Generación lisiada: la macabra estrategia chavista

Casos como los de Rufo Chacón sugieren que existe un trabajo metódico y maquiavélico que tiene como objetivo la paralización de los venezolanos

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La estrategia chavista es deshacerse de quienes se oponen al régimen. (Foto: EFE)

Por Cesar Sabas Fuentes

Una impactante imagen que se queda grabada en el alma de cualquier individuo: un chico de 16 años con la cara ensangrentada y la mano de su angustiada madre cubriéndole sus destrozados ojos. Una imagen que sacudió a miles dentro y fuera de Venezuela.

Un niño que quedó lisiado para el resto de su vida. Muy superficialmente, se podría decir que el joven fue víctima de la represión de una tiranía y de la brutalidad de sus cuerpos de fuerza. Sin embargo, haciendo un análisis más exhaustivo, se llega a una inquietante conclusión: pareciera que estuviéramos frente a una estrategia perfectamente planificada para fabricar una generación de lisiados, gente que quede marcada de por vida, incapaces de seguir en la lucha por la conquista de su libertad.

Lo sucedido a Rufo Chacón no es nuevo. Nuevo fue el impacto mediático que tuvo. Nuevo, fue ver su cara ensangrentada, junto al rostro de dolor de su madre. Nuevo, fue que perdiera ambos ojos en lugar de uno solo. Sin embargo, la violencia policial dirigida especialmente a causar una lesión permanente, una marca de por vida, es una modalidad que tiene su tiempo y que se viene replicando en la tiranía hermana de la que hoy llena de sangre a Venezuela: la sandinista en Nicaragua.

No estamos frente a simples casos de fracturas de costilla, piernas rotas, ojos golpeados fuertemente, hematomas y heridas por doquier, ni de policías bestiales que disparan perdigones al azar y que por mala suerte e impericia, uno de ellos cae en el ojo de alguien. Observamos el hecho de disparos de perdigones especialmente dirigidos hacia los ojos, como que si se tratara inequívocamente de una orden dada. En 2017, solo en el Estado Mérida se contabilizaron al menos 22 casos de personas que recibieron disparo en los ojos.

La represión del régimen chavista no es nueva. Nace cruentamente un 11 de abril de 2002 con 19 muertos y 127 heridos, además de los muchos heridos graves. Antes, la represión, si bien feroz, tendía a ser menos cruenta. A medida que un régimen autoritario pierde legitimidad, intenta mantener el poder a través del uso continuado de la violencia y de esta forma suplir dicha legitimidad por el terror.

La primera sospecha que en mí aparece sobre esta macabra modalidad, nace en las protestas de 2014. La brutal represión, como nunca antes,  sacudió a toda una generación de jóvenes. El primer día de la protesta, se hizo famosa la imagen de decenas de jóvenes cruzando el asqueroso y contaminado río Güaire para escapar de una violencia policial de crueldad extrema. En ese momento, a un joven le lanzaron una bomba lacrimógena en el cráneo causándole así una grave fractura con serios problemas de salud. A otro, le dirigieron la ballena de agua especialmente al hígado para, literalmente, reventárselo. Tiempo después, se conoció que este joven sobrevivió pero padecerá afecciones el resto de su vida. Tiene una enorme cicatriz que atraviesa todo su abdomen. Está obligado a llevar una dieta pobre en proteínas, muchas restricciones y sus días de lucha en la calle terminarán para siempre.

Pero un hecho ocurrido un año antes (2013) se une a lo que sistemáticamente venía ocurriendo y termina de encender mis alarmas. Ocurrió en la ciudad de Barquisimeto. Unos muchachos decidieron protestar y, predeciblemente, son reprimidos. Al intentar huir, uno de ellos cayó al suelo. La cámara de seguridad a la cual una amiga personal tuvo acceso registra el momento en el cual los guardias nacionales del régimen se acercan para dispararle cinco perdigones específicamente al rostro. La víctima, que por supuesto tuvo que ser intervenida de emergencia, no podrá, ni siquiera con cirugías, recuperar sus facciones naturales.

Podríamos mencionar a muchos otros. Listas casi interminables, y muchas veces, gracias a la hegemonía comunicacional del régimen, casos de los que no sabemos ni sabremos jamás. Lo cierto es que disparar perdigones en el rostro, particularmente en los ojos, lanzar bombas lacrimógenas a la cabeza o pecho y dirigir la ballena de agua hacia el estómago es una modalidad que desde el año 2013 se viene ejecutando, se ha convertido ya en «el pan nuestro de cada día», como táctica que usa el régimen para controlar a la población, un modelo que ha sido exportado también a Nicaragua.

Durante las recientes protestas, en el país centroamericano se contabilizaron al menos 76 muertes y por lo menos 868 heridos. Algunos llegan a presentar daños en los pulmones, pérdidas de ojos, lesiones intestinales o inmovilidad parcial y general. La modalidad es exactamente la misma que en Venezuela: apuntar el fusil de perdigones a la cara y utilizar las herramientas antimotines de una forma que produzcan lisiados de por vida.

En la guerra, el objetivo principal es sacar de circulación al enemigo, no necesariamente matarlo. Al matarlo, se lo saca del juego, pero al inutilizarlo también. De hecho, para el siniestro objetivo del castrochavismo, es más conveniente generar lisiados que simplemente matar. Por un lado, las cifras de los heridos siempre son más digeribles que las de los muertos, tienden a generar menos escándalo internacional, en parte porque el simple título de «herido» no diferencia por sí mismo entre heridos leves y heridos graves (y lisiados de por vida). Por el otro lado, al dejar lisiado a alguien es mucho mayor la cantidad de gente que se saca del juego. Básicamente un lisiado grave no podrá reincorporarse a la lucha por su libertad, pero tampoco su familia, la cual ahora debe hacerse cargo de su familiar. Y si es un caso demasiado conmovedor como el de Rufo Chacón, probablemente termine impregnando de pánico el alma de sus amigos y vecinos. El totalitarismo castrochavista ha encontrado la forma de crear sus nuevas bajas de guerra: crear una generación de inválidos permanentes. Lo más preocupante es que a medida que el régimen sienta su poder más amenazado recurrirá en una mayor proporción a la violencia.

Tenemos que entender que la naturaleza de un conflicto es impuesta siempre por quien ataca, no por quien defiende. En esta línea de ideas, es inútil tratar de responder al régimen con una táctica diseñada para un contexto completamente distinto. El que la población esté desarmada no impide que se esté en un escenario de guerra, pero sí convierte una posible batalla es una masacre segura. Ante este panorama, considero imprudente y un error de gravísimas consecuencias pedirle a la población que salga a la calle sabiendo que están desarmados, dándole así la oportunidad al régimen de engordar la cada vez más escalofriante cifra de lisiados.

Es hora de cambiar de mentalidad, antes de que casos como los de Rufo Chacón sean la orden del día.


Cesar Sabas Fuentes es analista político, máster en Ciencias Políticas y máster en Seguridad Internacional. Actualmente reside en Francia, donde cursa un doctorado.

 

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