemos tenido a buena parte de la OEA, incluyendo a su Secretario General, a los Estados Unidos, Colombia, Brasil, en algunos momentos a la mayoría del Grupo de Lima y a muchos de los 54 países que han reconocido al presidente Guaidó. En la posición «B» hemos tenido al Alta Comisionada de Asuntos Exteriores de la UE, al Grupo Internacional de Contacto, a ciertos factores de las Naciones Unidas y, de nuevo, a muchos de los 54 países que han reconocido al presidente Guaidó. O sea que ambos factores de la oposición venezolana han tenido respectivamente importantes apoyos internacionales. La misión de una diplomacia certera debería haber sido alinear todas sus baterías para persuadir a todo el espectro de apoyo internacional a una sola de las posiciones, so pena permitir una fácil dilución esquizofrénica de la comunidad internacional reflejando la dicotomía histórica y cíclica de la que venimos hablando.

Diplomáticamente, lo que prevaleció en este último ciclo fue que en vez de atajar y actuar sobre la UE y el Grupo de Contacto Internacional para alinear las posiciones de estos factores con la OEA, el Grupo de Lima y los Estados Unidos (en congruencia con el requisito del «cese de la usurpación»), los factores de la posición B lograron todo lo contrario: tuvieron éxito en diluir al Grupo de Lima y llevarlo a las posiciones del Grupo de Contacto Internacional, incluso socavando la cohesión de los asesores más relevantes de la administración Trump. No es cierto que explorar todas las «alternativas» no tiene costos para la estrategia. Sobre todo si se sabe que las alternativas exploradas son incompatibles con la estrategia (supuestamente unánime) del «cese de la usurpación». Pero el daño está hecho; se dejó diluir al Grupo de Lima apartándolo de la propuesta hemisférica del Secretario de la OEA, de los Estados Unidos, de Colombia y Brasil que tenía como eje el cese de la usurpación.

 

Intervención o no intervención

Si se reconoce que el régimen no acepta causas simbólicas, y que su naturaleza de «red de redes» va mucho más allá de Maduro y sus sectas civiles, militares y paramilitares, se concluye que no hay causa simbólica que pueda desplazar del poder a estos criminales y a la red de intereses delictivos y económicos que representan. En el mejor de los casos se podría sustituir a las cabezas visibles, pero no a la estructura criminal.

Los venezolanos de buena voluntad no deberían estar discutiendo si quieren o no un apoyo militar internacional. Lo que deberían estar discutiendo es que tipo de intervención se ajusta a los intereses genuinos de la nación venezolana para la verdadera recuperación de la soberanía, la reinstitucionalización democrática y la reconstrucción del país. Los argumentos para oponerse a una eventual cooperación y fuerza de disuasión militar configuran una falacia al caracterizar a la intervención, o sus efectos, en manera intencionalmente superficial, por ejemplo, llamándola «invasión».

Primero que todo está el argumento nacionalista de que no se puede permitir ninguna violación de la soberanía nacional en Venezuela o Latinoamérica. El argumento es falaz porque se trata de todo lo contrario, es decir, poner fin a la multidimensional, monstruosa y aberrante violación de la soberanía venezolana. Luego está el argumento de los «daños colaterales». No hay análisis serio de costo-beneficio en términos de vidas y daños materiales que pueda inclinar la balanza hacia la no intervención. No se trata aquí de especular sobre la sofisticación de una probable o improbable estrategia militar, pero es una falacia caracterizar a priori una posible cooperación militar/policial como una invasión con bombardeos y escaramuzas en zonas pobladas por civiles. La cooperación se necesita para cosas muy puntuales como implementar el bloqueo naval total a la explotación cubana de Venezuela y cortar todos los canales de comunicación y transporte entre los dos regímenes, solo por poner un ejemplo.

Algo así requeriría de una acción diplomática de la oposición venezolana compacta y sustentada que denuncie coherentemente en todas las instancias internacionales (incluido el Consejo de Seguridad de la ONU) la intolerable injerencia colonial cubana en Venezuela, en vez de andar aceptando que otros países inviten a Cuba, nuestro invasor, como mediador entre sus propios esbirros y la oposición. Hay muchas otras áreas en las que la colaboración se podría ir hilvanando para ir tomando control del territorio y apoyar logísticamente y con actividades de inteligencia a las fuerzas armadas y policiales leales al Presidente Guaidó, dentro y fuera del país. Parte de la ayuda requerirá comenzar a rodear y reducir a los grupos guerrilleros y paramilitares colombianos y venezolanos, desarticular las redes de narcotráfico, paralizar el ecosidio del arco minero, y por supuesto la ubicación y expulsión de los agentes cubanos y de miembros de grupos terroristas.

A medida que crezca el poder de disuasión desplegado y que se vayan socavando los apoyos de factores armados y represivos que sustentan al régimen, entonces si se podrá negociar los términos del cese de la usurpación. Se podrá conceder ciertos niveles de impunidad para funcionarios y exfuncionarios del régimen, empresarios-depredadores y líderes de oposición atrapados en la red de redes, si ese es el precio a pagar. Pero no podemos transigir en que serán ellos los que refundaran éticamente la República. Por eso necesitamos ayuda. Cuando en la crisis venezolana se habla de que hay «posiciones extremas de ambos lados» se alude a que aspirar a la restitución integral del Estado de Derecho, de los Derechos Humanos y de la Soberanía Nacional sería una posición extrema. ¿Cómo podrían las democracias occidentales y latinoamericanas, y los mismos demócratas venezolanos, sostener que esta inalienable aspiración es una posición extrema? ¿Cómo podría el presidente Guaidó disolver la paradoja y articular una acción diplomática que haga honor a su afortunada frase: «construir capacidades»?

Luis Emilio Bruni es profesor de la Universidad de Aalborg (Dinamarca). Ingeniero ambiental egresado de la Penn State University, con maestría en relaciones internacionales de la Universidad Central de Venezuela y PhD. en semiótica y teoría de la ciencia de la Universidad de Copenhague. Entre 2011 y 2017 fue elegido presidente de la Asociación Nórdica de Estudios Semióticos por tres periodos consecutivos y actualmente dirige un laboratorio de semiótica cognitiva en la Universidad de Aalborg.

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